Independencia y soberanía acotadas

 

El modelo de organización de las sociedades que conocemos como Estado-nación es de relativa nueva creación, inspirado en el movimiento europeo de la ilustración y en la ruptura del “viejo régimen” provocado por la revolución francesa en el siglo XVIII. Este modelo se sustenta en tres pilares: un territorio determinado, una población, y una “carta magna” que fija las reglas de convivencia de quienes ahí habitan. De cara al entorno internacional, los Estados-nación, también llamados países, se definen como entidades independientes, soberanas y con el derecho a la libre determinación.

El camino para llegar a constituirse como naciones independentes ha sido largo y complicado, entre otras cosas, porque la gran parte de ellas han tenido que superar su condición de sociedades colonizadas. Alrededor de 80 de las actuales 195 naciones estuvieron sometidas por otras sociedades que les impusieron, por un lado, formas de hacer economía y política, y por otra, valores culturales, como el idioma, la religión, y prácticas educativas de socialización.

México no fue la excepción, y el día de hoy, se conmemora el llamado “grito de independencia”, que el cura católico criollo, Miguel Hidalgo y Costilla, lanzó en el pueblo de Dolores, Guanajuato, para incitar a la población a liberarse de su condición de colonia del Reino de España. Lo sucedido hace 215 años nos invita a recordar todo lo importante acontecido a lo largo de nuestra vida independiente, y también a valorar el grado y calidad de nuestra soberanía e independencia. Para lo primero, abramos algún libro de historia patria, o consultemos las tan asequibles actualmente fuentes digitales, y recordemos pasajes de la conquista y colonia española, de la guerra por la independencia, de la Reforma Juarista, del fallido imperio mexicano, del porfiriato, de la Revolución Mexicana, y de la época de construcción de las actuales leyes e instituciones que encuadran nuestra vida cotidiana.

En cuanto a valorar la calidad actual de nuestra independencia, hay factores externos e internos que nos obstaculizan vivir en democracia, libertad, soberanía e independencia.

En cuanto a los factores externos, la relación con el país vecino de los Estados Unidos de América ha marcado singularmente la forma en que se ha desarrollado la sociedad mexicana. Aunque podamos hablar de que existe en la actualidad una interdependencia que nos coloca en una situación de mutuo beneficio, la verdad es que el destino nos colocó junto a un país con una cultura bélica, abusiva e individualista contraria a las características de la nuestra. Como imperio ha hecho valer su poder, disfrazado en parte por el eclecticismo religioso de sus fundadores. La forma en que nuestro vecino del norte se apoderó de gran parte del territorio mexicano en el siglo XIX epitomiza su naturaleza de país depredador. A manera de maldición, la actual crisis de su hegemonía económica y política mundial pondrá a nuestro país en una situación aún impredecible, que seguramente resultará en una mayor disminución del ya estrecho margen de nuestras decisiones sobernas.

Nuestra dependencia de organizaciones internacionales financieras, comerciales, culturales y de servicios es una cárcel invisible construida a lo largo de muchas décadas que impiden ejercer en los hechos nuestra soberanía. Simplemente el tema de la deuda externa, en cuanto a sus mecanismos y condiciones de adquisición, nos colocan como país, al igual que a muchos otros, en una modalidad no cuestionada de “esclavitud moderna”, en la que pueblos enteros trabajan para atender el servicio de una deuda que nunca termina de pagarse.

Sumado a lo anterior, está el perverso y malintencionado entramado que se construyó desde hace cuatro décadas, por parte de organizaciones y fondos financieros internacionales, los cuales poco a poco se han apoderado de la producción, distribución y consumo de los bienes y servicios esenciales para la vida y para la satisfacción de necesidades básicas de las sociedades, en razón del modelo capitalista neoliberal.

Por otra parte, los factores internos que acotan nuestra libertad son quizá igual o más importantes que los señalados como factores externos.

Uno de ellos es la incapacidad de vivir en un estado de derecho, en donde los mexicanos tengamos claridad sobre las exigencias y obligaciones que tenemos por vivir en sociedad, y las consecuencias de romper nuestro marco normativo. En muchos hay un nivel de cinismo o indiferencia en los hechos frente al cáncer de la corrupción, y en otros, se vive con enojo la impotencia de no poder erradicarlo. El resultado lleva a vivir en un distorsionado marco de conductas colectivas.

Sumemos a ello, el complejo de inferioridad y la falta de autoestima de la mayoría de las personas que llegan a los puestos de gobierno, y de las autorreferenciales y desinformadas clases medias, cuyo modelo de vida y consumo es el de países extranjeros, y desdeñan el fortalecimiento de nuestro ser y vivir mexicanos. No menos importante es el patético actuar del ecosistema mediático actual y la vulnerabilidad de nuestro sistema de administración y procuración de justicia.

Finalmente, la distorsión entre lo imaginado y lo real en materia de exigencia de derechos humanos es algo que irónicamente mina poco a poco la conciencia de dignidad de las personas. El desfase entre el justo reclamo de la violación de un derecho, y el no sentir la obligación de cumplir un deber concomitante, inhibe el crecimiento y madurez hacia una sociedad libre y corresponsable en la construcción del bienestar colectivo.

Sin duda, tenemos un largo camino por andar, pero la actual transformación del orden internacional puede impulsarnos a luchar por nuestra verdadera independencia.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Independencia de México: datos curiosos | Architectural Digest

Imagen cortesía del autor

Vicente Arredondo Ramírez