Identidad y nuevo orden mundial

 

El tema de las identidades nacionales está cobrando relevancia en el mundo, al menos por dos razones: el rechazo al intento de crear una cultura única a nivel mundial por parte de los grandes poderes fácticos capitalistas meta-nacionales, y, por otra parte, la necesidad de reforzar capacidades soberanas de autogestión, y autosuficiencia nacional, en un contexto de cambio del debilitado orden mundial actual.

Ocasión para hablar de ello es la conmemoración de la Toma de la Bastilla, un día como hoy en el año 1789, evento en el que los revolucionarios tomaron por asalto esa fortaleza en la ciudad de París, y liberaron a los presos ahí recluidos, con lo cual se dio inicio a la Revolución Francesa, y con ella la caída del antiguo régimen de ese país.

Más allá de que este suceso es en la actualidad el motivo de la fiesta nacional de Francia, su importancia estriba en que, bajo la consigna de “libertad, igualdad y fraternidad”, se gestó una nueva manera de organizar la sociedad, la cual sirvió de modelo a multitud de países en Europa y fuera de ella. En efecto, se transitó del sistema económico, político y social conocido como feudalismo, a uno moderno de Estados/nación, sustentado en la soberanía nacional, la igualdad ante la ley de todos los seres humanos, y el concepto ampliado de ciudadanía.

Ese nuevo orden civilizatorio dejó atrás un modelo de organización societal jerarquizada, pivoteada por la monarquía y el clero, y compuesta por nobles y campesinos; establecía además relaciones de vasallaje y servidumbre, entre los dueños de grandes extensiones de tierra, y los campesinos que recibían protección, a cambio de cultivarla, pagar tributos y prometer lealtad.

La Revolución Francesa fue definitoria para la modernización de las sociedades ya que provocó la gradual desaparición de las monarquías absolutas, y permitió el surgimiento de sistemas políticos de modalidad republicana, los cuales establecían la creación de poderes gubernamentales independientes, impulsaban la soberanía popular, y crearon un marco normativo innovador contenido en la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, la cual inspiró 159 años después la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” (1948), proclamada por la Organización de las Naciones Unidas. Este movimiento revolucionario también permitió el surgimiento de la “burguesía”, como nuevo estrato social, que fue definitivo para la modificación de la forma de hacer economía y de hacer política.

Entrados ahora en el año 25 del siglo XXI, experimentamos los prolegómenos de un cambio profundo en el mundo actual, que está por definirse si es tanto o más importante, que el cambio del orden mundial provocado por la Revolución Francesa en el siglo XVIII.

El fortalecimiento del Estado/nación, cuyo antecedente fue la firma de la Paz de Westfalia (1648) que dio término a la “Guerra de los Treinta Años, es sin duda uno de los mayores aportes del ahora debilitado modelo de sociedad que hemos heredado. Como sabemos, este constructo social del Estado/nación se desarrolló ampliamente en los siglos XIX y XX. Surgido en Europa, se implantó en forma gradual y en diverso grado, en todos los demás continentes. Este modelo de organización societal es una entidad política/territorial compuesta por un territorio bien delimitado, una población, y un instrumento normativo central, llamado Constitución o Carta Magna, que rige las relaciones de quienes lo habitan, todo lo cual le permite a un país ser sujeto reconocido en el actual derecho internacional.

El otro gran aporte de la Revolución Francesa fue el rescate de la persona como sujeto de derechos, valor ampliamente aceptado ahora en todo el mundo. Fue un avance del movimiento “humanista” iniciado en el siglo XIV, y también de la visión del mundo impulsada por el movimiento de la “ilustración” del siglo XVIII, o “Siglo de las Luces”.

La búsqueda actual de un nuevo orden mundial, como lo señalamos, se explica por el debilitamiento de una forma de gestionar los Estados/nación, en lógica del liberalismo económico y político, y por los peligros que se ciernen en relación al futuro actuar de la persona humana en sociedad.

En efecto, en los últimos decenios, poderes fácticos económicos, financieros, mediáticos y culturales de influencia mundial han impuesto un modo de conducir los asuntos públicos y privados que cada vez hace más irrelevantes y disfuncionales los conceptos y la práctica de soberanía nacional y de democracia representativa, ya que las decisiones que realmente marcan el rumbo de las sociedades se toman en el ámbito meta-nacional. La ambición por el poder y el dinero, característica conocida de la condición humana, se ha salido de control, y se expresa ahora de nuevas formas.

Por otra parte, el surgimiento de los nacionalismos, en forma disfrazada de racismo y xenofobia, compite con el impulso a un nacionalismo que busca la identidad nacional, pero que a la vez disfruta y promueve el fortalecimiento de la diversidad cultural. Al mismo tiempo, la libertad y la dignidad humana están bajo acoso de avances tecnológicos causados por el fenómeno llamado “inteligencia artificial”, y la existencia misma de la vida en el planeta está puesta en modo de incertidumbre por el evidente cambio climático.

El nuevo orden mundial tiene que reconfigurar un modelo ajustado de Estado/nación que respalde “políticas públicas universales”, aplicables a en todos los países. Dichas políticas deben reforzar los vínculos de las personas con su territorio, y conferirles su capacidad de decisión sobre el uso y destino de los bienes de la naturaleza, y de todo aquello que se determine corresponde al ámbito de “lo común”, el cual debe prevalecer sobre lo privado y lo gubernamental.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

La búsqueda de identidad colectiva - MUNDOHOY.NET

Imagen cortesía del autor

Vicente Arredondo Ramírez