¿Por qué somos así…?

 

Hace años, cuando la estatua del general Emiliano Zapata presidía la glorieta de Buenavista, la gente la llamaba mordazmente “la glorieta de los seis huevos”. Era parte de mi ruta diaria hacia la Universidad, donde trabajaba. A esa hora, llevaba también a mi hijo de cuatro años al CENDI de la UAEM.

Faltaban quince minutos para las ocho. El crucero estaba saturado de autos y conductores que, como yo, peleaban contra el reloj. Intenté incorporarme entre los coches, cuando otro automovilista, visiblemente molesto, bajó la ventanilla y me lanzó el clásico: “¡pen…!”.

Mi hijo, inocentemente, me preguntó: —¿Qué te dijo, pá?—

Improvisé una palabra. —No, pá, replicó, no te dijo eso—. No tuve más remedio que decirle la verdad.

—¿Qué quiere decir eso?— siguió preguntando.

Entre risas respondí como pude, y seguimos nuestro camino. Aquel episodio quedó como una anécdota divertida, pero también reveladora. No siempre termina en risas.

Cada vez con más frecuencia, vemos cómo ante circunstancias parecidas se dan reacciones explosivas que en ocasiones se convierten en tragedias. La calle parece una jungla, y la vialidad, una selva donde impera la ley del más fuerte.

En las redes circulan videos de personas que reaccionan con una violencia inmediata y sin medir consecuencias. Explotan por una mirada, un claxon o un comentario. Esa furia súbita, que alguna vez fue excepción, hoy, se está volviendo cotidiana.

Este tipo de reacciones instintivas se manifiesta en el trabajo, la escuela, la familia y en la política. En la Cámara de Senadores, por ejemplo, vemos cómo los impulsos primitivos se apoderan del debate público, con descalificaciones inmediatas, desplantes, insultos y agresiones que sustituyen al pensamiento reflexivo.

¿Por qué reaccionamos así? ¿Qué nos está pasando como sociedad que preferimos el grito al diálogo, la furia antes que el argumento? Pareciera que estamos regresando a los primeros peldaños de la evolución. ¿Estamos ante a una regresión al instinto, a una pérdida del control racional que alguna vez nos definió como civilización? A continuación, exploramos algunas posibles explicaciones desde diferentes ámbitos.

El cerebro humano consta de varias capas evolutivas. El sistema límbico, donde se ubican emociones primarias como el miedo y la ira, es el más antiguo. La corteza prefrontal, responsable del pensamiento racional, y del autocontrol, es más reciente. Ante el peligro, el cerebro activa los mecanismos de defensa más primitivos y la reacción instintiva.

La cultura, como el conjunto de reglas, símbolos y prácticas que regulan la vida en comunidad, cuando se debilita, por desigualdad, violencia, impunidad o desconfianza, las personas tienden a resolver los conflictos sin mediación social ni normas compartidas. Al descomponerse el tejido social y la cultura, reaparece la ley de selva.

Las tradiciones religiosas interpretan la violencia como una manifestación de la caída del ser humano en la soberbia, o la desconexión con el otro y con lo sagrado. Sin la conciencia de que hay algo más allá de uno mismo, el prójimo se convierte en amenaza. La violencia surge cuando olvidamos nuestra dimensión espiritual y relacional.

Filosóficamente, se cree que estamos asistiendo a una crisis del logos (la razón) y del ethos (la ética), que la posmodernidad ha debilitado las certezas, relativizando los valores y devaluando el sentido de la existencia. Sin una brújula ética ni un pensamiento crítico, la civilización da paso a la barbarie.

La violencia reactiva, nacida de instintos desbordados, caracteriza a las etapas menos evolucionadas de nuestra especie. ¿Estamos ante una regresión biológica? El equilibrio de la trilogía: biología, razón y espíritu, ¿puede impedir que el animal primitivo asuma el control? ¿Usted qué piensa?

Foto: Redes sociales

José Antonio Gómez Espinoza