Transmisión

 

Tengo sed. Mi reino por un vaso de agua de limón con pepino, pensó Adán marcando el número de teléfono de la agencia automotriz. Hago la llamada y enseguida le pido a Doña Esme que me prepare no un vaso, sino que yo creo que media jarra, no, mejor una jarra completa pensó el profesor nómada. Su coche había pasado por varios eventos en los últimos meses: un intento de robo, la ponchadura consecutiva de dos llantas, un retrovisor estrellado durante un episodio de lluvia intensa que le había nublado la vista durante los segundos suficientes como para llegar a un percance aparatoso del que afortunadamente había salido ileso, además de acercarse ahora a la respetable suma de cien mil kilómetros. Para una persona que trabaja a los cuatro vientos o mejor dicho en cuatro ciudades distintas por semana, el vehículo se convierte en domicilio, espacio recreativo y conversador, restaurante ambulante y ocasionalmente cama para dormir una siesta. La decisión de Adán estaba tomada, tenía que ocurrir el cambio de auto a la voz de ya.

“Buenos días, le atiende Mariana, ¿en qué puedo servirle?” Si bien lo recuerdo, la chica que me había atendido la vez anterior era Elisa, pensó Adán, lamentándose de no haberse tomado el vital líquido antes de iniciar la conversación con la empleada de la agencia de coches usados. “Quiero…” Mariana no me dejó terminar y me pidió mi teléfono para consultar su base de datos. “Déjeme checar sus datos primero. Hola Adán, dígame, ¿en qué le puedo servir?”. “Quiero reagendar mi cita porque en el email le había explicado a Elisa que no podía acudir el sábado, pero justo me puso la cita para ese día”. “No se preocupe Adán, su cita queda para el domingo”. Suspiré de alivio. El sábado, mi agenda estaba bastante apretada: un desayuno con mis hermanos que se iba a prolongar como de costumbre hasta la hora de la comida, una cita con el médico, seguida por una cita en el cine con Iris para ver Guardianes de la Noche. “¿A qué hora será mi cita el domingo?” Mariana me contestó que sería a mediodía y que me llegaría un mensaje recordatorio dos horas antes y que, de no confirmarlo, se cancelaría automáticamente y que por lo tanto tendría que pedir nuevamente una cita a partir del lunes. “No se preocupe Mariana, ahí estaré un punto de las doce”, dije con voz seca de tono y también de resequedad. “¿Su cita es para comprar o vender?” “Bueno, realmente, se trata de una operación doble: quiero vender mi coche actual que compré en su agencia y llevarme otro modelo con ustedes…” Bip, bip, bip. La llamada se cortó. Le llamé entonces a Doña Esme pero no me oyó. Seguramente estaba limpiando el patio trasero. Pensé en ir a verla porque mi sed seguía creciendo, pero decidí concluir el asunto de la cita de una buena vez. Fue Mariana la que tomó la llamada. Qué bien, celebré en mis adentros. No tendré que volver a proporcionar mis datos. Pasó lo contrario. Mariana no parecía recordar nuestra plática recientemente interrumpida. Tan fue así que tuve que recitar nombre, apellido y teléfono de nuevo. Me hizo la misma pregunta referente a la venta o compra. Fue entonces cuando escuché un ruido metálico en el trasfondo de la voz de Mariana antes que me dijera: Adán, le voy a transferir con uno de nuestros agentes especializados. Repitió dos veces la frase con una prosodia distinta y una voz definitivamente más grave la segunda vez. Colgué, furioso por no haberme percatado antes de que ni Mariana ni Elisa eran humanas.

Nota: Los sucesos y personajes retratados en esta historia son ficticios. Cualquier parecido con personas vivas o muertas, o con hechos actuales, del pasado o del futuro es coincidencia, o tal vez no tanto. Lo único cierto es que no existe manera de saberlo y que además no tiene la menor importancia. Creer o no creer es responsabilidad de los lectores.

*Escritora, guionista y académica de la UAEM

Hélène BLOCQUAUX