A inicios del año 1900, procedente de Tepecuacuilco, Guerrero, el veinteañero albañil Francisco Salgado Betanzos llegó a Tlaltizapán. Él y la joven Macedonia Cerezo se juntaron para formar familia. Macedonia era hija de Modesto Cerezo, uno de los 250 mártires del 13 de agosto de 1916. El 4 de julio de 1930 les nació María del Refugio; cuatro años después llegó la segunda niña: Nieves.

–Mientras tu hermanita duerme, iré a lavar ropa en el apantle. Te la encargo –dijo la mamá a la mayorcita que andaba en los seis años.

–Nieves, de dos añitos, ya caminaba; cuando despertó, salimos a la calle (Zaragoza No. 4). A un costado habían destechado una casa de palma; ella levantó una que llevaba un alacrán y le picó. Alguien avisó a mi madre. Regresó corriendo. En el pueblo no había médico, solo un señor que daba cucharadas, pero el remedio nada le hizo. Mi hermanita murió –recuerda la maestra, 86 años después.

–Es tu culpa. ¿Por qué no te las llevaste? –reprochó a gritos el padre.

En cuanto terminaron los rezos y levantaron la cruz, resentido, el padre se fue a Cuautla, a casa de un hermano; se llevó a la niña y allá, con el Silabario de San Miguel, le enseñó a leer y escribir; después la niña enfermó de fiebre tifoidea y la madre fue a recogerla. En cuanto sanó, volvió con el padre; éste la inscribió en la primaria. La niña faltaba a clases porque pasaba una temporada en Cuautla y otra en Tlaltizapán. Cuando iba en tercer grado el maestro Jorge Calderón le consiguió una beca para concluir la primaria en Palmira y allá la concluyó a los 17 años de edad.

–Una ocasión acompañé a mi mamá a tratar un asunto con el profesor Eufrosino Ponce, inspector escolar. Aproveché para preguntar si no tenía una plaza para mí –recuerda la maestra.

–Tengo en Huautla y Xicatlacotla. Piénsalo. Mañana me dices ¿a cuál te vas? –sugirió el inspector.

–Escoge Huautla, allá vive mi amiga Marcelina, la conocí en tiempos de la revolución, de cuando huíamos de los carrancistas –sugirió su madre.

–Al otro día el inspector me entregó la orden para presentarme en Huautla. Nos fuimos en un camioncito de redilas que prestaba el servicio cada ocho días. En el camino mi mamá platicó con una señora de allá, le dio santo y seña de su amiga Marcelina.

–Es mi vecina, nomás nos separa el tecorral –explicó la señora.

Durmieron en casa de la señora porque llegaron a Huautla pasadas las once de la noche.

–¡Marce, tienes visita! –gritó la señora al amanecer del siguiente día.

–Yo llevaba un libro que contenía al detalle lo que yo debía enseñar. Atendí los grupos de primero y segundo. Eran niños grandecitos que no iban a la escuela en temporadas de siembra y cosechaba –recuerda la maestra.

Allá trabajó un año. Cada quincena le pagaban en Jojutla. Se venía muy de madrugada con los papás de sus alumnos, arrieros que traían costales de carbón. Hacían doce horas de camino. De regreso la llevaban sus padres, aunque vivían separados. Caminaban por el rumbo de Santa Cruz, cruzaban el río por vados; hubo ocasiones que esperaron horas y horas a que bajara la crecida del río. Su papá rentaba un cuartito; allá se hizo amigo de don Chico, esposo de doña Marcelina. Al otro año a la maestra Cuca la cambiaron a Xicatlacotla. Seguía en el cerro, pero a tres horas de camino. Después trabajó en Xoxocotla; del diario regresaba a Tlaltizapán.

Luego la mandaron a Teacalco; ahí conoció a Julián Luna, entenado de don Bernardo Jaime que ignoraba. Julián, un güerito de rancho, de sombrero, relajisto, se le pegaba; andaba decepcionado y cabizbajo porque se enteró que la novia, ya pedida y a quien ya le construía casa, lo engañó con un tío. Otro pariente, tío Beto, insistía a la maestra en que se casara con Julián. Pero a ella no le gustaba.

–Cásate hija, yo un día me voy a morir y no quiero que estés sola –le aconsejaba su mamá.

Un día el padrastro se enteró que un caporal y Julián habían vendido unos animales; al hijastro le dijo que se fuera del pueblo y antes de hacerlo los casaron por lo civil pero sin juntarse, sólo como garantía de que ella no se casara con otro.

–Él se fue a Puebla. Nos dejamos de ver –aclara la maestra Cuca.

Años después la maestra fue trabajar a Galeana.

–Un señor güero, grandote, pregunta por usted –le informó uno de sus alumnos.

–Sentí una cubetazo de agua helada. Lo vi detrás de un poste. El 25 de enero de 1959 nos casó en Tlaltizapán el padre Teófilo Galindo. Tuvimos siete hijos: José Alejandro, Dante, Francisco Hugo, María Catalina, Ángel Daniel, Evaristo Arturo y Julieta, todos con el añadido “de Jesús”. Vinimos a vivir a Galeana cuando María Catalina de Jesús tenía ocho meses.

* Entrevista realizada el 12 de marzo de 2022 a la maestra María del Refugio Salgado Cerezo, hija de doña Macedonia Cerezo, la primera mujer que en 1963 fue electa para síndica municipal de Tlaltizapán y en el siguiente periodo fungió como regidora. La maestra Cuca falleció el 21 de marzo de 2023.

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Fotografía cortesía del autor

Julián Vences