

Los retos de la crianza en tiempos modernos: tecnología, trabajo y vulnerabilidad
Hablar de la crianza en el siglo XXI es hablar de cambios profundos que afectan la vida cotidiana de millones de familias. Madres, padres y cuidadores se enfrentan a un mundo donde la tecnología, las redes sociales, las jornadas laborales y las condiciones sociales influyen directamente en cómo niñas, niños y adolescentes crecen, aprenden y se relacionan. Estos desafíos pueden generar preocupación, pero también representan una oportunidad de reflexión y transformación positiva.
La tecnología, por ejemplo, se ha vuelto inseparable de la infancia y la adolescencia. Desde los primeros años, los pequeños se acercan a pantallas que les ofrecen juegos, música o dibujos animados. Más tarde, durante la adolescencia, las redes sociales se convierten en el escenario donde construyen identidad, expresan emociones y buscan pertenencia. Este proceso tiene dos caras: por un lado, abre puertas a la creatividad, el aprendizaje y la conexión con el mundo; por otro, puede traer consigo riesgos que van desde la dependencia digital hasta el ciberacoso, pasando por la exposición a contenidos violentos o inadecuados.
El desafío no consiste en prohibir la tecnología, sino en acompañar su uso. Guiar con reglas claras, establecer horarios razonables y conversar con los hijos sobre lo que consumen permite que desarrollen criterio propio y aprendan a distinguir lo real de lo ficticio. También es esencial fomentar un uso creativo, no solo pasivo: invitar a los niños a crear contenido, explorar tutoriales, aprender un idioma o tocar un instrumento a través de aplicaciones. Y, por supuesto, dar ejemplo: si los adultos equilibran su tiempo frente a las pantallas, los hijos tendrán un modelo a seguir. Más que el número de horas conectados, lo que importa es la calidad de esas experiencias digitales.
Un segundo gran reto es el equilibrio entre el trabajo y la vida familiar. Las exigencias laborales, los largos traslados y, en muchos casos, la necesidad de tener más de un empleo dejan a padres y madres agotados, con la sensación de que el tiempo nunca alcanza para acompañar a sus hijos. Sin embargo, lo que realmente marca la diferencia no es la cantidad de tiempo compartido, sino la calidad de ese tiempo. Un padre o una madre que dedica unos minutos al final del día para preguntar cómo estuvo la escuela, escuchar sin distracciones y dar un abrazo sincero está construyendo un recuerdo imborrable.

Conciliar el trabajo y la vida familiar también requiere organización y creatividad. Establecer rutinas, repartir tareas domésticas de manera justa, aprovechar los fines de semana para actividades recreativas o al aire libre, e incluso transformar las actividades diarias en momentos de diálogo puede fortalecer el vínculo familiar. Preparar la cena juntos, ordenar la casa o realizar las compras puede convertirse en una oportunidad de convivencia si se hace con disposición.
A nivel social, las instituciones también tienen mucho que aportar. Políticas públicas que promuevan horarios flexibles, teletrabajo y permisos parentales no solo benefician a las familias, sino que también contribuyen a formar sociedades más sanas y productivas. Una madre o un padre que puede estar presente en la vida de sus hijos se convierte en un motor de desarrollo humano y en un ciudadano más pleno. Conciliar no es sencillo, pero sí posible, y depende tanto de decisiones personales como de un compromiso colectivo.
A nivel social, las instituciones también tienen mucho que aportar. Las políticas públicas que promuevan horarios flexibles, teletrabajo y permisos parentales no solo benefician a las familias, sino que también contribuyen a formar sociedades más sanas y productivas. Una madre o un padre que puede estar presente en la vida de sus hijos se convierte en un motor de desarrollo humano y en un ciudadano más pleno. Conciliar no es sencillo, pero sí posible, y depende tanto de decisiones personales como de un compromiso colectivo.
Los efectos de la vulnerabilidad en la infancia son evidentes: miedo, ansiedad, problemas de autoestima o conductas defensivas que pueden limitar el desarrollo. Sin embargo, también está demostrado que, incluso en medio de la adversidad, el amor y la contención emocional son factores de protección poderosos. Un niño que se sabe querido, escuchado y respetado puede crecer resiliente, aun en contextos difíciles.
Aquí la comunidad juega un papel esencial. Las escuelas, los vecinos, las organizaciones civiles y las autoridades pueden convertirse en redes de apoyo que alivien la carga de las familias. Programas de alimentación, becas educativas, espacios seguros para jugar, talleres de crianza o atención psicológica gratuita son recursos que marcan la diferencia. Ningún padre ni madre debería cargar solo con el peso de la vulnerabilidad.
Los cuidadores, a su vez, pueden transmitir valores de respeto, solidaridad y resiliencia, incluso cuando los recursos materiales son limitados. Un abrazo, una palabra de aliento o la firmeza en un límite pueden marcar el rumbo de un niño. La crianza positiva no depende de la riqueza, sino de la capacidad de acompañar con amor y coherencia.
La crianza en los tiempos modernos no es sencilla. La tecnología cambia más rápido de lo que podemos asimilar, las demandas laborales se multiplican y las desigualdades persisten. Sin embargo, cada uno de estos retos puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje. La tecnología, bien utilizada, puede ser un puente hacia la creatividad y la educación; el equilibrio entre trabajo y familia es posible cuando se prioriza lo esencial; y la vulnerabilidad puede transformarse en resiliencia con apoyo comunitario y afectivo.
En el fondo, la crianza positiva no significa buscar hijos perfectos, sino criar hijos felices, seguros de sí mismos y conscientes del valor de los demás. Se trata de sembrar en ellos confianza, paciencia y empatía a través de gestos sencillos pero constantes. Criar en tiempos modernos es un reto, pero también una oportunidad extraordinaria de construir un futuro más humano, más justo y más esperanzador. Cada sonrisa, cada abrazo y cada palabra de aliento se convierten en la mejor herencia que podemos dejar al mundo.
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*Consejero Jurídico del TUJPA

