

¿Democracia sin partidos políticos?
Aunque nos cueste trabajo aceptarlo, el modelo liberal de representación política está agotado. Los únicos interesados en defenderlo son quienes se aprovechan de su existencia, que por cierto es un número pequeño de personas que parasitan en el mundo de la política institucionalizada y en el de los grandes negocios corporativos mundiales, para entretenernos.
En efecto, El “combo/paquete” de democracia liberal que incluye partidos políticos, candidatos, programas de gobierno y elecciones recurrentes es una huera realidad fáctica. Desde aquella división entre los sentados a la “izquierda” y los sentados a la “derecha” del presidente de la Asamblea Nacional Francesa a finales del siglo XVIII, se extendió gradualmente en Occidente la idea de que las diferencias de visión de sociedad, o más bien, de intereses grupales, tendría que quedar reflejada en la creación de agrupaciones de ciudadanos que buscaran llegar a los puestos de decisión gubernamentales para que sus intereses se vieran satisfechos.
A lo largo del siglo XIX, se avanzó en la conformación de grupos “liberales” y “conservadores”, originados por la creación de los Estados/nación, por el surgimiento de movimientos de inconformes sociales y por la exigencia creciente de incluir cada vez a mayor número de personas en los procesos de elección parlamentaria, lo cual fue derivando en la conformación de “partidos de masas” con relativa influencia política, y en “partidos de cuadros” con mayor influencia en la orientación de la sociedad.
Ya en el siglo XX se generalizó aún más el modelo de partidos políticos como los conocemos ahora, con la salvedad de los partidos comunistas que prevalecieron sobre todo en el período de la guerra fría.
En el discurso del liberalismo occidental se grabó en piedra que los partidos políticos eran el único conducto para la competencia electoral y para la conformación de los estados modernos. Sin embargo, a raíz sobre todo de la expansión de la modalidad capitalista conocida como el “neoliberalismo”, la importancia de los partidos políticos empezó a declinar, en razón de que los actuales gobiernos trabajan básicamente para atender los intereses de las corporaciones de escala mundial y de los poderosos fondos de inversión internacionales.

Está condición cuestiona los grandes supuestos discursivos que sustentan la existencia de la figura de intermediación política llamada “partido político”, componente central del “combo/paquete electoral”. En efecto, la sinécdoque de querer equiparar partidos políticos y procesos electorales con democracia es algo que ya no tiene sustento en la realidad. Hay al menos dos supuestos que ya no son válidos:
1. El primero, es el que los partidos políticos reflejan visiones distintas de cómo organizar la sociedad, esto es, de cómo darle expresión principalmente a las relaciones económicas y a la forma de ejercer el poder, ya que en esos elementos se refleja la escala de valores que una sociedad defiende. Dichos valores están relacionados básicamente con el sentido de la vida, y con la gama de derechos y obligaciones por vivir en sociedad, y se asume que deben quedar reflejados en el marco jurídico y en las políticas públicas que guían a los gobiernos electos por la vía de los comicios.
Este primer gran supuesto es desde luego irrealizable, ya que la democracia entendida como la posibilidad de tener elecciones concurrentes en las que compiten diversos partidos políticos, aceptando con ello la posibilidad de la alternancia, supone que es posible que cada tres, cuatro o seis años se puede cambiar la estructura normativa de un país. Tan no es posible esta situación que existen los llamados pactos sociales expresados en “Cartas Magnas” o en “Constituciones” que documentan aquello sustantivo en lo que coinciden los diferentes grupos que viven en un país determinado, más allá de las coyunturas electorales.
De estar de acuerdo con lo anterior, y ante el absurdo de querer y esperar que en cada elección se cambie el marco normativo de un Estado/nación, entonces se justifica preguntarse ¿para qué entonces la existencia de los partidos políticos y la existencia de los procesos electorales? De no haber respuesta creíble a esta pregunta, como parece no haberla, podría entonces buscarse otra justificación de los procesos electorales, como, por ejemplo, que son un mecanismo para renovar los equipos de trabajo que, en el caso de un modelo republicano de organización de la sociedad, conforman los tres poderes y los tres órdenes de gobierno. De ser esta la justificación, entonces las elecciones consistirían sólo en elegir “grupos de trabajo” conformados con personas que tengan los perfiles requeridos para llevar a la práctica lo que ya está plasmado en el pacto social vigente. Para esto, no se requieren partidos políticos, sino otras fórmulas y mecanismos de elección.
2. Vinculado al anterior, el segundo supuesto que cuestiona la necesidad de la existencia de los partidos políticos es la afirmación de que quien gana las elecciones debe gobernar para toda la población y no sólo para atender los intereses del conjunto de ciudadanos que votaron por ellos. Si esto debe ser así, entonces qué sentido tiene la existencia de partidos políticos como expresiones diferenciadas de entender la vida en sociedad.
Concluyamos diciendo que la ignorancia de la historia y la pereza mental no pueden ser justificantes para no encontrar otras maneras de intermediación política, más allá del caduco e inoperante modelo de los partidos políticos. Una de ellas es la “democracia directa” sobre asuntos muy concretos de legislación y de política pública, con lo cual nos liberaríamos de los “políticos de oficio” y de la existencia injustificada de tantos partidos políticos con su gran carga burocrática y fiscal, e indistinguibles en su propósito y visión, sobre todo cuando acuerdan hacer alianzas electorales y de gobierno.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

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