Acerca de la película “Amores materialistas” de Celine Song

Mariana Casas Rodríguez y José Manuel Meneses[1]

Es difícil hablar del valor heurístico de una película, sobre todo cuando se trata de una película romántica. Sin embargo, en el caso de Amores materialistas de Celine Song, podemos afirmar que interpreta la tortuosa realidad del amor en pleno siglo XXI. Más allá de la dimensión de la virtualidad que está de fondo, la película nos muestra la mercantilización del amor, es decir, una perspectiva de las relaciones humanas que se traducen bajo términos monetarios. Se trata de un hecho bien documentado dentro del género, en este sentido, la misma Celine Song ha puesto sobre la mesa la relación de su película con el inmortal primer párrafo de Orgullo y prejuicio de Jane Austen: “Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.” Todo esto en una entrevista con Luis Alemany para el diario El Mundo, lo que ya deja ver que se trata de algo más que una comedia romántica.

En este sentido, los antecedentes de esta visión poderosamente reductiva del amor dentro de la literatura especializada son diversos, desde Gilles Lipovetsky, pasando por Gilles Deleuze y Félix Guattari. Bajo una perspectiva de este tipo, el cuerpo del otro se traduce en términos económicos, ya sea como una ganancia o una pérdida, incluso, como inversión. De esta manera, las personas se adentran en un campo que los reduce a una evaluación cuantitativa de lo que representan para un mercado que exige, invariablemente, maximización. No es casual que Lucy (Dakota Johnson) sea una casamentera o, dicho de otro modo, una celestina moderna, lo que ya nos lleva a otro ejercicio de transposición frente al clásico de Fernando de Rojas y las modernas matchmakers.

La narrativa es clásica pero compleja, son dos líneas que corren paralelas, Lucy se mueve desde la lógica pérdida-mejoramiento en la secuencia del amor-mercancía de Harry (Pedro Pascal) y de degradación-mejoramiento en la secuencia de amor-romántico de John (Chris Evans). Por un lado, se trata de un vector de mejoramiento clásico que lleva a la protagonista hasta la cima del amor soñado bajo la perspectiva del cálculo, es decir, consigue una pareja sobresaliente, visto bajo los estándares que practica en su trabajo y que, con el paso del tiempo, ha perfeccionado. Mientras tanto, la línea del amor-romántico se hunde en lo profundo, de tal modo el personaje de Chris Evans es llevado a través de un proceso de pérdida, derrota y pobreza, una caída que lo hace cada vez menos atractivo a la lógica económica que domina la vida de una mujer neoyorquina, sobre todo, cuando tiene como parámetro principal que su pareja sea “asquerosamente rica”. De tal modo, la película nos muestra la plenitud del amor romántico que, como tal, no tiene sentido. Nuestra protagonista vivirá un doble proceso de mejora, pues irá de pobre a rica con Harry y de un amor-falso a un amor-verdadero con John, en este sentido la trama resulta dinámica, incluso vertiginosa, debido a este doble proceso.

En este escenario, la necesidad de sutura del espectador será intensificada cuando conocemos los pormenores de la trama, pues debido a la secuencia de apertura sabemos cuánto desean las chicas americanas encontrarse con un “unicornio”; pero, también sabemos que, a pesar de la perfección de su relación con el millonario, no lo ama, todos junto a ella necesitamos liberarnos y esperamos que vuelva con Evans, aunque también sabemos lo difícil que será dar este paso para una mujer interesada como ella. La otra posibilidad de sutura nos pone en el borde de lo que puede pensarse como el sueño cumplido, el objetivo realizado sería firmar el contrato de matrimonio con un hombre rico. La película juega con la furia de estas perspectivas; sin embargo, muchos podremos reivindicarnos bajo el grito de Sophie (Zoe Winters), cuando después de fracasar en el mercado del amor le recuerda a Lucy: ¡no soy una mercancía, soy una persona!

De esta manera, Amores materialistas nos deja ver la oposición entre dos formas de amar, una que reduce su dimensión a la forma de un contrato, no civil, sino más bien mercantil, o sea, un acto jurídico precedido del cálculo de quien compra un objeto en el supermercado y, por otra parte, el amor romántico, tan lleno de sin sentido, falto de lógica, pero pleno de sinceridad, aceptación e intensidad.

Las líneas generales del filme pueden acotarse en lo descrito por Félix Guattari en su opúsculo Para acabar con la masacre del cuerpo, un texto publicado en la revista Recherches en 1973, un documento que, a la luz de las redes sociales y la superficialidad que promueven, no hace sino incrementar su vigencia. En ese momento de grandes cambios, Guattari prácticamente vaticinaba “Cualesquiera que sean las pseudotolerancias de que haga alarde, el orden capitalista bajo todas sus formas (familia, escuela, fábricas, ejército, códigos, discursos…) continúa sometiendo toda la vida deseante, sexual y afectiva a la dictadura de su organización totalitaria fundada sobre la explotación, la propiedad, el poder masculino, la ganancia, el rendimiento…” En lo que, al paso de cincuenta y dos años, parece leerse como un hecho manifiesto en la película de Celine Song. La película es totalmente recomendable, ya que, efectivamente, nos interpela a todos, sobre todo a quienes tengan el valor y la honestidad de preguntarse: ¿a mí por qué me aman?

Promocional de la película, cortesía del autor

A resaltar parte del quinto párrafo:Amores materialistas nos deja ver la oposición entre dos formas de amar, una que reduce su dimensión a la forma de un contrato, no civil, sino más bien mercantil, o sea, un acto jurídico precedido del cálculo de quien compra un objeto en el supermercado y, por otra parte, el amor romántico, tan lleno de sin sentido, falto de lógica, pero pleno de sinceridad, aceptación e intensidad.”

  1. Miembros de la asociación civil La casa del Tlacuilo A.C.

La Jornada Morelos