¿Hombres feministas? No, gracias. Mejor despatriarcalícense

 

Últimamente abundan los hombres que se nombran feministas. Lo declaran con orgullo, como si estuvieran haciendo una obra de caridad: “Soy feminista, mira qué deconstruido soy, apláudeme, ámame”.

¿Por qué quieren tanto ser feministas? Quizá porque decirse feminista les da un barniz de buena persona, de aliado seguro, de tipo confiable que supuestamente—no violenta, no acosa, no silencia. Es su salvoconducto para seguir cómodos, para seguir hablando por nosotras, explicándonos lo que es el machismo (¡como si no lo supiéramos de sobra en la piel!). Para ellos, la palabra feminista es como un pase VIP que les da permiso de opinar de todo sin revisar sus privilegios. Y claro, mucho más fácil declararse “feminista” que desmontar la masculinidad con la que se les ha educado para dominarlo todo.

Pero ¿qué es el feminismo, entonces? El feminismo es un proyecto político, ético y vital que parte de una certeza básica: esta sociedad está construida sobre la desigualdad estructural entre hombres y mujeres. Y es nuestra lucha, de nosotras, para nosotras, para recuperar lo que nos arrebataron, nuestros derechos, sueños, nuestra voz, la apropiación de nuestra cuerpa y nuestra autonomía. Como dice Rita Laura Segato: “El feminismo es un proyecto de mujeres para mujeres”. Así de claro. Así de incómodo para quienes sueñan con meterse al centro de la foto.

El feminismo no es una etiqueta bonita para adornar biografías de redes sociales. Es una historia de resistencia, de insumisión, de organización colectiva. Es una práctica que incomoda, cuestiona, exige renuncias. Y aquí viene la parte que duele: los hombres no pueden ser feministas porque no pueden ser sujetos de una lucha que no los atraviesa igual. Ellos tienen privilegios históricos, poder, voz, dueñidad, violencia normalizada y autoridad.

Lo que sí pueden y deben es despatriarcalizarse. Y no hablo de poner un pin morado en la mochila. Hablo de dejar de acosar. Dejar de sostener pactos de silencio con otros hombres. Dejar de encubrir a sus amigos violentos. Dejar de solapar chistes misóginos, toqueteos no consentidos, miradas invasivas. Necesitamos que despatriarcalicen la calle, sí, pero también su espacio íntimo: su cama, sus mensajes, sus conversaciones con amigos, su humor, su deseo.

Despatriarcalizar el espacio privado y erótico es dejar de tratar a las mujeres como objetos sexuales, como territorio de conquista. Es dejar de creer que la sexualidad masculina tiene derecho a invadirlo todo. Es repensar el consentimiento. Es dejar de preguntar “¿Y tú qué hiciste para provocarlo?”

Necesitamos que despatriarcalicen su trabajo, su casa, su manera de estar con sus hijas e hijos, sus rutinas de poder. Que revisen cómo reproducen jerarquías en la oficina, en la universidad, en la mesa de la casa. Necesitamos que limpien su mente: que cuestionen cada idea que aprendieron sobre qué es ser hombre, sobre quién manda, sobre quién tiene la última palabra.

No queremos más hombres que se autoproclamen “feministas” mientras siguen ocupando todo el espacio y reclamando palmaditas. Queremos hombres que hagan el trabajo que a nosotras no nos toca: desmontar el patriarcado desde adentro. Queremos menos discurso y más renuncias. Queremos menos “yo las apoyo” y más “me callo, escucho, me reviso”. Porque al final del día, el feminismo no necesita héroes varones. Lo que necesitamos es que dejen de ser parte del problema. Y eso, compañeros, es mucho más difícil y mucho más valiente que ponerse una etiqueta para la foto.

Imagen: elindependientedegranada.es / Fotolia

Denisse B. Castañeda