

Laboratorio Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM)
El Mercado
José Miguel Loranca García
Desperté un sábado a las 6:30 am. Una noche antes acordé con mi mamá acompañarla al mercado Adolfo López Mateos. Quería observar el edificio que diseñó el arquitecto Mario Pani. Terminada recientemente la licenciatura en arquitectura, esperaba apreciar la edificación con otros ojos. A medida que nos acercamos al mercado, el desplazamiento en la calle se volvió caótico. Nos estacionamos por la zona. Entre los gritos matutinos, me sorprendió escuchar la hora de entrada de los trabajadores: las 4:00 am. Mientras unos duermen, otros ya van tarde al trabajo. Entramos por lo que pensé era la puerta trasera a un lugar desorganizado. Al caminar entre pasillos angostos y sucios, cada tanto encuentras columnas desfasadas estorbando el paso. Cuando alcé la cabeza vi un enorme claro blanco, opaco y viejo, que parecía levitar sobre las cabezas de todos adentro. A simple vista es imperceptible la estructura sobre la que obviamente reposa ese techo. Después de admirar el cielo interior del mercado, bajé la mirada y observé un paisaje grotesco y lleno de colores. Parecía que no cabía ni un alma más en el lugar. Luego de un rato, salimos para conseguir la verdura y la fruta. Aunque estábamos saliendo de las instalaciones, lo cierto era que no abandonábamos el mercado; la calle y el estacionamiento estaban repletos de puestos, era una extensión del edificio mismo. Mi mamá, con el compromiso de llevar la comida a casa, se abrió paso. Solo a gritos y empujones parecía entender esa multitud. Yo estaba cansado y aturdido después de caminar con las bolsas pesadas, cuando fijé la mirada en una mujer adulta. Su piel morena y pálida, combinaba perfectamente con el movimiento rígido de su cuerpo. Cuando pasó a mi lado vi en su cuello una enorme cucaracha de un tono café muy oscuro que se movía lentamente hacia su cara, acariciando ya su mentón con sus antenas. Era como si el insecto se estuviera burlando de la situación. Y aunque la mujer no se había percatado del polizonte que llevaba, su rostro decía otra cosa. Era como si pidiera ayuda sin decir una palabra. Al pasar a su lado sentí cómo su mirada me seguía. No pude ni decir ni hacer nada, el miedo me consumió. Solo seguí caminando sin voltear, esperando que alguien más se diera cuenta. La imagen, inolvidable ahora en mi memoria, me hizo pensar en la saturación del espacio, en el surrealismo que significa ir de compras con una cucaracha de pasajera sin darte cuenta porque literalmente tú también puedes sentirte como una cucaracha insignificante en un mundo inmenso. Ingenuamente creí que un mercado diseñado por un arquitecto sería capaz de cubrir las necesidades de los usuarios. No podía estar más lejos de la verdad.

Fotografía cortesía del autor.

