Mi vida privada es de dominio público

 

La frase mi vida privada es de dominio público, además de ser el título de un libro de cuentos de Bernarda Solís que no he leído, tiene varias connotaciones. Entre ellas, se emplea cuando un chisme ha corrido por todo el vecindario. Digo chisme como información de un hecho acontecido y propagado de boca en boca y que por su naturaleza es interesante y hasta quizá importante de contar. También es común que existan chismes que son mentiras, pero son verosímiles tal como una pieza literaria. Lo cierto es que a nadie le gusta andar de boca en boca ni que indaguen sobre su vida privada.

Yuval Noah Harari, un famoso escritor e historiador ahora de moda, opina en su reciente libro Nexus, que la información no es equivalente a la verdad, y que muchas veces un relato creíble, aunque falso, es más poderoso que la verdad más nítida. Ejemplos de lo anterior abundan en la historia de la humanidad. Las religiones están soportadas por relatos y promesas no necesariamente ciertas en las que millones de personas creen. Muchos políticos de hoy y del pasado han usado el poder del relato para impulsar su popularidad. Ni los científicos se salvan del uso de narraciones pretendidamente verdaderas en sus documentos publicados. A pesar de estar apoyadas por evidencias duramente obtenidas, los científicos interpretan una fracción del mundo natural e informan que bajo un conjunto de circunstancias un objeto o una célula puede comportarse de un modo u de otro.

La información es poder, proclama un eslogan conocido. No obstante, para la mayor parte de la sociedad más bien entraña preocupaciones que hoy con las redes sociales en apogeo y el uso creciente de la inteligencia artificial (IA), vale la pena reflexionar. Una de ellas, es el manejo de la información privada de los ciudadanos, como son los datos personales, bancarios y médicos. También preocupa que las redes sociales y las compras en línea pueden usarse para recopilar información sin apenas darnos cuenta. Tampoco está descartado que una buena parte de la información que circula en internet sea falsa o tergiversada y manipule la opinión pública.

Hoy en día compartimos, voluntaria e involuntariamente, millones de datos a través del mundo digital. Grandes compañías como Apple, Amazon, Instagram, Facebook tienen perfiles nuestros tan detallados que resumidos por la IA pueden decirnos más de nuestros gustos, viajes y relaciones personales, e incluso opiniones políticas que cualquiera de nuestros más cercanos amigos y familiares. Algunos han advertido sobre el uso comercial y político que estas compañías les dan a los millones de datos que recopilan. Nuestros datos viajan de modo insospechado a través de una red comercial, y algunas veces delincuencial.

Dado el valor de la información digital, los gobiernos de todos los países del mundo implementan decretos para obtener información precisa de los ciudadanos mediante la recopilación de sus datos biométricos. En México, la afiliación biométrica, afirman las autoridades, ayudará a encontrar a los millares de desaparecidos y a disminuir la impunidad criminal. No obstante, también significa que la información de cualquier ciudadano podría ser usada para limitar sus libertades, censurar, y en un extremo condicionar el acceso a un trabajo, y a un seguro de vida, si se llega a conocer su expediente médico.

Centralizar todos los trámites en un procedimiento bajo el resguardo de un organismo público único presenta riesgos significativos. Para evitarlo es crucial implementar mecanismos robustos de protección de datos de parte del estado, y como ciudadanos identificar los riesgos que representa compartir información en redes sociales y evaluar críticamente la información para evitar falsas interpretaciones y garantizar nuestra seguridad y libertad.

*vgonzal@live.com

Víctor Manuel González