

Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
A /
El Conejo en la Luna
—En otros tiempos felices —dijo Elizabeth la tarde de un mal día, con la canasta llena—, los hombres ni las mujeres tenían que trabajar con las manos. Las herramientas solitas hacían las labores.
«Una vez, un hombre quería desmontar su parcela. Afiló el hacha y el machete, los llevó al campo, les dijo lo que tenían que hacer y regresó a su casa porque tenía ganas de estar en la hamaca con su mujer. Por la tarde, vio que el trabajo estaba hecho y quedó muy contento.
«Al día siguiente, cuando llegó al campo vio que los árboles y las hierbas estaban otra vez en su lugar. Muy enojado, llevó al hacha y al machete para que repitieran la labor. Pero al otro día, allí estaban las matas, y el hombre se molestó tanto que ni se acordó de la hamaca.

«Por tercera ocasión dejó el hacha y el machete en el campo, y esta vez se escondió para ver quién le estaba haciendo esa mala jugada. Era el Conejo. Furioso, lo agarró por las orejas. El Conejo le dijo que ya no era tiempo de sembrar. Que pronto llovería tanto que toda la Tierra iba a quedar inundada.
«—Voy a darte un consejo —dijo el Conejo muy serio. Construye una gran caja de madera, mete comida para muchos días, y cuando empiece a llover te encierras allí con tu familia. Otra cosa: llévame contigo.
«El hombre construyó la caja, puso dentro lo que hacía falta, y cuando comenzó a llover se metió con su familia y con el Conejo, que iba muy contento porque ya no tendría que preocuparse por el Coyote.
«Llovió sin parar durante días y noches, y las aguas subieron tanto que, después de un año, la caja se atoró en el cielo. El Conejo, que era curioso, quiso pasarse al Sol, pero sintió que se quemaba y se regresó. Luego de tres días, se pasó a la Luna, donde el paisaje era delicioso, el clima excelente y no había coyotes. Le gustó tanto que, cuando bajaron las aguas, se escondió para que el hombre no fuera a llevárselo. Por eso en las noches lo vemos allá en la Luna, con sus orejotas.’
B/
La Jaguar y los borregos
—Una vez —dijo el marinero, una tarde que nadie le hacía caso, para llamar la atención— a la Jaguar se le perdió uno de sus cachorros. Lo encontró un pastor medio ciego que lo confundió y lo metió al corral. Con el tiempo, el animalito comenzó a portarse como un borrego.
“Un día, cuando el rebaño pastaba a la orilla de la selva, la Jaguar comenzó a rugir y los borregos salieron corriendo, incluido su cachorro. Pero la madre alcanzó a verlo y le rugió: ‘¿Por qué corres? Tú eres un jaguar, como yo’. Y lo llevó a un aguaje para que se viera. Después de unos días, el animalito aprendió a rugir.
«El lenguaje del mundo es el de los borregos, pero nosotros somos jaguares. Lo que necesitamos es el ejemplo de los santos, la compañía de los libros, para aprender a rugir.»

