

(Primera parte)
Al hablar del periodo colonial en el actual estado de Morelos generalmente nuestro pensamiento lo asocia a los grandes complejos conventuales construidos por Franciscanos, dominicos y agustinos o bien las prosperas haciendas azucareras como la de Coahuixtla, Atlacomulco, Mapaxtlan o Cocoyoc entre otras y en menos medida a la minería en Huautla. Sin embargo, en pocas o en ninguna ocasión se habla de la atención a los enfermos pese a que en la región se construyó y estuvo activo desde el siglo XVI hasta el XIX uno de los complejos hospitalarios más importantes de su tiempo, con su periodo de máximo esplendor hacia el siglo XVII, el Hospital de la Santa Cruz.
Pero para hablar de este hospital primero es preciso conocer la muy peculiar y azarosa vida del fundador de esta institución, fray Bernardino Álvarez Herrera, nativo de Sevilla, España. Como muchos de los jóvenes hidalgos segundones, motivados por las historias de los aventureros que regresaban a la península con historias fantásticas del Nuevo Mundo, así como las descripciones de ciudades como México-Tenochtitlán realizadas por personajes como Bernal Díaz del Castillo, Álvarez decidió trasladarse a la Nueva España en busca de fortuna y una mejor vida, debido a la nula movilidad social en España.
Cuando Bernardino Álvarez arribó a la Ciudad de México, habían pasado cerca de tres lustros de su conquista, saqueo, destrucción y reconstrucción española. La mayor parte del centro de México se encontraba en relativa calma, por lo que al haber causado alta como conquistador fue enviado al norte del territorio donde la guerra se encontraba en auge, su viaje lo llevó a participar en las campañas en Zacatecas, antes de que se descubrieran las minas de plata. Las condiciones de la guerra y los escasos beneficios obtenidos de las campañas contra los pueblos originarios de la región, propiciaron su regreso a la Ciudad de México.

En su retorna a la capital del virreinato, junto con algunos compañeros de armas formó una banda de salteadores de caminos y tahúres que ganaron la atención de las autoridades novohispanas. En poco tiempo la banda fue detenida y la mayoría de sus miembros trasladados a las cárceles de la ciudad a la espera del castigo reservado para los salteadores de caminos, el cual consistía en la pena capital. Lejos de ser víctimas de algún castigo físico Álvarez y sus compañeros son dispuestos para reintegrarse al servicio activo del ejército, sin embargo, este servicio sería prestado en las conquistas no de la tierra adentro sino del lejano oriente en las Filipinas.
La idea de pasar sus últimos días en la Mar del Sur no fue del agrado de Álvarez y sus compañeros, por lo que idearon un plan de escape de la cárcel y así evitar su reclutamiento, pese a los planes, la fuga no resultó como habían esperado al poco tiempo tres miembros de la banda de Bernardino fueron descubiertos y recapturados y colgados en la plaza de la Ciudad de México. La mayoría de los miembros de la banda lograron evitar a las autoridades no sin dificultad; Bernardino Álvarez permaneció oculto varios días en la casa de una mujer que le dio asilo. La misma mujer le regaló armas, ropa y además un caballo con el cual su escape pudo ser más rápido, permitiéndole llegar al puerto de Acapulco, en donde entabló amistad con los miembros de la tripulación de un barco cuyo destino era el puerto del Callao.
Con la venta del caballo, así como de los demás enseres que Bernardino Álvarez llevaba consigo, pudo comprar un lugar en la nave que se dirigía al virreinato del Perú; en el cual su situación económica mejoró considerablemente, den oposición a lo ocurrido durante su estadía en la Ciudad de México. A su llegada a Cuzco se desempeñó en la única profesión que conocía, Álvarez se enroló nuevamente en el ejército, aunque no hay claridad respecto al abandono de la milicia en el Perú. Lo cierto es que pasó los siguientes treinta años recorriendo los largos caminos del virreinato del Perú en el que se convirtió en un próspero comerciante, lo cual, aunado a lo obtenido y ahorrado durante su tiempo como soldado, lo convirtió en un hombre muy acaudalado.
Su biógrafo Juan Díaz de Arce refiere que Bernardino Álvarez había amasado una fortuna estimada en $30,000 pesos bien adquiridos, sin embargo, hay poca certeza de esta última aseveración teniendo en cuenta los antecedentes de Bernardino, además de los incontables trabajos respecto a la evasión del pago de impuestos que, tal como sucedía en la Nueva España, también los encontramos en el virreinato del Perú. En 1567 Bernardino Álvarez, y con una considerable fortuna que le permitiría vivir sin necesidades por el resto de su vida, regresó a la Nueva España ya sin conflictos con las autoridades, producto de su fortuna. Hizo las disposiciones para trasladar a su familia desde España a la Ciudad de México. Tras enviar las cartas correspondientes recibió la respuesta en la que se le informó la muerte de su padre, así como el ingreso de su madre a un convento. En la carta escrita por la madre de Álvarez, Ana de Herrera le aconsejó poner en servicio de su majestad la fortuna que había hecho para ayudar al prójimo.

Bernardino Álvarez. Imagen: swanngalleries.com
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* Historiador ↑

