

Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
A /
El testigo
El marinero ilustrado tenía un cuaderno de apuntes que guardaba doblado en dos, en el bolsillo trasero del pantalón. De allí, un día se desprendió una hoja que el cantinero colocó tras el cristal que protegía, entre la caja y la entrada a los sanitarios, la licencia del negocio. La hoja, escrita con cuidadosa caligrafía, decía:
«Deja de preocuparte por lo que haces; tienes que ser sólo un testigo de la creación. Todo sucederá como debe suceder. Sólo el Ser es el hacedor. No te detengas en tu cuerpo, pues seguirás viviendo cuando tu atribulado corazón haya sido destruido. No te detengas en los límites del mundo, porque el mundo es una apariencia. Cierra los ojos y busca lo que no has visto, lo que no has podido sentir. Tú eres Eso.»
Cuando se levantaban a orinar, los parroquianos se detenían un momento al lado de la caja y leían el papel, con toda la atención de que eran capaces, según cuánto hubiesen bebido.

B/
Un demonio
A Elizabeth Tercera las historias de diablos y demonios le producían un largo escalofrío que se le quedaba en el vientre. Y el marinero lo sabía.
—Una vez —dicen que dijo una vez el marinero, mientras buscaba con la mirada la garganta de la muchacha— un demonio fue con un hombre santo y le pidió que por favor lo redimiera.
La joven puso en el piso el cesto y se sentó a una mesa.
—Como es sabido —dijo la voz, por encima de vasos y botellas, para redimir a alguien hace falta que un hombre sin tacha entrelace su vida con la de esa persona. El santo, compadecido, comenzó a acercarse al demonio, lenta y cautelosamente, porque era caritativo, pero también precavido y tenía miedo. Tres días y tres noches usó el ermitaño para llegar al diablo. Entonces, el demonio comenzó a tentarlo.
—¿Tomó un cuerpo de mujer? -preguntó Elizabeth.
—¿Le ofreció dinero? -preguntó Joaquín Armenta.
—A ese hombre —dijo el marinero no le interesaban las mujeres ni el dinero. El demonio comenzó a alabarlo, a decirle que no había en el mundo nadie más santo que él. Pero el ermitaño era en verdad un hombre puro y en cuanto comenzó a gozar las palabras del diablo tomó su bastón y lo hizo correr.
—Bueno y resplandeciente es el mundo —dijo otro día el marinero, mientras tomaba un sorbito de ron, que decía aquel santo—, mientras no sujete nuestro corazón.
C/
La felicidad
—Y tú, con todo eso que dices, ¿eres feliz? le preguntó, frente al mercado, la muchacha, sin descargar la canasta. El marinero desvió la mirada porque no quería que ella supiera cuánto la deseaba.
«—Todo el tiempo —contestó el marinero, repitiendo algo que había escuchado o leído en otro lugar— estamos cambiando, y eso no nos deja ser felices. Vivimos indecisos, olvidados del Ser, preocupados sólo por nosotros. Por eso somos infelices.»
Como en el sueño, por la axila de Elizabeth bajaba una gotita clara; el marinero habría querido alargar la lengua.
—¿Te basta con lo que tienes?
—¿Cuánto hace falta —contestó el marinero— para ser feliz? ¿Te acuerdas de la mujer del pescador? Le dieron una casita para vivir, pero ella quería una más grande y luego una mansión y después un palacio… hasta que lo perdió todo. Así somos, como esa mujer. La felicidad no depende de lo que tengas; depende de que sepas ser feliz. Que sepas buscar en tu interior el conocimiento verdadero, que no aprecia en más la riqueza que la pobreza, la salud que la enfermedad. La felicidad reside en el desprendimiento. No la confundas con el placer. El placer y el dolor nos vienen de las cosas que deseamos.
—Y tú ¿no tienes deseos?
—Todos tenemos deseos, todo el tiempo. Pero los deseos anulan la conciencia. Mientras menos deseos tengas, mejor Podrás manejarlos. Espaciar los deseos y llegar al silencio son maneras de reducirlos. Sólo quien se olvide de sí mismo será feliz.
Mientras se marchaba, escuchó que la muchacha se reía:
—No me lo dijiste, marinero. ¿Tú eres feliz?

