El sol apenas comenzaba a calentar la tierra, cuando Felipe Mendoza alzó la voz para dar la bienvenida. Bajo los rayos de luz y con un par de colmenas al fondo, los asistentes escuchaban con atención, mientras el zumbido constante de las abejas tejía un fondo sonoro tan natural como inquietante.

Felipe no solo hablaba; compartía. Con voz pausada, contaba que lleva casi 45 años dedicado a la apicultura. “Esto es un sueño”, decía con una mezcla de humildad y orgullo. A su lado, su esposa y compañera de proyecto, Alejandra Montes, asentía. Ambos forman parte del Grupo Xóchitl, una sociedad de producción rural que durante años ha cuidado, protegido y aprendido de las abejas en la región.

Originario de San Andrés de la Cal, comunidad enclavada en las faldas del Tepozteco, Felipe viene de una tradición apícola que se remonta a su abuelo, uno de los primeros en introducir la “abeja criolla” en los años cuarenta. En los noventa, tras el colapso de los cultivos por plagas y la caída de la producción de jitomate —cuando Morelos llegó a ser el segundo productor nacional—, retomaron la apicultura como una forma de subsistencia, pero también como un acto de convicción.

“México tiene cerca del 20% de la biodiversidad mundial de abejas”, explicó mientras los asistentes se sorprendían al saber que en el país existen más de dos mil especies, muchas de ellas nativas o endémicas, como las meliponas o las trigonas. Pero esa riqueza está en peligro: el cambio climático, la deforestación y la expansión urbana han ido acorralando a los polinizadores y a quienes dependen de ellos.

“Nos están corriendo de nuestros espacios”, lamentó Felipe, señalando los nuevos lotes marcados para urbanizar justo donde antes florecían arbustos y flores silvestres que alimentaban sus colmenas. El grupo que encabeza llegó a manejar hasta 1,200 colmenas en la zona de Tepoztlán; hoy, por la sequía y la falta de flora, ese número se ha reducido drásticamente.

La práctica que defienden es sustentable. No usan químicos tóxicos, ni para curar las enfermedades de las abejas ni para espantarlas al cosechar. La miel la extraen con técnicas rudimentarias, sin dañar a la colmena. “Nosotros somos los primeros consumidores de nuestra miel”, dijo, recordando que, en su casa, cuando vivían todos juntos, se acababan un bote de 27 kilos al mes.

Hablar de abejas para Felipe no es hablar solo de producción; es hablar de ética, de salud, de espiritualidad incluso. También practica apiterapia, una técnica alternativa que utiliza el veneno de abeja —la apitoxina— para tratar diversos padecimientos. Ha visto personas llegar con andadera y salir caminando después de algunas sesiones. “La abeja es un ser extraordinario”, dijo. “Siente, vibra, escanea”.

La conversación se tornó íntima cuando uno de los visitantes confesó haber tenido una reacción alérgica hace más de quince años. Felipe lo escuchó con atención y respondió con calma, desmitificando el miedo. “La inflamación es normal. El problema es el miedo”. Explicó que la abeja no ataca, sino que responde a nuestra energía. Que pica solo si se siente amenazada. “Es como cualquier ser vivo. Hay que acercarse con respeto”.

Felipe retomó la palabra. Su voz temblaba ligeramente, no de inseguridad, sino de tristeza. Habló del calor anormal, de la deforestación, del daño que hemos causado como humanidad. “Somos responsables de este desastre”, dijo con los ojos brillosos. Y, sin embargo, no todo está perdido. Ambos reconocen que las políticas agroecológicas emergentes les devuelven un poco de esperanza.

El grupo se preparó para visitar las colmenas. Se repartieron velos y trajes blancos. Antes de entrar, Felipe lanzó una última reflexión: “Hoy va a ser un gran día. No solo porque aprenderán algo de las abejas, sino porque van a entender que este trabajo es una forma de vida, de resistencia”.

Entonces sí: a paso lento y con el corazón abierto, el grupo avanzó hacia los apiarios, donde zumbaba —como una plegaria viva— la memoria de la tierra.

