Germán R Muñoz G

En 1914, durante unas excavaciones en Bonn-Oberkassel, Alemania, arqueólogos descubrieron una tumba datada en aproximadamente 14 mil años de antigüedad, perteneciente al período Magdaleniense (al final del Paleolítico Superior). En esa tumba se encontraron los restos de un hombre adulto, una mujer joven y un perro, todos cuidadosamente enterrados juntos. El canino, según los análisis posteriores, no era un lobo salvaje, sino un perro domesticado primitivo (Canis lupus familiaris), uno de los más antiguos identificados hasta ahora.

Este perro no fue colocado en la tumba como ofrenda o alimento —como ocurría en otras culturas con animales sacrificados— sino como un compañero funerario, lo que sugiere un fuerte lazo emocional. Análisis más recientes realizados por paleopatólogos revelaron incluso que el animal había sufrido una infección grave, probablemente de moquillo, y que fue cuidado por los humanos durante semanas, pese a su debilidad.

Esto indica que el perro no tenía una función práctica como guardián o cazador en ese momento de su vida, sino que fue sostenido y tratado por puro vínculo afectivo.

Se han encontrado trazas de flores y pigmentos en la tumba, lo que sugiere un rito funerario simbólico y compartido: no solo los humanos eran honrados con ese cuidado post mortem, sino también el perro. Este dato es especialmente relevante porque se trata de uno de los primeros registros de trato ritual compartido entre especie humana y animal.

Otros compañeros caninos se encontraron en Israel, en la cueva de Ain Mallaha, en donde se halló un esqueleto humano de hace 12 mil años con una mano extendida hacia un cachorro, como en actitud de caricia; en el sudeste de Rusia, también se han encontrado tumbas de 6 mil años de antigüedad donde los perros aparecen con collares de conchas y huesos trabajados.

Los gatos en Egipto: momias con bigotes y corazones divinos

Por otro lado, en el Antiguo Egipto, los gatos (Felis silvestris lybica, el gato salvaje africano) se domesticaron probablemente hacia el 2 mil a.C., aunque hay indicios más tempranos de convivencia. Se piensa que, en un principio, eran valorados por su habilidad para cazar ratas, serpientes y otros animales dañinos que amenazaban los graneros y los hogares. Pero rápidamente su estatus cambió.

Con el tiempo, los egipcios comenzaron a asociar a los gatos con cualidades espirituales, especialmente con la diosa Bastet (o Bast), protectora del hogar, la fertilidad y símbolo de armonía. Bastet era representada como una mujer con cabeza de gato o como una gata completamente. Su culto se volvió tan popular que, en su ciudad principal, Bubastis, se realizaban festivales multitudinarios, y los gatos empezaron a ser tratados no solo como animales útiles, sino como entes sagrados, protegidos por la ley y venerados por las familias, es decir, un poquito más arriba que meras mascotas.

Por lo anterior, no es de extrañar el hallazgo que momias gatunas, cuya existencia revela un especial aprecio por estas criaturas pues el proceso de momificación no era barato ni simple: incluía la deshidratación del cuerpo con natrón, un vendado ritual, la colocación de amuletos y, a veces, incluso la construcción de pequeñas tumbas o nichos funerarios. La muerte del gato no era un acontecimiento banal, sino que se trataba con el mismo respeto que la muerte de un familiar.

La práctica de momificar a un gato para asegurarle una vida eterna al lado de su dueño, o de los dioses, es quizás una de las expresiones más intensas del afecto humano hacia un animal. Contrario a la visión utilitaria de los animales como herramientas o recursos, los egipcios establecieron con los gatos una relación simbiótica, afectiva y religiosa.

Junto con el perro de Bonn-Oberkassel, los gatos momificados en Egipto representan la cristalización temprana del concepto de mascota entendido como compañero, símbolo de identidad espiritual y reflejo del mundo emocional humano.

Antes del animal utilitario

Si bien los perros y los gatos pueden ayudar a las tareas humanas, hay otros animales que, por su carne, capacidad de trabajo y fortaleza, resultan más adecuados como alimento o fuerza de trabajo, cualidades de las que se ha aprovechado el hombre; la actual civilización no se podría entender sin el auxilio de nuestros compañeros animales.

Pero antes de las bestias de trabajo, nacieron los animales de compañía, como lo demuestra el hallazgo en Bonn-Oberkassel cuyo entierro data tres mil años antes de la revolución agrícola, cuando la humanidad comenzó a sembrar trigo o criar ovejas, es muestra de que la humanidad había buscado a sus amigos animales por su amistad y para volcar su cariño, hecho que desmiente la creencia de que en la prehistoria todo era andar a salto de mata sobreviviendo como se podía.

Las mascotas estimulan nuestra empatía y satisfacen la necesidad de amar. Su existencia, incluso en la actualidad, es nuestro más fidedigno certificado de humanidad.

El doble entierro de Bonn-Oberkassel, a la derecha, el perrito de la familia. Foto: donsmaps.com/oberkassel

Sarcófago de gato del Antiguo Egipto. En su interior hay una pequeña momia felina. 712 y 332 a. C. Museo Egipcio de Turín. Foto: https://www.reddit.com/r/OutoftheTombs/

Germán Muñoz