

Entre la caverna y la civilización
La semana pasada conté que, mientras llevaba a mi hijo al CENDI, un automovilista, visiblemente molesto, me gritó el clásico “¡pen…!”. Mi hijo, con ingenuidad, preguntó:
—¿Qué significa “¡pen…!”? Su pregunta inocente me hizo reír, y, sonriendo, seguí mi camino. Aunque este tipo de incidentes, en ocasiones se convierten en tragedias.
Detrás de esos arrebatos, se esconde algo más profundo: la fragilidad de la civilización y la facilidad con la que, lo más primitivo de nosotros, emerge y nos impulsa a atacar o huir para sobrevivir, como lo hacían nuestros ancestros cavernícolas.
Creemos que siglos de filosofía, ciencia, leyes y tecnología nos han elevado por encima de la barbarie. Sin embargo, basta con rascar un poco para descubrir que esa capa de civilización es apenas un barniz.
Un barniz que, en cualquier momento, puede fracturarse. La historia está llena de ejemplos, guerras que comenzaron por malentendidos diplomáticos, matanzas provocadas por rumores, líderes que llevan a sus pueblos al precipicio por orgullo o por miedo.
Lo más angustiante es que, ese barniz se ha vuelto muy delgado. El mundo está hiperconectado, saturado de información y desinformación que se propaga en segundos. Un tuit malinterpretado, una frase mal traducida, un incidente en aguas disputadas, puede escalar en horas a una crisis internacional. Y si las naciones involucradas son potencias nucleares, el margen para la reflexión se reduce a minutos.

Esto, ya ha ocurrido antes. Durante la Guerra Fría, estuvimos a segundos de un desastre nuclear por falsas alarmas en los sistemas de defensa. Se evitó la catástrofe porque, por fortuna, alguien decidió no presionar el botón. Pero, ¿qué pasaría si, la próxima vez, prevalezca el impulso y la reacción cavernícola?
Un intercambio nuclear no solo significaría millones de muertos en cuestión de horas. Significaría también un invierno prolongado que oscurecería el planeta, destruiría las cosechas y provocaría un colapso económico global.
Se romperían las cadenas de suministro, la energía dejaría de fluir, los sistemas de salud colapsarían y las redes digitales quedarían en silencio. Entonces, sin tecnología, sin ciencia, sin organización, el ser humano se vería obligado a sobrevivir como lo hicieron sus ancestros, refugiándose en cuevas, buscando agua y alimento en un mundo hostil.
Lo más preocupante es que este riesgo no está solo en las armas. Está en nosotros mismos. El cerebro que gobierna a un conductor enfurecido en un crucero atestado de autos es el mismo que rige a un líder mundial sometido a la presión del poder, el orgullo y el miedo. El instinto animal, disfrazado de discurso político, puede rebasar cualquier razonamiento.
Creemos que la violencia es solo un problema social, pocas veces la entendemos como un residuo biológico, una redacción grabada en nuestro ADN que aflora cuando nos sentimos amenazados. Esa reacción, multiplicada por millones y amplificada por una tecnología militar, es la verdadera amenaza.
Por eso, pensar en un retorno a los primeros peldaños de la evolución no es una exageración. Es una advertencia. La cultura no es un muro indestructible; es un puente colgante sostenido por cuerdas frágiles. Romperlo es sencillo. Basta un error, una chispa, un momento de ira para que desaparezcan siglos de civilización.
La verdadera civilización no se mide por las armas, ni por la velocidad de los algoritmos o por el progreso tecnológico. Su esencia radica en la capacidad de dominar al animal que llevamos dentro. Si no ejercemos ese autocontrol, el destino que tanto tememos no nos espera en el futuro, sino en la caverna de la que nunca hemos salido del todo. ¿Usted, qué piensa?

