

Ya fastidió el chisme, vayamos al debate
Dado el estado de cosas en Morelos desde hace décadas, el debate público debería centrarse en la colección de políticas públicas, estrategias y acciones para enfrentar una situación que cambió la temporalidad esperada en las emergencias para volverse una colección permanente de crisis.
En cambio (a lo mejor en una suerte de esquizofrenia colectiva, que los hace creer habitar un mundo que no existe) los morelenses prefieren desde hace mucho centrar la atención pública en asuntos tan irrelevantes como qué secretario de estado le sacó la lengua al otro; qué alcalde anduvo de vacaciones; cuántos pasos torpes tiene que dar un funcionario para caer al vacío y oras mafufadas del tipo.
Del chisme al debate hay un trecho larguísimo
Claro, el chismecito es una forma de entretenimiento que acompaña a la humanidad casi desde que se inventó el lenguaje, pero su antigüedad no le quita ser uno de los más vulgares pasatiempos, algo que debería estar casi prohibido, o restringido, para quienes tienen el atrevimiento de dedicarse a la política, entendida como ya sea como el arte de gobernar en busca del bien común sin perjuicio de las minorías y en condiciones de justicia social, o de representar los anhelos, deseos e intereses de los grupos sociales en la arena pública. También debería ser mínima la distracción del chismarajo para quienes cometen otra osadía, la de narrar, analizar y estudiar la actividad política. Sin embargo, en descargo del periodismo y el análisis político puede concederse que, si los políticos solo producen burradas, la narrativa de la política tenderá a centrarse en esas burradas; pocos son los periodistas y los medios que tienen el poder hoy de modificar las agendas.
Y por supuesto que los que desde lo más rupestre se dedican a la función pública podrán decir que la gente pide sencillez en el ejercicio político y tendrían un poco de razón si no fuera por su eterna confusión entre sencillez (la ausencia de ostentación, artificio o dificultad); con simpleza (la cualidad de lo tonto, insignificante, carente de valor). En Morelos, la mayoría de los políticos han optado por la trivialidad y entonces, más que el gran diseño de políticas públicas, practican el chisme en un intento por debilitar a quienes perciben como contrarios.

En un ambiente así, la política morelense ha claudicado al debate de las políticas públicas, el gran diseño de las soluciones que requiere el estado, es decir, justo lo que hace falta en una entidad que padece de todos los males y casi por triplicado.
Por supuesto que, para los políticos y representantes populares, no crear soluciones, aplicar las mismas fórmulas que han fracasado y someterse cada tres o seis años a concursos de popularidad con frasecillas insignificantes, resulta mucho más simple que debatir sobre los graves problemas y las múltiples posibles soluciones.
Siempre hay más formas de freír un huevo
En la profunda avaricia mental que padece la política local, se ha hecho creer al público que solo hay una receta para resolver cada uno de los asuntos que le preocupan. Así hay quienes llegar a creer, por ejemplo, no solo que el problema de la enorme corrupción en el servicio público tiene una sola y simple solución, sino además que el resolverlo solucionará automáticamente todos los otros pendientes presentes y muchos de los que podrían darse en el futuro. Siguiendo el ejemplo, la evidencia en todo el mundo indica que hay muchas formas de enfrentar la corrupción (en todas ellas, por cierto, se parte de una férrea voluntad política que no permite la impunidad); pero incluso las naciones que han logrado reducir al máximo los esquemas de deshonestidad y malas prácticas en el servicio público, los siguen padeciendo, y el tratamiento no resolvió mágicamente ninguno de los otros problemas.
Pero, ante la falta de alternativas para los apenas esbozos de políticas públicas que se diseñan en el estado, siempre parecerá que las propuestas gubernamentales son la única forma de tratamiento posible.
Debe decirse que no todas las políticas públicas que se han trazado en los gobiernos recientes son malas. Pero hasta los más férreos defensores de cada administración concederán que cada una de las políticas exitosas pudo enriquecerse con los aportes de propuestas alternativas, de críticas fundamentadas, del debate público; también, por cierto, pudimos ahorrarnos los enormes costos de las decisiones gubernamentales que fracasaron.
El próximo lunes iniciará el segundo año de la LVI Legislatura, sería fantástico junto con eso, reconcebir la política morelense como un gran espacio de debate, donde se ideen soluciones novedosas a los problemas añejos. Por supuesto que uno de los espacios donde más se ha notado la renuncia a participar abiertamente en el debate para el diseño del estado ha sido el Congreso local; pero en algún lado tendría que comenzar el cambio.
Podemos divertirnos con otras cosas
Y para los aficionados al entretenimiento que ofrece el chismorreo, tendría que plantearse que no se trata de renunciar a la forma que ofrece esparcimiento a las multitudes; sino sencillamente, replantearse los contenidos de ese andamiaje narrativo que tanto agrada. Por supuesto que hacerlo supone una escala un poco mayor de entendimiento, pero a final de cuentas, para eso les pagan.
La otra es seguir hundidos en la podredumbre del chisme y dejar ver que al estado lo siga cargando el diablo desde cada uno de los municipios. Pero eso es un lujo que, está visto, no podemos seguir dando a Morelos.
@martinellito
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