Donde nace la miel

Los asistentes tomamos el camino de la vereda, y a unos 40 metros, nos adentramos, ahora sí, en el corazón del apiario. Con los trajes blancos puestos, redes cubriendo nuestros rostros, y el murmullo grave de cientos —o tal vez miles— de alas en el aire, los medios de comunicación que acudimos ese día tuvimos el privilegio de ser testigos de algo que pocos ojos llegan a ver: el nacimiento de nuevas abejas.

Apenas levantó la tapa de uno de los panales, Felipe nos hizo una señal para que prestáramos atención. Ahí, en la celda tibia del cajón, las abejas bebés —aún atolondradas, y del tamaño de una abeja adulta— rompían con suavidad la cera que las había protegido durante su desarrollo. Sin perder tiempo, apenas salían de la celda y entraban en sí, comenzaban a limpiarla. “Ellas nacen sabiendo su función”, nos explicó. “Dejan todo listo para que pueda llegar otro huevecillo. Nadie les tiene que decir qué hacer, lo hacen por instinto”.

A nuestro alrededor, todo era una coreografía precisa. Las abejas entraban y salían, el aire se impregnaba de ese sonido intimidante. Nosotros, atentos, tratábamos de registrar con la cámara y la memoria lo que ahí sucedía. Felipe nos explicó que una de las tareas más intensas para las abejas es la producción del propóleo y la cera, una sustancia con la que sellan para proteger los nidos: actúa como barrera contra bacterias, hongos y visitantes no deseados.

“Nosotros no retiramos la cera tan seguido, aunque sea valiosa”, nos dijo. “Respetamos su proceso. No se trata de sacarles todo, sino de acompañarlas”. Ese respeto por la colmena y su equilibrio era evidente. Nada aquí se hacía con prisa ni con ambición desmedida.

Felipe también nos advirtió que, aunque las abejas no atacan sin razón, son extremadamente sensibles. “Ellas sienten la adrenalina. Si tú estás nervioso, te huelen. Saben que hay algo raro”. Por eso era tan importante mantener la calma, respirar lento, incluso sonreír si era posible. Y aunque íbamos equipados con trajes profesionales, el respeto y la tranquilidad eran nuestras herramientas más efectivas.

El humo, por ejemplo, no solo se usa para espantarlas. Felipe nos compartió algo que hasta ahora parecía parte de un antiguo saber oral: “El humo les despierta un recuerdo profundo. Es como una memoria ancestral. Antes, cuando llegaban depredadores —incendios, humanos— el humo significaba peligro. Entonces se tranquilizan”. Más que una técnica, parecía un lenguaje silencioso entre especies.

A esa hora del día, el sol ya caía más vertical, el calor se volvía espeso, y sin embargo, dentro del apiario no había desorden ni fatiga. Todo estaba en movimiento, pero era un movimiento en equilibrio. Cada abeja, cada gesto, cada palabra de Felipe parecían sintonizados con algo más grande, más antiguo, con un zumbido.

Al salir, nos quitamos los trajes con cuidado. Llevábamos miel en los dedos, cera en la ropa, y en la cabeza, el eco de esa frase que lo resume todo: “La abeja nace sabiendo su función”. Nosotros, quizá, estábamos ahí para aprender la nuestra. Porque cuidar a quien poliniza la vida, no es una metáfora: es una urgencia.

Esta experiencia fue parte de los recorridos turísticos que ofertarán en Tepoztlán, para visitantes del estado y extranjeros. Estos recorridos tendrán una ruta con creadores y productores locales, para impulsar la economía del municipio y compartir las tradiciones y conocimientos de este pueblo mágico.

Abejas recién nacidas de su celda, y sus compañeras las limpian: desde que nacen, saben su labor. Foto: Malu Medina

Los trajes de protección son importantes, pero el apicultor Felipe asegura que el mejor cuidado es la confianza, respetar y no temer a las abejas. Foto: Cortesía

Al finalizar la experiencia, las personas pueden adquirir los productos del apiario, desde mieles tipo mantequilla hasta mieles más cristalizadas. Foto: Malu Medina

Malu Medina