

La llegada de la estatua ecuestre de Emiliano Zapata Salazar a la plaza que lleva su nombre en Cuernavaca no deberá quedar en una mudanza de una figura que a los gobiernos estatales les ha parecido mayoritariamente decorativa; porque la escultura de Carlos Kunte y Estela Ubando que fue reubicada en pleno centro de la capital de Morelos es un símbolo, y no un adorno.
Claro que, para hacer valer su calidad de símbolo, como en los casos de todos los que son, debe concederse al icono una serie de significados que sean compartidos por la mayoría de la sociedad, y resulten sustantivos y modificadores de las acciones sociales; para lo que es necesario el recuerdo más o menos uniforme de lo que representa la figura, en este caso la de Emiliano Zapata, en la historia y, mucho más, en la sociedad actual.
Los homenajes, siempre agradecibles y generosos, son insuficientes para grabar en la conciencia de los morelenses, sociedad y servidores públicos; es necesario, recordó el rector de El Colegio de Morelos, Carlos Barreto Zamudio, el “estudio riguroso, puntual y crítico del zapatismo como meta viva de reflexión para el presente”. Y no es una tarea fácil.
La gobernadora, Margarita González Saravia, recuerda los ideales y principios del zapatismo como los que dieron contenido social a las luchas agrarias y, en buena parte, a la Revolución Mexicana. Tiene razón, porque reducir el legado de Zapata al agrarismo suriano sería un error que olvidaría la tercera palabra de la frase más importante y conocida de su ideario, “Tierra y Libertad”, y que le da entonces la figura de un héroe no solo campirano, sino internacional.
Porque la libertad es la garantía humana más delicada y que requiere más condicionantes de todas; requiere del acceso a la justicia, seguridad, educación, salud, alimentación, igualdad, paz, dignidad, trabajo, movilidad física y social, condiciones para la procuración de la propia felicidad, entre otros que permiten que esa libertad no sea un salta al vacío, sino una condicionante para la mejora continua de nuestra humanidad.
Aunque no con esas palabras, el zapatismo real, profundo, entendía muy bien y sentó las primeras bases de la que hoy, sin duda es la lucha social más importante en Morelos, en México y en un mundo donde la insensatez política parece haber olvidado lo que es realmente importante en la tarea de los gobiernos y de los ciudadanos.

Por supuesto que no puede dudarse que gran parte de la tradición de izquierda en Morelos ha abrevado de la siempre fresca fuente de ideales que es el zapatismo en sus expresiones más profundas, la gobernadora, tiene muy claros los alcances del credo de la Revolución del Sur (que, por cierto, siempre parece el punto cardinal más maltrecho). La estatua ecuestre seguramente será para ella una figura orientadora, un refresco en la memoria.
Pero para muchos en su gabinete, y en general, en el funcionariado público morelense, la vista diaria, o casi de Zapata cabalgando en posición de lucha y machete en mano, tendría que ser un espacio formador de una conciencia que suele traicionar a los poderosos que pronto olvidan los anhelos de quienes los ubicaron en posiciones de privilegio para servir y no para servirse, y menos con la cuchara grande.
Que Zapata vuelva a ser un símbolo en Morelos es el mejor regalo de cumpleaños que podría darse al general.

