La sociedad mexicana es la gran fortaleza de la nación, con el paso del tiempo, se ha consolidado y robustecido, su presencia destaca en la empresa, la industria, la agricultura, la ciencia, la educación, la cultura, el periodismo, el altruismo y la filantropía, en fin, en todos los campos del pensamiento humano. Hoy ante el desprestigio y los excesos recurrentes que se han convertido en una constante de la clase política nacional, los ciudadanos son sin temor a exagerar, el blasón del orgullo mexicano.

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas y aún existen muchas asignaturas sobre las cuales debemos trabajar. Lamentable es la falta de civismo que se traduce entre muchos ejemplos, en un desorden generalizado, en tirar basura, en no respetar las normas, en la prepotencia que vemos a diario en las redes sociales a través de videos mostrando a hombres y mujeres insultando a otros o liándose en violentas riñas. A lo anterior se agrega, que el racismo y el clasismo, no se desterraron en 1821, los heredamos y perfeccionamos.

La sociedad mexicana ha demostrado una notable fascinación por lo extranjero, lo que en algunas ocasiones ha tenido efectos positivos, pero en otras no tanto. Existen antecedentes de quienes, deslumbrados por lo foráneo, son estafados por forasteros sin escrúpulos, lo cual termina en historias que más allá de trágicas son francamente cómicas. Durante el periodo presidencial del General Calles, surgió en la Ciudad de México un personaje singular, Carlos Balmori, quien se presentó ante todos como un millonario español, que, a su invaluable fortuna, añadió contactos y relaciones con reyes, políticos y millonarios en el viejo continente. El potentado pronto ofreció a la sociedad capitalina fabulosos contratos y conexiones para amasar fortunas. Las élites mexicanas, seducidas por la ambición, mordieron el anzuelo y cayeron en la trampa de Balmori, quien en realidad era una mujer, Concepción Jurado, que se disfrazaba y al final de las recepciones ofrecidas en honor de Balmori, cuando sus anfitriones ya se hacían multimillonarios, se despojaba de su atuendo, exhibiéndolos. Las más de las veces, los incautos callaron y aguantaron el embuste, por temor al ridículo, así como al escarnio público.

Otro referente icónico, es el que creó con maestría Luís Spota, en su genial novela “Casi el paraíso “la cual narra la historia de un estafador italiano que llega al México de los años cincuenta, haciéndose pasar por el conde Ugo Conti, dueño de abolengo y riqueza. Conti, pronto seduce a la sociedad mexicana y en particular al acaudalado político Alonso Rondia, quien lo introduce a su familia. Conti, entonces enamora a Teresa, hija del político y con quien poco después se casa. Cuando Rondia descubre la farsa, ya es demasiado tarde, y Conti ha embarazado a Teresa.

Pero en el caso que nos atañe, resulta que Marc Pariente, un rocambolesco personaje de origen italiano, se ha asentado desde hace años en la calle de Rufino Tamayo en Acapantzingo, en Cuernavaca, donde es propietario de dos negocios, uno de ellos, el hotel bautizado como “Il Picccolo Peccato”, que según se dice, vierte su drenaje a la barranca de Amanalco y no cumple con todas las observaciones requeridas por Protección Civil. Pariente, hace alarde de ser miembro del “Jet Set” nacional e internacional, así como de comandar lo que él denomina la “inteligentzia” de Polanquito, la exclusiva zona de la Ciudad de México. Hasta aquí, salvo las cuestiones ambientales y administrativas de sus negocios que deben ser atendidas por las autoridades correspondientes, no hay nada extraordinario. Hacerse pasar como miembro del “Jet Set” o de las elites, no entraña delito alguno. Lo grave, es que el líder de la “inteligentzia” de Polanquito, se introduzca como Cónsul de Italia en Morelos o bien como “Corresponsal Oficial Consular de la Embajada de Italia en Morelos”. Consultando la red consular italiana en México, sólo se consignan bajo su jurisdicción los siguientes consulados honorarios: Belice, Cancún, Guadalajara, Monterrey, Oaxaca, Playa del Carmen, Puebla, Querétaro, Tampico, Acapulco, Baja California y Morelia.

En suma, aspirar a la crema y nata no se sanciona por ley, al final, cada quien es libre de actuar conforme le dicte su conciencia. Lo que sí es grave, es ostentarse como de Cónsul de Italia en Morelos, cargo que no existe, y acción que irremediablemente daña la imagen de la entidad en el exterior.

*Escritor y cronista morelense.

Roberto Abe Camil