Mientras la tecnología avanza, la humanidad retrocede

 

La tecnología avanza con una velocidad que en otros tiempos se hubiera considerado como magia. En cuestión de años, a veces de meses, la humanidad da saltos que antes requerían generaciones enteras.

En la medicina, por ejemplo, los progresos parecen de ciencia ficción: terapias génicas capaces de corregir enfermedades hereditarias, cirugías asistidas por robots con precisión imposible para la mano humana, inteligencia artificial que detecta tumores antes de que sean visibles para un médico, órganos creados en laboratorio listos para trasplantes. Estos avances dan la esperanza de una vida mejor.

Sin embargo, esta esperanza no está blindada contra nuestras propias contradicciones. César Moredu, un amigo filósofo, me comentó al respecto, “mientras el ser humano no cambie su perspectiva, la tecnología será parte de la economía y la guerra”

Su observación me ubicó en la crisis civilizacional que vivimos y que atraviesa todos los planos, desde el político y económico hasta el ético y cultural. En este contexto, la metáfora de la caja de Pandora sigue vigente. El mito cuenta que, al abrirla, escaparon todos los males: la guerra, las enfermedades, la mentira, el odio, la envidia, la violencia. Solo quedó dentro la esperanza. Hoy, esos males siguen sueltos y se han fortalecido con el desarrollo tecnológico.

Pese a dominar el genoma humano, explorar otros planetas y diseñar máquinas que aprenden por sí mismas, seguimos repitiendo los mismos patrones que arrastramos desde los orígenes de nuestra historia. Hemos sofisticado los medios, pero no los fines. La ira súbita, la polarización social, la lógica del “nosotros contra ellos”, la deshumanización son comportamientos que hoy se amplifican con algoritmos y redes sociales.

La brújula que orienta la innovación sigue marcada por dos fuerzas dominantes: la economía y la guerra. La primera, porque mide el valor de cada avance en términos de rentabilidad, lo que convierte la medicina más prometedora en un privilegio para unos pocos. La segunda, porque buena parte de la investigación más avanzada, en inteligencia artificial, biotecnología o física, se destina a reforzar la capacidad de destrucción.

Así, la misma tecnología que podría alimentar, curar y educar, se emplea para vigilar, manipular y aniquilar. Ante este panorama, la pregunta no es solo qué tan rápido avanza la ciencia, sino hacia dónde avanza.

Para que la utopía de un mundo mejor no se diluya en un espejismo, es necesario un cambio profundo, tanto a nivel individual como colectivo, que reoriente el paradigma actual, será necesario dejar de tener como ejes rectores a la economía y la defensa; necesitamos tener como eje un criterio humanizante, que mida el éxito por la capacidad de proteger la vida, fortalecer la convivencia y garantizar un acceso equitativo a los beneficios del conocimiento.

Este cambio de rumbo no es ingenuo ni utópico. Desde luego que es muy complejo y difícil, pues implica decisiones políticas y económicas de gran calado, pero también un cambio cultural que cada uno debe asumir. Si la inteligencia artificial se vuelve cada vez más inteligente, nuestra meta debería ser, que los seres humanos seamos cada vez más sabios. La sabiduría se mide por la capacidad de vivir juntos sin destruirnos.

La tecnología puede salvarnos o perdernos. Su destino no está escrito en el código de un algoritmo. Está escrito en nuestras decisiones como especie. Es verdad que la caja de Pandora sigue abierta, pero allí está latente la esperanza. El desafío es aprender a cuidarla y darle vida antes de que los otros males terminen por devorarla. ¿Usted qué piensa?

José Antonio Gómez Espinoza