

Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
A /
El rey de los chanates
—Yo también —dijo Elizabeth Antúnez, Tercera— sé un cuento de pájaros, que me contó mi madre.
«Había una vez un chanate tan astuto que los demás lo nombraron rey. Comenzó entonces a despreciar a todas las criaturas. Estaba seguro de que nadie podía superarlo en nada.
«Un día apareció por esos rumbos un cisne y los chanates, que jamás habían visto un animal como ése, le preguntaron si estaba al tanto de las hazañas de su rey. Como no las conocía, el rey de los chanates fue a verlo y lo retó a volar.

«El cisne dijo que él volaba siempre de la misma manera: abrió las alas enormes, comenzó a batirlas y despegó. Su vuelo era poderoso, suave, natural, y poco a poco comenzó a aumentar la velocidad. El rey de los chanates quiso entonces hacer una demostración de las cien maneras diferentes en que sabía volar: cuando vio que el cisne lo dejaba atrás comenzó a acelerar. Pronto, sin embargo, se cansó y, tembloroso, tuvo que detenerse, mientras el cisne se remontaba cada vez más aprisa y más alto.
B/
Nada es mío
Una noche, el marinero ilustrado estuvo elocuente. Cuando por fin se bajó de la mesa en que estaba hablando, vio que alguien se había bebido su vaso de ron. Un velo, sin embargo apacible, cubrió su mirada:
—Nada es más importante —dicen que dijo— que saber que nada es mío. Para comprenderlo necesito olvidarme de mi persona y sentir la unidad del universo. Yo quedo en un segundo plano, pero el universo es mío; no hay diferencia entre el universo y yo. Todo me pertenece y todo es de los demás.
Dicen que después, en voz baja, dijo que, sin embargo, él no podría hacer nunca lo que el bienaventurado con los ladrones. De cualquier forma, tuvo que pedir otro vaso de ron, y procuró no perderlo de vista.
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