(Segunda y última parte)

 

Los estímulos fiscales conocidos como EFIARTES, de los que hablamos la entrega pasada, deben reformarse después de las múltiples evaluaciones que han hecho artistas y gestores culturales desde diversas tribunas y en foros directos con las autoridades. Éste y no otro es el momento para que incluso se sometan a consideración de la Cámara de Diputados los cambios necesarios para su buen funcionamiento y esto recae en los comités tanto de las Secretarías de Cultura (a través del INBAL) y de Hacienda. Más allá de lo que afecta a los creadores que aspiran a este estímulo, tendría que pensarse en la sensible disminución de la producción artística nacional cuyo destinatario es el ciudadano que recibe menos bienes culturales. En estos momentos de la vida pública de México se vive la paradoja de que las instituciones culturales de los tres niveles de gobierno (con salvedades de algunos estados, muy poquitos, y municipios, aún más pocos) existe una contracción de la inversión en la producción artística al tiempo que la cantidad de egresados de las escuelas de las distintas disciplinas crece exponencialmente; amén de que tampoco la infraestructura ha crecido en los últimos años. Estas circunstancias redundan en los derechos culturales de la ciudadanía que se mencionan con gran pompa en los discursos pero que en la práctica no suceden porque no se le inyectan recursos al sector.

Sin duda sucede mucho pues vemos las carteleras de espacios culturales institucionales o independientes con mucha actividad febril pero lo que sucede, milagrosamente, es a costa de los bolsillos de la sociedad civil organizada y de los artistas directamente. Porque los creadores no sólo subsidian el precio de taquilla cobrando poco, sobre todo en lugares donde la población vive por debajo del cinturón de la miseria y se hace obvia la urgencia de la acción cultural, sino porque terminamos financiando la producción misma de las obras a presentarse, así como la operación de los espacios independientes o incluso rentas o algunos gastos de los espacios institucionales a cambio de porcentajes de taquillas. La contratación directa de funciones, en el caso de las artes escénicas, se ha vuelto esporádica o nula en los tres niveles de gobierno. Con ello la posibilidad de que los colectivos artísticos se consoliden, logren permanencia y construyan discurso se ha convertido en una utopía inalcanzable pues la circulación y desmembramiento de los equipos es lo único que priva como permanente al no poderse ofrecer una remuneración mínima estable que se traduce en calidad de vida.

Hoy la gente de la cultura que no está en una nómina gubernamental (en cualquiera de los tres niveles) no tiene una calidad de vida digna. Precarizados, los agentes culturales se tienen que buscar la vida de las maneras más variopintas e insospechadas, incluso muy alejadas de aquello para lo que estudiar y los formó el propio Estado Mexicano. Así, el capítulo de los Derechos Culturales de nuestros conciudadanos tendrá que seguir esperando pues aquellos que producen los bienes artísticos y culturales están intentando sobrevivir de otra cosa. Lo cierto es que, en nuestra larga y ancha República, el 90% de la población ni siquiera sabe que tiene Derechos Culturales consagrados en la Carta Magna, ni ha saboreado sus mieles mientras la violencia y el deterioro social crece.

Los EFIs en los Estados debieran ser fundamentales para el desarrollo de las artes y los proyectos de la sociedad civil organizada, pero no sólo de las grandes capitales sino de los municipios donde se ara la tierra y se cultivan las insipientes raíces de las artes en pro de reconstruir un tejido social abandonado por siglos y en donde el rezago educativo es obvio. EFIARTES en su diseño actual discrimina por completo a los emprendimientos culturales de muchos estados no industriales y, con mayor razón, a aquellos que quieren hacer la diferencia en municipios y comunidades. Si no se opta por reformar, por crear una Bolsa Ciega y que la recaudación del ISR no recaiga en quienes luchan por mantener simplemente a flote su proyecto cultural, no será un estímulo justo y democrático para los públicos, para nuestros destinatarios finales; amén de los creadores.

JAIME CHABAUD MAGNUS