

A / El sordo
El marinero encontraba difícil cumplir con lo que decía, y no era raro que sus acciones contradijeran sus palabras, pero no aceptaba reproches ni burlas. Protestaba con vehemencia y, si se sentía acorralado, confesaba con cinismo y humildad que estaba lejos de ser perfecto.
Una noche rasgada por relámpagos, en que los parroquianos estaban distraídos y violentos, los retó y les dijo que le recordaban al sordo que no había escuchado al profesor.
—Porque una vez hubo en la isla —dijo el marinero— un profesor, o alguien que lo parecía: con el bolsillo de la camisa lleno de plumas, y libros y cuadernos bajo el brazo.
“Una tarde, ese profesor, si es que lo era, encontró una guitarra y comenzó a tocar: nos pusimos a bailar. En eso pasó un sordo que acababa de desembarcar, y nos vio a todos saltando con las manos en alto. Como no se dio cuenta de que el profesor estaba tocando, nos creyó locos y comenzó a reírse a carcajadas. Así son ustedes; se ríen porque no entienden lo que digo.
B/ El queso del Conejo

—¿Vas a quererme? —le preguntó a Elizabeth uno de los músicos de la marimba. Y la muchacha, para contestarle, ocupó una de las mesas del centro, donde estaba Marta, y se dirigió a todos:
—Una noche de Luna llena —dijo—, el Coyote se encontró al Conejo, al lado de un aguaje.
«—¡Esta vez no te me escapas! —gritó el Coyote, muerto de hambre.
«—Espera, coyotito —le dijo el Conejo. Mira ese queso que estoy enfriando. Ya casi está listo. En un ratito lo sacas.
«El Coyote vio bajo el agua un gran queso fresco, redondo y blanco, y sintió que se le hacía agua el hocico.
«—Yo lo saco, vete sin cuidado —le dijo al Conejo y se quedó muy serio. Cuando pensó que ya era tiempo, saltó al agua y descubrió que el queso que había estado viendo era el reflejo de la Luna.»
C/ Nocturno
Por la axila de Elizabeth bajaba una gotita clara. El marinero dijo que en sueños había extendido la lengua para recogerla.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

