Repensar el duelo

 

Una mujer abre una caja de antidepresivos. Esperaba encontrar cápsulas sueltas, mezcladas, respirando el mismo aire. Pero no. Lo que aparece es un orden metálico, frío, aséptico: una hilera de soledades perfectas. Cada pastilla encerrada en su celda de aluminio, sin contacto posible con las demás.

Esta imagen abre La moda negra de Darian Leader, no como anécdota médica, sino como metáfora de un sistema –en esta época– que organiza el sufrimiento en compartimentos estériles. Que nos separa igual que a las pastillas. Así, la depresión se trata sólo como una avería química: se corrige con dosis, con instrucciones, con cápsulas encapsuladas. Y el duelo —ese movimiento íntimo, denso, borroso— queda reducido a un mal funcionamiento de la bioquímica. Todas estas reflexiones han estado rondando mi mente, ya que a finales del año pasado atravesé un proceso de depresión y a inicios de este año, estuve en tratamiento.

Entre mis primeras reflexiones, noté que la tristeza se ha vuelto un asunto privado. Algo que se nos obliga a llevar en silencio. Pero el duelo, dice Leader, requiere de otras personas.

Emile Durkheim lo había anticipado: no se trata solo de una herida individual, sino de un imperativo colectivo. Una forma en que la comunidad responde a la pérdida para no desaparecer con ella. En muchas culturas, el luto no era solo permitido, era exigido y se sobrellevaba en comunidad. Los dolientes no estaban solos: alguien cocinaba, alguien lloraba contigo, alguien sostenía la memoria del ausente. El dolor no era una carga privada, era una ceremonia compartida.

Hoy no sabemos qué hacer con el sufrimiento ajeno. Decimos “lo siento mucho” y pasamos a otro tema. Cambiamos de conversación. Recomendamos terapia, meditación, antidepresivos. Nos deshacemos del dolor como si fuera basura emocional. Nos avergüenza inmiscuirnos en algo que se asume privado y secreto.

Y cuando nos toca a nosotros —porque siempre nos toca—, tampoco sabemos qué hacer. Nos encontramos en casa, en una sala vacía, con el celular encendido y la mirada en ninguna parte. La ausencia se vuelve una presencia inmensa. Y no hay rito que la contenga.

Geoffrey Gorer sugiere que la Primera Guerra Mundial desbordó todos los marcos posibles de duelo. Los muertos eran tantos, tan incontables, que doler por cada uno parecía un gesto inútil. Se optó por el silencio. Por seguir. Por no mirar atrás. El siglo XX aprendió a enterrar con prisa.

Desde entonces, Occidente ha ido perdiendo los rituales del luto. Las misas se vuelven discretas, las condolencias se envían por mensaje, los funerales se limitan a una hora de servicio. Las redes sociales ofrecen un muro donde escribirle al que ya no está. Una simulación de cercanía, un simulacro de comunidad. “Estoy a la distancia”, dicen los mensajes en Facebook.

Cargar con el duelo en soledad es una forma de violencia estructural. Una más. Se nos niega el tiempo para doler. Se nos niega la compañía. Se nos exige funcionalidad, productividad, normalidad.

En ese mismo sentido, la mayoría de nosotros —sin saberlo— convivimos con imágenes de muerte cada noche. El contenido que consumimos en redes sociales, televisión y plataformas de streaming son cuerpos tirados, autopsias, crímenes resueltos con fórmulas narrativas. La muerte aparece no para dolerse, sino para ser explicada. Es la rutina del entretenimiento: un cadáver, una investigación, un culpable. La escena se cierra. El episodio termina. Mañana habrá otro ad infinitum.

Quizás esa repetición diga más de lo que creemos. Tal vez multiplicamos las imágenes violentas porque nos falta un marco simbólico donde sostener el dolor. Tal vez mostramos la muerte para no sentirla. Tal vez consumimos crímenes porque ya no sabemos cómo vivir el duelo. Me pregunto si no lo que necesitamos como humanos, es que otros reconozcan nuestras pérdidas Necesitamos, en otras palabras, un diálogo de duelos, como propone Leader.

Imagen: etsy.com

Davo Valdés de la Campa