Hace semanas no encontraba la fuerza para escribir. A ciencia cierta no sé qué detonó esa pausa; quizá un momento de refugio conmigo mismo. Desde hace tiempo empezaron a gravitar demasiados planetas cerca: demasiados sistemas, demasiadas personas. A decir verdad, terminé por quemarme un poco y tuve que frenar la nave antes de estrellarme con el sol.

Escribir es curioso. He comprendido que requiere cierta distancia, una lejanía de la realidad que atraviesa como cuchillo la cotidianidad. Es como hacer zoom out para desmenuzar la violencia con la que sucede la vida: sacar el cuchillo y observar con paciencia lo que gotea de su punta.

Ahora mismo viajo a Corner Brook, Canadá. Un contrato ridículo, siete días. Celia insistió y yo no tuve la fuerza de decir que no. Una de las cosas que me sucede apenas piso la sala de espera es que, de golpe, me sé fuera de mi mundo. Y hay algo en esa brecha de distancia que me hace ver con más claridad las cosas: le da perspectiva a lo que ha sucedido por semanas y se ha consagrado por vida.

“Lo que sucede en mí tendrá lugar de todos modos”, escribe Sylvia Plath en Tres mujeres. Pienso en esa frase como en la potencia de una semilla. “Lo que sucede en mí tendrá lugar.” Es decir: lo que pasa dentro de mí acabará encontrando su lugar, sus personas, su puerto, sus formas. En la filosofía de Aristóteles existe el término entelequia, que proviene del griego (ἐντελέχεια):

  • en = en
  • telos = fin, meta
  • echein = tener

Literalmente: “tener el fin dentro de sí mismo.”

La entelequia es el estado en que algo alcanza la plenitud de su ser, cuando actualiza el fin (telos) contenido en potencia. Es la bellota vuelta roble, el ojo que observa, el poema leído en voz alta, la bala mordiendo la carne. Es completar la misión que siempre estuvo escrita en nosotros. Y de nuevo me repito, como oración: “Lo que sucede en mí tendrá lugar.”

Veo mis manos y pienso en los lugares a los que me han llevado, en la potencia que encierran: crear, cuidar, pero también destruir. A veces me asusta su fuerza. “Sé precavido”, me dijo mi primer maestro, Eduardo Ibarra, el último día que me dio clases. “Cuida tus manos, sé precavido con ellas.” Me lo dijo como si supiera del hechizo que había en ellas.

En mis manos estaba la potencia de crear música; con ellas alcanzo puertas de embarque, sostengo un boleto hacia cualquier lugar, acaricio las manos de ella. Las miro y, casi en coqueteo, les pregunto: ¿a dónde nos vamos a llevar ahora?

Pienso en la potencia que tenemos todos, en ese estado de telos como promesa: la nota aún no tocada, el viaje aún no emprendido, la forma en el mármol antes del primer golpe de cincel. Es Ulises antes de partir a Troya, es Chihiro antes de la noche. Y veo la entelequia como consumación: el acorde que resuena, el viajero que arriba a puerto, la estatua que emerge de la piedra, Ulises regresando a Ítaca, Chihiro reencontrándose con sus padres.

Todo lo que sucede en mí tendrá lugar de todos modos. Un día todo llegará a su sitio. Habrá un momento en nuestras vidas en que tendremos que empezar a ordenarla. Como se ordena un clóset, o como en el cielo se encienden en orden las estrellas, habrá un día en que todo lo que hemos sido se dispondrá, al fin, en el lugar que nos pertenece.

Andrés Uribe Carvajal