Salud cerebral, ¿para todos?

Vanessa De la Cruz Góngora y Ana Luisa Sosa*

La salud cerebral se refiere al buen estado y funcionamiento del cerebro, donde residen funciones esenciales como las cognitivas, sensoriales, socioemocionales, conductuales y motoras. El desarrollo y conservación de estas funciones son fundamentales para que una persona tenga una buena calidad de vida y pueda desarrollar todo su potencial a lo largo de la vida.

Actualmente hay una crisis de salud cerebral de alcance mundial y México no es la excepción, ya que son muchos los elementos que pueden afectar el desarrollo y buen estado de salud de tan importante órgano. La salud cerebral se gesta desde el vientre materno y está determinada por múltiples factores y exposiciones a lo largo de nuestra vida. Algunos de ellos atentan contra nuestra salud cerebral desde edades tempranas; tal es el caso de la obesidad, la cual conlleva mayor riesgo de enfermedades crónicas y metabólicas, como diabetes, hipertensión, enfermedad renal, enfermedad hepática, cáncer, entre otras. Otros factores nocivos, como la contaminación ambiental, el consumo de sustancias, los traumatismos craneoencefálicos y el aislamiento social afectan tanto a jóvenes como a personas mayores. Los eventos adversos en la vida, la depresión y otros trastornos de salud mental también dañan significativamente el bienestar cerebral. A esto se suma el contexto de violencia social enmarcado por la inseguridad pública, que ocasiona ansiedad, temor y secuelas como el síndrome de estrés postraumático cuando se ha sufrido actos de violencia de manera directa.

Este año, México ocupó el lugar 138 de 163 en el Índice de Paz Global, derivado de la crisis de violencia por conflictos sociales y por el crimen organizado. Esto coloca al país entre las naciones con menores niveles de paz en el mundo. El Índice evalúa tanto la ausencia de violencia como el temor que genera su presencia en una sociedad. Todo esto en conjunto afecta el bienestar tanto individual como colectivo y puede tener un impacto significativo en la salud del cerebro al incrementar el riesgo de trastornos mentales y enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Parkinson y diversos tipos de demencia, incluida la enfermedad de Alzheimer.

Por todo lo anterior, lograr una longevidad plena y sana se ha convertido en un privilegio de pocos en nuestro país. Gozar de una vejez saludable permite, entre otras cosas, mantener las capacidades funcionales más importantes (por ejemplo, tomar decisiones propias, mantener la independencia y realizar actividades recreativas). Una ancianidad sana también es el resultado de haber cuidado y preservado la salud de nuestro cerebro a lo largo de la vida.

Evidencias recientes sugieren que importa más el entorno socioeconómico que la genética para lograr y conservar una buena salud cerebral y, con ello, una longevidad saludable. Contextos donde se crece en pobreza, con educación de baja calidad, violencia social, desplazamientos forzados, acceso limitado a la salud y mala alimentación, entre otros, vulneran el adecuado desarrollo y mantenimiento de nuestro cerebro y con él, su resiliencia. Estas condiciones reflejan desigualdades importantes e inequidades estructurales que impactan directamente el derecho a la salud en el transcurso de la vida.

A inicios del siglo pasado, el Dr. Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina en 1906, señalaba que “Todo ser humano, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro«, subrayando así la capacidad de éste para cambiar y adaptarse, y resaltando la necesidad de su cuidado. Ya sea que exista alguna condición neurológica o psiquiátrica de por medio —personas viviendo con demencia, niños o niñas con trastornos por déficit de atención e hiperactividad, personas con autismo, síndrome de Down, enfermedad de Parkinson, epilepsia, niños o niñas con discapacidad intelectual, entre otras—, todas las personas, sin excepción, deberíamos tener el derecho de optimizar nuestra salud cerebral, ya sea para retrasar la aparición de enfermedades cerebrales, o simplemente para vivir con dignidad y una buena calidad de vida. Para lograrlo hay mucho por hacer, empezando con erradicar la estigmatización, incrementar la concientización, la inclusión, combatir la inequidad y educar sobre las condiciones antes señaladas para avanzar hacia una sociedad más sana, empática, justa e inclusiva.

La evidencia científica apunta a que hay factores que pueden proteger y fortalecer la salud cerebral y los podemos integrar en la vida diaria. Y lo más importante: nunca es tarde para empezar. Así como ejercitamos el cuerpo, también debemos ejercitar el cerebro. El acceso a una educación de calidad y a una mayor escolaridad se encuentran entre los determinantes más poderosos que contribuyen al buen desarrollo del cerebro. Otros factores protectores incluyen el aprendizaje continuo de nuevas habilidades —como un idioma, leer, elaborar manualidades o tocar un instrumento—, así como mantener una buena calidad del sueño. También es fundamental realizar actividad física y social de forma regular y participar en actividades culturales y artísticas —como la danza, la música o la pintura— que estimulan la creatividad. Mantener las redes de apoyo social activas es crucial. Es por ello que las personas que tienen actividades sociales envejecen mejor que las que no las tienen. Todos estos elementos contribuyen al desarrollo de una sólida reserva cognitiva y neuronal, la cual puede ayudar a resistir o compensar posibles daños cerebrales a lo largo del tiempo.

De manera complementaria, mantener un peso adecuado y cuidar la alimentación favorece una adecuada composición del microbiota intestinal; es decir, los microorganismos que habitan en el intestino y que cumplen funciones clave en la regulación del sistema inmune, como la producción de neurotransmisores y su comunicación con el cerebro. Por el contrario, una dieta con exceso de carbohidratos y azúcares es dañina para el cerebro.

Finalmente, es de suma importancia el control de los factores de riesgo, particularmente de las enfermedades crónicas y metabólicas. Mantener la presión arterial en niveles adecuados, controlar y/o mantener estables los niveles de glucosa en personas con diabetes, así como vigilar el colesterol y los triglicéridos son acciones esenciales. Asimismo, evitar el consumo de tabaco, alcohol y drogas, prevenir el aislamiento social y limitar el tiempo frente a pantallas contribuirán a preservar la integridad y el funcionamiento adecuado del cerebro a lo largo del tiempo.

Dado este contexto, la salud pública tiene la responsabilidad de posicionar la salud cerebral como una prioridad colectiva, promoviendo acciones que garanticen su cuidado, protección y equidad en el acceso para toda la población; especialmente para personas en situación de pobreza extrema, población indígena, migrante, desplazada o víctimas de violencia, quienes, debido a condiciones estructurales de inequidad, enfrentan mayores obstáculos y menos oportunidades para alcanzar su máximo potencial.

Todo esto demanda reconocer e incorporar un enfoque de salud cerebral a lo largo del curso de vida, con acciones desde el embarazo hasta la vejez. Se debe fortalecer la prevención temprana, promover el cuidado del cerebro, garantizar el acceso equitativo al diagnóstico y tratamiento, impulsar la educación y la investigación científica sobre el tema, así como diseñar políticas nacionales que integren de forma explícita la salud cerebral como un derecho humano y un eje central de la salud pública. Para lograrlo, se requiere la colaboración intersectorial, interdisciplinaria y con participación activa de la población.

La salud cerebral no sólo debe ser una responsabilidad individual, también implica un compromiso colectivo y estructural. Hacemos un llamado a la acción, para que las políticas públicas se involucren activamente en la generación de entornos protectores del cerebro, con perspectiva de curso de vida y bajo un lente de equidad. La salud cerebral es un derecho de todas y todos.

* Especialistas en salud pública. Invitadas por el Dr. Eduardo C. Lazcano Ponce.

La Jornada Morelos