

De la culpa y la soledad
De niña nunca me asustaron el coco, las brujas, los duendes o los demonios nocturnos. Mi verdadero terror era otro, la soledad. Ese lugar triste al que, me advirtieron, solo llegan las mujeres que no obedecen. Para evitar semejante destino me dieron un manual de vida, versión femenina del decálogo. Rosa María Gil y Carmen Inoa Vázquez lo tradujeron mejor que nadie:
- No olvidarás tu lugar de mujer.
- No abandonarás la tradición.
- No te quedarás soltera, ni serás autónoma económicamente, ni de mentalidad independiente.
- No pondrás en primer lugar tus necesidades.
- No desearás otra cosa en la vida que ser ama de casa.
(Los otros cinco mandamientos los dejo fuera por motivos de espacio, pero créame: no eran más simpáticos).
Las madres lo decían; “Cásate para no quedarte sola, ten hijos para que siempre tengas compañía”, Ellas obedecían a su vez al mandato divino-patriarcal. Y yo, como buena niña temerosa de la soledad, intentaba obedecer. Pero había un problema, en medio del pecho me ardía una pequeña llama libertaria. Esa chispa me hacía renegar de barrer, de servirle a los tíos, de besarle la mano al señor cura. Yo quería volar, cantar, leer. Y cada vez que lo hacía, la culpa se instalaba en mi estómago como una piedra negra. Porque a la soledad podía sobrevivir, pero al dios omnipresente —ese que sabe lo que piensas antes de pensarlo era más difícil escapársele. Entonces aceptaba el castigo por desobediente y escondía mi llama libertaria debajo de la cama, como si fuera un juguete prohibido.
La culpa como motor del mundo
Me tomó media vida aprender a mantener esa llama encendida. Invertí años sintiendo culpa por cada decisión que desentonaba con el patriarcado. Dudé si ese dios que representan en las iglesias realmente me amaba o solo me estaba auditando. Y mientras tanto, invertí estabilidad mental, emocional y física en la misión más importante que se nos asigna a las mujeres, encontrar un caballero que nos salve de nosotras mismas y de la soledad. No por o para nosotras, ojo, sino para él, para el dios que vigila, para el patriarcado que aplaude, para evitar la terrible soledad.
Pero la pregunta persiste: ¿por qué sentimos culpa cuando decimos “no”? ¿por qué cargar con miedo cuando terminamos una relación insatisfactoria? ¿por qué aceptar la vida a medias y encima agradecerla?

La teóloga feminista Marilú Rojas Salazar lo explica en Descolonizando la culpa: la culpa no nace con nosotras, se instala. Es un sentimiento infligido, alimentado por imágenes y recuerdos que nos enseñaron a llamar “pecado”. Y llegó de la mano del colonizador cristiano, antes de la cruz y la espada, los pueblos de Abya Yala vivían otra relación con el cuerpo, el placer y la espiritualidad. Pero nos convencieron de que había un dios enemigo de la libertad, aunque muy comprensivo con la “carne débil” de los hombres. Un dios tan patriarcal que convirtió la culpa en dispositivo de control y la soledad en castigo ejemplar.
Me costó media vida entender que la soledad no era fracaso, sino conquista. Una estrategia de sobrevivencia. Un lugar donde una puede ser su propia diosa, su persona favorita, su mejor amante. Donde no hay que mendigar validación, ni cargar con cruces ajenas. Con el tiempo descubrí que fueron los feminismos y la poesía los que me ayudaron a no temerle a la soledad, sino a abrazarla: como un espacio de creación, de autoconocimiento y hasta de ternura conmigo misma.
Hubiera querido que alguien me dijera antes que estar sola es mucho mejor que ser “la chacha gratuita” en nombre del amor o de la culpa. Como dice Marcela Lagarde, la experiencia más significativa para las mujeres es ser protagonistas de nuestra vida. No las coestelares de una película ajena que ni siquiera pondrá nuestro nombre en los créditos.
Nos enseñaron que sin amor romántico en pareja la vida no vale nada. Pero lo que de verdad ha movido al mundo no es el amor, es la culpa. Ese combustible barato, infinito y tóxico. mi parte le invito abrazar la soledad arde menos, ilumina más y, además, no cobra diezmos

