(Primera parte)

Gabriel Humberto Hernández-Bringas Ortiz

Por una vez en mi vida hice algo parecido a periodismo y entrevisté personas para escribir esto, ya tuvimos una marcha contra la gentrificación (dos de hecho y parece ser que habrá una tercera, pero el texto nació tras las problemáticas de la primera). La marcha contó con lenguaje activamente discriminatorio contra todos los estadounidenses, e incluso incluyó pegatinas que decían «mata a un gringo». Obviamente, no todos los asistentes a la marcha compartían estas posturas, y estaría dispuesto a asumir que la mayoría no las tiene. Incluso, escucharía a quienes sí las defienden, ya que el encarecimiento es un problema real que ha afectado la vida de muchos y lo seguirá haciendo. Mi crítica no se dirige a exigir políticas que alivien las dificultades económicas, sino a convertirlo en una problemática exclusiva de la gentrificación, y en el peor de los casos, culpar a los estadounidenses de ello de manera abiertamente xenofóbica.

 

Si los estadounidenses vienen a vivir aquí, claro que deben aprender español y esforzarse por integrarse a la comunidad. Sin embargo, aunque se adapten lo más posible, son personas con culturas distintas, y eso necesariamente transformará la cultura de las zonas donde se concentren. Esto ocurre cuando cualquier grupo se traslada de un lugar a otro. Tener un problema con ello no es solo un error: es supremacismo mexicano.

Entrevisté a personas tanto de la marcha como a estadounidenses residentes en México. No tengo espacio para transcribir todo, pero, en resumen: la gente que asistió a la marcha está molesta, comprensiblemente, por el encarecimiento de la vida, especialmente en vivienda. Notablemente, los estadounidenses expresaban quejas similares… pero no sobre México, sino sobre Estados Unidos. Al igual que muchos mexicanos que vivían en la Ciudad de México y ahora residen en provincias por el costo de vida elevado (y ellos no dirían que están gentrificando provincia), muchos estadounidenses no están aquí por vacaciones lujosas. Claro, su dinero les permite vivir mejor que muchos, pero no es su motivo para venir. Están aquí porque ese mismo dinero no les permitía tener una vida digna en Estados Unidos.

Una de las entrevistadas explicó: «En Estados Unidos, ser pobre es un ciclo de violencia gubernamental en tu contra. Si no tienes empleo, no tienes acceso a servicios médicos. Si no tienes acceso a servicios médicos, tu salud empeora y te hace más difícil conseguir empleo. Si no tienes una casa, no puedes ni aplicar a un trabajo. Si no tienes un coche y vives fuera de ciudades como Nueva York, simplemente no puedes llegar a ningún lado sin que te arrolle un camión en la carretera». Añadió que, aunque es consciente de que ganar en dólares le da ciertas ventajas, no es el lujo lo que la mantiene en México: «Aunque ganara lo mismo o menos que personas que ejercen mi profesión aquí, no preferiría regresar a Estados Unidos. Aunque terminara en situación de calle, preferiría estar aquí, porque aquí tengo una mínima oportunidad de solucionarlo y tener una mejor vida. En Estados Unidos, no».

Destaco esto porque una persona de la marcha me dijo: «¿Cómo van a tener problemas en Estados Unidos si son tan ricos?». Más allá de no entender las diferencias en el costo de vida, creo que la propaganda estadounidense nos ha llenado tanto el cerebro que, para algunos, el mero concepto de alguien huyendo de ahí para buscar una mejor vida es inconcebible. Pero así es la situación para muchos: no están aquí por vacaciones lujosas, están aquí porque el sueño americano está muerto y el sueño mexicano está naciendo.

Gabriel Humberto Hernández-Bringas Ortiz