Tras la llegada de Colón a la Antillas, pronto comenzó con notable éxito, la siembra de caña de azúcar en La Española, Cuba y Puerto Rico. Hernán Cortés, además de soldado y conquistador fue dueño de muchas facetas, todas ellas ampliamente conocidas, y entre las cuales destacó la de hombre de industria. Su paso por las posesiones españolas en el Caribe, le permitieron conocer en sus aburridos días como encomendero, las bondades de la caña y de ahí que tres años después de la caída de México- Tenochtitlán, haya introducido el cultivo de la vara dulce en la Nueva España. De hecho, un poco antes, en 1522, solicitó de Cuba: caña de azúcar, plantas, semillas así como ganado para ser aprovechados en las fértiles tierras conquistadas.

No hay certeza de cuando llegó la caña a México, aunque sí existe constancia de que en 1524 ya existían cañaverales sembrados en la región de los Tuxtlas en Veracruz, aunque no hubo ahí en ese momento trapiche o ingenio alguno. Lo que también se sabe es que el extremeño, simultáneamente intentó sembrar caña en Coyoacán, y aunque el clima hace cinco siglos era más benigno que hoy en día, no fue un lugar propicio para la siembra del cultivo. A Coyoacán, se añadió el intento de establecer también sin éxito, trapiches en la zona de Tizapán en San Ángel.

Entonces Cortés, se decantó por Tlaltenango al norte de Cuernavaca, y allí fundó alrededor de 1527, el ingenio de Axomulco, el primer trapiche en tierra firme americana. Sin embargo, a pesar del clima de Cuernavaca, las tierras de Tlaltenango aún eran frías para la siembra de la caña de azúcar. Entonces Cortés, a un paso de convertirse en Marqués del Valle de Oaxaca y hacer de la naciente Cuernavaca su cabecera, con tino decidió intentar en las cercanas pero más cálidas tierras al sur de la antigua Cuauhnáhuac, donde la fortuna por fin estuvo asegurada. No en vano durante siglos, la principal región cañera de la Nueva España y después del México independiente, lo fueron el valle de Cuernavaca, la zona de Jojutla y Tlaquiltenango, así como al oriente, el Plan de Amilpas.

La bonanza del campo morelense se manifestó a través de decenas de haciendas que se levantaron entre los siglos XVI y XX. Aquí es donde también surge el mencionado e histórico Distrito de Jonacatepec, colindante con Puebla, como una formidable zona de abasto y producción cañera. Y es donde también surge, vaya la redundancia, una figura extraordinaria para la historia de México como referente intelectual y académico, y para la morelense, como uno de los más destacados industriales azucareros en el azaroso siglo XIX mexicano: Don Joaquín García Icazbalceta (1825-1894)

Marcelino Menéndez Pelayo llamó a Don Joaquín, Maestro de toda erudición, y no exageró pues a lo largo de su vida fue: bibliógrafo, historiador, escritor, editor, traductor, impresor, tipógrafo, filólogo, defensor de la patria en 1847 y miembro fundador de la Academia Mexicana de la Lengua. A todo lo anterior se añade su carácter de exitoso industrial azucarero. Fue dueño de haciendas y ranchos en el Distrito de Jonacatepec, entre las cuales destacan los bellos cascos de Chicomocelo, Santa Ana Tenango, Santa Clara de Montefalco y San Ignacio Urbieta. Don Joaquín fue más feliz en su biblioteca o manteniendo una nutrida correspondencia con Lucas Alamán o William Prescott, pero ello no fue impedimento para atender con eficacia sus fundos azucareros y posicionarlos entre los más productivos de México. Don Joaquín fue hijo de peninsulares, y ello le valió el destierro y vivir su infancia en Cádiz, cuando los españoles fueron expulsados del país en 1829. Al volver a México inició su trayectoria académica e industrial.

Un punto a destacar fue su faceta de buen hacendado, implementó mejores condiciones de vida, viviendas dignas y servicios de salud para sus trabajadores, lo cual da cuenta de su visión social y calidad humana. Su ideología conservadora lo ha mantenido alejado de los pedestales de la historia oficial, pero no así de la academia y de los círculos intelectuales mexicanos, que reconocen en Don Joaquín a una columna del patrimonio documental e histórico de México.

Hace días, el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, organizó en la Biblioteca Nacional de México un importante coloquio sobre Don Joaquín, en el cual expertos desentrañaron todas sus facetas, incluyendo la de hacendado en Jantetelco y Jonacatepec. Fue un esfuerzo notable y un acto de memoria y reivindicación. Ahora será oportuno replicarlo en la entidad, pues los morelenses debemos un homenaje, no solo al académico e historiador sino también al magnífico industrial que supo ser un buen hacendado.

*Escritor y cronista morelense.

García Icazbalceta en Morelos, Foto UNAM.

Roberto Abe Camil