Mitikah: ¿Ciudad Viva?

 

El caso del megaproyecto Mitikah Ciudad Viva es una clara muestra de la manera en que en la Ciudad de México los intereses corporativos y del capital privado pueden imponerse por encima de los derechos de los habitantes. Ubicado en el corazón del antiguo pueblo de Xoco, en el sur de la capital, este conjunto de torres residenciales, oficinas y centro comercial ha sido promovido como un símbolo de modernidad y progreso. Pero detrás de su fachada de lujo y diseño de vanguardia, se esconde una historia de despojo, deterioro ambiental y exclusión social que ha encendido la indignación de vecinos y organizaciones civiles.

Desde el arranque de su construcción, Mitikah ha generado polémica por múltiples razones: la tala de árboles centenarios, la alteración del ecosistema local, el aumento del tráfico vehicular, la presión sobre los servicios de agua y drenaje, y la alteración del paisaje urbano de una zona con un valor patrimonial e histórico considerable. A esto se suma la forma en que se otorgaron los permisos para levantar el proyecto, rodeada de opacidad, irregularidades y una inminente complicidad entre autoridades y desarrolladores. Todo esto transcurrió a pesar de la insistente oposición de los habitantes de Xoco, quienes denunciaron públicamente el impacto negativo del proyecto en su comunidad.

El fondo del problema no es solo un edificio de gran altura o un centro comercial más. Lo que está en juego en este caso, es el modelo de ciudad. Mitikah representa la lógica de una ciudad pensada para unos pocos: vertical, cerrada, ajena al entorno. Un enclave de lujo que vive de espaldas a la realidad del barrio que lo rodea. Sus departamentos, oficinas y tiendas están dirigidos a una élite económica, mientras sus beneficios se construyen transgrediendo lo público: árboles, agua, andadores, parques y el tejido social.

El caso también evidencia la debilidad del Estado como garante del bien común, ya que las autoridades actuaron más como facilitadores del negocio inmobiliario que como defensores del interés comunitario. En lugar de poner límites al crecimiento urbano desmedido, se impulsó la idea de un desarrollo que prioriza la inversión privada, aunque eso implique poner en riesgo la calidad de vida de miles de personas. Como sucede muchas veces, no existe un control real sobre la capacidad de carga urbana —es decir, los límites físicos y sociales que puede soportar una zona sin colapsar. Es por ello que se autorizan proyectos como Mitikah sin evaluar a fondo si va a contar con agua suficiente, si las vialidades lo resisten, o si la comunidad está dispuesta a asumir dichos costos.

Ante este escenario, los habitantes han tenido que defender su territorio desde abajo. A través de protestas, denuncias, amparos y campañas en redes sociales, han buscado visibilizar lo que muchos medios y gobiernos prefieren callar. Su lucha no es solo por los árboles talados o por la memoria del barrio, sino por el derecho a decidir qué tipo de entorno prefieren. Una ciudad pensada para convivir y compartir, o una donde el espacio se convierte en mercancía y solo tiene valor si le agrega valor agregado a las propiedades.

Este tipo de proyectos se justifican con el discurso de que traen empleo, modernidad y crecimiento económico. Pero la realidad muestra que, más que desarrollo, lo que provocan es desplazamiento. El encarecimiento del suelo, el aumento del costo de vida y la transformación del espacio urbano empujan a los habitantes originales a salir del barrio. Estas dinámicas producen una ciudad fragmentada, cada vez más desigual, donde conviven el lujo y la precariedad, separados por muros, rejas y valor del suelo.

El conflicto de Mitikah no es un caso aislado. Es parte de un patrón que se repite en la mayoría de las ciudades: desarrollos inmobiliarios que llegan sin tomar en cuenta a las comunidades, que sobrecargan los servicios, que alteran el entorno y que muchas veces se construyen al margen de la legalidad. Se trata de un modelo de urbanización basado en la especulación, la privatización del espacio y la alianza entre gobiernos y empresarios.

Frente a esto, es urgente repensar la forma en que se gestiona el desarrollo urbano. La ciudad no puede seguir creciendo solo al ritmo del dinero. Se necesita una planificación que respete los límites ecológicos, que considere la voz de los habitantes y que priorice el bien común sobre la rentabilidad. Porque una ciudad viva no es la que tiene los edificios más altos ni los centros comerciales más grandes, sino aquella donde la ciudadanía puede vivir con dignidad.

Mitikah, a pesar de sus enormes torres, ha mostrado que no basta con construir en altura si lo que se destruye es la base de la vida urbana: la comunidad, la memoria, el entorno y el derecho a decidir. La ciudad merece otra forma de crecer. Una que escuche más a sus habitantes que a los inversionistas. Una ciudad para la gente, no para el capital.

Vecinos de Xoco se manifiestan frente al conjunto Mitika. Imagen de archivo cortesía del autor

Alfonso Valenzuela Aguilera