Crónica de un retiro bancario fallido

 

Fíjense que este día, queridos lectores, a través de estas líneas, haré una constructiva reflexión que espero sirva de algo. Va dirigida a varios de los inoperantes sistemas bancarios de nuestro país. Verán porqué lo digo. No sé cuándo ni cómo se les ocurrió a los bancos que como identificación para cualquier transacción la tarjeta de débito deba ir acompañada además de la del INE, con la del Inapam o el pasaporte o licencia de manejo. Aunado a esto, las cajitas en cada ventanilla para oprimir cualquiera de las yemas de los dedos que nos identifique a través de las huellas digitales que efectivamente somos los que somos a pesar de las credenciales que presentemos, no funcionan para personas de la tercera edad.

Esos identificadores de ventanilla, son chafas, representan una pérdida de tiempo pues repiten su ritual en los diez dedos hasta que en uno funciona cuando bien nos va. Solo identifican rapidamente huellas firmes y juveniles, dicen que son para la propia seguridad de los usuarios, esto no es creíble. ¿Quién informa a un asaltante que un usuario acaba de salir de un banco con un gran retiro? ¡Misterio! Sugiero, desde aquí, que si son efectivamente para nuestra seguridad, los adquieran de mejor calidad.

En mi caso personal, a los bancos solo recurro para pagar puntualmente la tarjeta de crédito, IMSS, INFONAVIT, SAT y retirar algún depósito, aunque por lo general uso los cómodos, esos sí, cajeros abiertos las 24 horas al día cualquiera de los 365 días al año, lo malo es que tienen un tope de retiro aunque celebro que existan. El sábado pasado cité a distintos trabajadores: albañil, plomero, herrero, para encargarles algunas pequeñas reparaciones que son necesarias para conservar una casa en buen estado. Eran tres y había que adelantarles alguna cantidad para adquirir los materiales a emplear. La cantidad no pasaba de treinta mil pesos en total. Por cajero no podía sacar el monto porque el límite de retiro es de 12,000 pesos por lo que me presenté al banco temprano para el retiro con tarjeta de débito e INE.

Me tocó el número uno en la ventanilla, estaba vacío el banco. Qué maravilla, me dije, saldré de volada. ¿Sí? Pues ¡mangos! Presento ambas y escucho las fatídicas palabras de siempre: “Por favor, oprima su dedo índice en este cuadrito”. Luego de la pérdida de tiempo al repasar inútilmente todos los dedos con cerita o sin ella, porque queridos amigos llevo casi toda mi vida oprimiendo las teclas de máquinas de escribir, tandy´s, ordenadores, computadoras fijas o portátiles, laptops que por cierto desde que en el siglo XIX el estadounidense Christopher Sholes inventó el teclado de la primera máquina de escribir comercial, ni su uso ni el orden que guardan las teclas han cambiado en casi 200 años.

Pero regreso a lo del banco. Por lo anterior, mis huellas están ya borradas tanto por los teclados como por mi edad que no es poca y por más que les he sugerido que por favor reporten el malestar de clientes y cambien ese sistema de identificación por uno mejor, nada. Los empleados siempre amables aunque a secas, impecables, tipo robots, no pierden ni la sonrisa ni las palabras aprendidas aunque siempre dichas con la frialdad reflejada en sus esquivas miradas. “Lamentablemente –escuché-, no podrá ud. retirar esa cantidad si sus huellas no son identificadas”. ¿Perdóooon?, pregunté. “¿Qué no trae señora, además del INE, la credencial del Inapam o su licencia de manejar?”. De cuándo acá esas credenciales valen más o igual que la del INE. -¿Puedo hablar con el gerente por favor?-, pedí. “Sí, espere un momento a que la pueda atender”. El banco, ese día seguía semi vacío.

Mientras que mi paciencia decrecía y mi mal humor aumentaba, me dije: Calma, respira hondo Lya, ahorita con el gerente, todo se arreglará. Ya frente a él, un joven igual de impecable que el demás personal, me dice: “espere un momento voy a ver cómo la ayudo”. Regresa y me dice: “Lamentablemente…su cuenta no es de este banco.” Mire joven, -le digo tranquila-, desde que ud. era niño yo ya tenía cuenta en este banco. “Sí, pero abrió su cuenta en la CDMX”, ¡ah, caray!, ¿y para qué son las sucursales?, replico. “Pues sí, pero sin sus huellas, no basta presentar como identificación la del INE, ¿alguna otra que traiga por favor?”. Volteo y le señalo el banco ausente de clientes. -¿No le dice esto nada?-, le pregunto.

Estas líneas queridos lectores, no tratan de destruir, detesto y me aparto de quien destruye, eso lo aprendí hace muuuchos años de mi querido e inolvidable escritor, historiador y académico don Arturo Azuela. “Nunca, nada con quien destruya Lya”. Aunque mi también queridísimo amigo Ricardo Garibay tan diferente a don Arturo, ya me hubiera dicho con voz perentoria: “hazlos polvo con tu pluma”. Pero no, nunca lo he hecho. En esta crónica no digo el nombre ni la sucursal del banco. Ni el del gerente, ni de la empleada de la ventanilla, ni de quien recibe a la entrada.

¡No! Los empleados no son responsables, reciben órdenes, algunas muy lamentables, palabra que les encanta pronunciar y que escuché varias veces esa mañana: “lamentablemente nuestro protocolo”. Sí, señores banqueros, qué lamentable resulta su reglamento. Hube de ir a mi cercana casa y regresar con la primera credencial que encontré, la del Inapam pero ¿y los que viven lejos? ¿o llegan en Rutas? Ojalá lo modifiquen. Para beneficio de todos. Y hasta el próximo miércoles.

 

Imagen de archivo: elonce.com

Lya Gutiérrez Quintanilla