

Mensaje en una botella
Desde 2020, varios millones de vidas se han salvado de la COVID-19 gracias a las vacunas de Ácido Ribonucleico Mensajero (ARNm). Las vacunas de esta clase resultaron un avance espectacular en la medicina moderna y un medio eficaz para controlar una pandemia que diezmó la población mundial. La vacuna se concretó 32 años después del descubrimiento fundamental de Robert Malone en 1988, quien demostró que fragmentos de ARNm generan péptidos –pequeñas proteínas– tras ser introducidos en una célula animal. En su desarrollo hubo que superar múltiples obstáculos científicos, el último de los cuales fue resuelto gracias a la persistencia de Katalyn Karikó y Drew Weissman, quienes pusieron la última pieza de conocimiento, al modificar ligeramente la estructura química del ARNm sintético para evitar su toxicidad celular.
En la vorágine de la epidemia de la COVID 19, el gobierno de Estados Unidos (EEUU) subvencionó con billones de dólares a empresas privadas y universidades para desarrollar una vacuna de ARNm, nunca empleada antes. Las empresas biotecnológicas Pfizer-BioNTech y Moderna lograron producir exitosamente la vacuna, contribuyendo a detener la pandemia. Hace pocas semanas, el presidente Donald Trump, el mismo que gobernaba los EEUU en tiempos de la COVID, decretó la eliminación de los fondos de apoyo a la investigación en el ARN con fines terapéuticos. A través del Secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., un político abiertamente antivacunas, determinó el retiro de fondos públicos a 22 proyectos de investigación dedicados al desarrollo de vacunas de ARNm. Esto representa 500 millones de dólares, mucho menos de la inversión realizada por su mismo gobierno en el período de la pandemia. Tal decisión desato una polémica no solo en EEUU sino en otros países. Una editorial publicada en la revista Nature señala que este no es un problema solo de EEUU sino también de otros países que carecen de una plataforma científica y tecnológica para producir vacunas de esta clase, como es el caso de nuestro país.
La cancelación de los apoyos financieros a la investigación en ARNm son resultado de ideologías erróneas sin evidencia sustentada. El movimiento antivacunas y las teorías de la conspiración han ocasionado confusión en la sociedad, incluso en círculos académicos. Jay Bathaccharya, director de los Institutos Nacionales de Salud de los EE. UU., justificó la revocación de los apoyos financieros diciendo que “las vacunas de ARNm no han convencido a la sociedad”. La frase, aunque incomprensible ante el éxito evidente de las vacunas, no es extraña en él. En plena pandemia, se opuso radicalmente al confinamiento y especuló que las vacunas de ARNm causarían autismo.
Las vacunas de ARNm no son perfectas, pero demostraron funcionar eficientemente. Aún más relevante es la manera de producirla. La vacuna es totalmente sintética, sin necesidad de usar cultivos de células como en el caso de las vacunas convencionales. La elaboración de la vacuna pasa del mensaje codificado en el ARNm para producir el antígeno al envase en forma de microvesículas de lípidos. Esta plataforma biotecnológica de gran escala permitió responder en tiempos muy cortos a la aparición de las variantes del coronavirus causante del COVID.
La biotecnología del ARNm no se quedó en la vacuna contra la COVID, sino que abrió la puerta a más posibilidades de tratamientos médicos. Actualmente, están en investigación vacunas contra la tuberculosis, influenza, citomegalovirus, así como también tratamientos para enfermedades crónicas como la diabetes –por ejemplo, para regenerar células pancreáticas, y para atenuar los efectos de la esclerosis múltiple. Ni se diga de tratamientos para el cáncer de páncreas, melanoma, pulmonar, y otros más.

En México pocos laboratorios investigan sobre el uso de ARNm con fines terapéuticos. En el Instituto Nacional de Cancerología, el Dr. Greco Hernández Ramírez estudia el desarrollo de una vacuna de ARNm contra el cáncer de próstata. Un esfuerzo encomiable que sería deseable apoyar y multiplicar. Pero no solo eso, hay que percatarnos que no podemos depender de otros países y sus vaivenes políticos para solucionar nuestros problemas y comenzar a ejercer nuestra tan traída y llevada soberanía. Al menos en la biotecnología.
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Imagen: theconversation.com

