La mirada vertical

José Ángel Pedroza Hernández*

Era de noche. En mi trabajo, mientras cerrábamos el local, mi jefe me dijo “No olvides replegar la cortina; algún vago podría refugiarse de la lluvia y quedarse allí a dormir”. Es agosto. En este país, en agosto llueve mucho. Las calles y avenidas de tantos barrios se inundan. Le pregunté a mi jefe, con curiosidad, por qué era impensable que una persona pasara la noche en la acera del establecimiento. “Porque le da mala imagen al negocio”. Tenía razón. Las personas en situación de calle son el extremo opuesto de la estética capitalista. Ellos, los sin casa, no rentan; irrumpen y ocupan. No adquieren; les donan. No compran; reutilizan. No sustituyen; remiendan, reparan. La mirada vertical los margina porque no producen, porque no son sujetos de crédito. No tienen cabida en una ciudad diseñada para el trabajo y la producción, el pago de los servicios básicos, en una ciudad donde cada día se crean nuevas vialidades para ser transitadas en un vehículo automotor, no a pie ni en bicicleta. Las grandes extensiones territoriales de Cuernavaca y alrededores están destinadas a las fábricas, a las plantas industriales, las autopistas de cuatro carriles y plazas comerciales. Espacios que abren sus puertas sólo a un sector dispuesto a gastar su dinero; recintos en donde puedes encontrar casi cualquier cosa, y que te ofrecen sus bondades siempre y cuando poseas el suficiente capital para pagarlo. Un mundo donde si no posees nada te vuelves invisible. Sin dinero, la ciudad, de golpe, se vuelve hostil. Pero los excluidos persisten aquí; son habitantes de un mundo que les dio la espalda. Un gran número de ellos, en situación de calle, padecen dependencia a alguna sustancia. En cada trago, en cada inhalada o bocanada, encuentran el placer instantáneo que solo la droga otorga. No cambia la realidad inmediata, pero anestesia tu manera de percibirla: de repente ya no sientes tanta hambre, hace menos calor o frío, te sientes de mejor humor y los pensamientos angustiantes, antes vertiginosos, se ralentizan. Esa botella de Tonayán, esa lata de Resistol 5000, esas dos piedritas de cristal, son el único lujo que pueden darse. Mañana se preocuparán por conseguir monedas para otra dosis. Por ahora, ya han comprado tres o cuatro horas de placer asegurado. Y eso, cuando duermes bajo la lluvia, cuando el mañana es incierto, ya es ganancia. Quizá por ello su presencia nos incomode. Por eso “dan mala imagen”. Quizá la mirada vertical no sea tan vertical, sino de espejo. La brecha que nos separa a nosotros de ellos no es tan grande: un accidente o un despido que nos impida trabajar, producir, ser sujetos contribuyentes a la marcha de la irrefrenable y colosal maquinaria capitalista.

*Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)

Fotografía cortesía del autor.

La Jornada Morelos