Josemanuel Luna (Xoxoctic)

El anuncio del cierre definitivo de la planta de Nissan en CIVAC, Cuernavaca, ha sido recibido por algunos sectores con tonos apocalípticos: “desempleo masivo”, “crisis para la economía local”, “tragedia industrial”. Sin embargo, esta narrativa oculta una dimensión crítica fundamental: el verdadero impacto ambiental, hídrico y sanitario que esta planta ha producido durante más de 60 años de operación continua. Es momento de equilibrar el análisis: no se trata solo de cuántos empleos se pierden, sino de cuánta contaminación dejamos de tolerar.

La planta de Nissan CIVAC consume en promedio más de 240,000 litros de agua al día, según estimaciones indirectas basadas en procesos similares de ensamblaje, pintura y limpieza industrial. Esta cifra es alarmante en un estado como Morelos, donde la crisis hídrica se profundiza año con año y donde la Comisión Estatal del Agua ha reconocido la sobreexplotación de acuíferos clave como el Tepalcingo–Ayala. Además, buena parte del agua utilizada en la planta no retorna en condiciones adecuadas al ciclo hídrico. Los procesos de cromado, desengrasado, pintura y curado generan residuos con metales pesados (plomo, cromo, cadmio), solventes orgánicos y lodos tóxicos que rara vez son tratados con estándares óptimos. Menos producción industrial en CIVAC significa, en términos llanos, menos presión sobre los mantos freáticos y menos riesgo de lixiviación tóxica.

A esto se suman las emisiones industriales constantes: material particulado, compuestos orgánicos volátiles, ozono troposférico y gases industriales forman parte del paisaje invisible de cualquier planta de automóviles. Aunque CIVAC contaba con sistemas de filtrado, el nivel de cumplimiento de la normatividad ambiental en México —especialmente en lo que concierne a monitoreo continuo y transparencia de resultados— es deficiente y discrecional. La fábrica no solo era una fuente de empleo: también lo era de ruido, emisiones y deterioro paulatino de la salud pública. Estudios realizados en zonas aledañas a corredores industriales similares, como el Bajío, han documentado incrementos en enfermedades respiratorias crónicas, alergias, disfunciones inmunológicas y alteraciones en la salud reproductiva. ¿Qué implicará el cese de operaciones? Una mejora en la calidad del aire, una menor carga tóxica en el ambiente y una oportunidad para sanear el entorno urbano e industrial.

Mucho se ha dicho sobre los miles de empleos perdidos. Sin embargo, es importante puntualizar que la producción automotriz actual está profundamente automatizada. La mayoría de procesos en Nissan CIVAC —ensamble, soldadura, pintura— se realiza con maquinaria robótica y líneas automatizadas desde hace más de una década. La cantidad de empleos “perdidos” no equivale, ni de lejos, a la del auge de la planta en los años 80 o 90. Además, se estima que al menos el 70 % de los trabajadores ya estaba subcontratado, bajo esquemas precarios y sin garantía de continuidad laboral o antigüedad reconocida. No hablamos de un tejido laboral fuerte y consolidado, sino de una estructura vulnerable que sostenía empleos sin futuro en una industria cada vez más excluyente.

El cierre de Nissan debería leerse como una oportunidad para repensar el modelo industrial en Morelos y poner sobre la mesa una transición productiva con sentido social y ecológico. En lugar de llorar la partida de una empresa trasnacional que ya no era rentable en esa región, el gobierno estatal y federal deben invertir en reconversión laboral, capacitación técnica para sectores energéticos renovables, infraestructura verde y economías territoriales regenerativas. La ciudadanía merece algo más que fábricas contaminantes y empleos degradantes. La salida de Nissan puede ser, si se gestiona con visión de largo plazo, el principio de una reindustrialización justa, ecológica y localmente enraizada.

Porque el verdadero progreso no se mide en unidades producidas ni en automóviles exportados, sino en el aire que respiramos, el agua que compartimos y la salud que defendemos.

La Jornada Morelos