Morir por el corazón roto… de miedo

 

Un corazón roto no siempre viene de una ruptura amorosa. A veces se rompe de miedo. De vivir bajo amenaza. Hablar de acoso es hablar de una realidad que atraviesa la vida de millones de mujeres en el mundo, de todas las edades, todos los días y a cualquier hora. ¿Cómo es que el acoso afecta nuestras vidas y nuestra salud?

El pasado lunes se dio a conocer en Estados Unidos un estudio de gran alcance que siguió durante 20 años la vida de más de 66 mil mujeres. Los resultados son sumamente inquietantes. Vivir bajo acoso persistente o verse obligada a solicitar una orden de restricción (esa herramienta jurídica no siempre eficiente que suele ser el último recurso para intentar frenar la violencia), incrementa hasta en un 70% el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares. Aquí no hablamos solamente de estadísticas frías, hablamos de infartos, derrames cerebrales, corazones que laten en un estado de alerta constante hasta desgastarse. El miedo sostenido erosiona la tranquilidad y cala hondo en el cuerpo, dejando huellas que se acumulan y, con el tiempo, pueden resultar mortales. Así de grave.

En México, esta historia tiene rostros y cifras propias. La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021 revela que 7 de cada 10 mujeres de 15 años o más han vivido al menos un episodio de violencia a lo largo de su vida (psicológica, económica, patrimonial, física, sexual o discriminación).. El dato se vuelve aún más contundente cuando hablamos de violencia sexual: el 15.5% de las mujeres ha sufrido acoso sexual, manoseo, exhibicionismo o intento de violación, una proporción cinco veces mayor que la registrada en hombres (3.2%).

Estos datos confirman lo que los diagnósticos nacionales han señalado una y otra vez: el acoso sexual y otras formas de violencia que ocurren en espacios públicos generan en las mujeres una percepción de inseguridad muy elevada, afectando de manera directa su derecho a moverse libremente por la ciudad. Esta violencia limita su acceso a la educación, al trabajo y a la vida social, política y cultural, restringiendo no solo su seguridad, sino también su plena participación en la vida urbana.

¿Y el acoso en el espacio privado? Ese que ocurre donde, en teoría, deberíamos sentirnos más seguras, en el hogar, la familia, las relaciones cercanas. A diferencia del acoso callejero, que suele ser fugaz pero intimidante, el acoso en el nicho familiar es persistente, íntimo y profundamente dañino. No siempre se presenta como gritos o amenazas; a veces se disfraza de control “por amor”, de “preocupación” por dónde estás o con quién hablas, para “saber si estás bien”.

Este acoso puede incluir vigilancia extrema, aislamiento de amistades y redes de apoyo, imposición de decisiones sobre la vida cotidiana, presión sexual o comentarios constantes que minan la autoestima. La violencia psicológica, que la ENDIREH identifica como la más común en México, suele ser la puerta de entrada de críticas, humillaciones, descalificaciones y amenazas que buscan debilitar la autonomía de la víctima

Cuando proviene de personas cercanas, el acoso se convierte en un ciclo difícil de romper, porque la dependencia económica, el vínculo emocional y la normalización de ciertas conductas dificultan pedir ayuda. A nivel de salud, esta violencia privada mantiene el cuerpo en un estado constante de alerta, eleva el estrés crónico y, como muestran varios estudios, incrementa de forma significativa el riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Hablar de acoso es hablar de salud pública. Es exigir que las órdenes de protección funcionen, que las autoridades actúen antes de que la violencia suba de nivel, que la cultura deje de romantizar la insistencia y la persecución como pruebas de amor.

Porque morir de corazón roto es una idea romántica del maltrato. Pero morir de acoso, de miedo y de otras violencias, es una realidad que está acabando con nuestros corazones, literalmente.

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Imagen cortesía de la autora

Karime Díaz