La Mitad Oculta

Elas Sanlara

Hay decisiones que no se toman con lógica. Se toman con el corazón en la garganta, el estómago hecho nudo y un miedo “joputa”, criticando todo lo que sueñas. Dar una charla TEDx fue una de esas decisiones.

Durante años se me llenaba la boca al decir: “Algún día voy a dar una charla TEDx”. Lo decía con la ilusión absurda de quien quiere ganarse la lotería, pero nunca compra el boleto. Tenía excusas para dar y regalar. Pero en el fondo, no era falta de tiempo, era falta de confianza en mí misma.

Hasta que un día envié la solicitud con ese impulso que llega cuando decides confiar, aunque sea tantito, en lo que llevas dentro.

Pasé la primera etapa. Luego la segunda. Y cuando llegó el correo confirmando que me habían seleccionado, grité y lloré en plan telenovelero. Pero minutos más tarde no me sentí ganadora ni feliz. Me sentí vulnerable. Como cuando estás en la cima de la montaña rusa, justo antes de la bajada, y piensas: ¿quién carajos me mandó a subirme?

Me invadieron todos mis fantasmas: mi acento, mis kilos de más, mis fracasos y el pánico absurdo de no saber qué ropa ponerme. Y entonces, como siempre, apareció mi síndrome del impostor, esa vocecita puntual —como cobrador de Hacienda— que viene a recordarme que no soy suficiente, que alguien más debería estar ahí en mi lugar.

Pero esa vez fue distinto. En uno de los momentos más esquizofrénicos de mi vida, le dije que se callara y se largara. Porque no, no tenía razón.

Porque he pasado por cosas que no se ven y que nadie sabe, pero que me han hecho fuerte: como cambiar de país, perder trabajos, recoger los pedazos de un matrimonio, reconstruirme con las manos vacías, empezar de cero más veces de las que me gustaría admitir.

Y, sin embargo, ahí estaba. A punto de cumplir un sueño, con todas mis cicatrices en la maleta… y con la cabeza en alto.

Me preparé por meses con el equipo de TEDx. Ensayé frente al espejo, frente a mi coach de performance y frente a la nada. Me aprendí cada palabra, cada pausa, cada inflexión de voz. Todo parecía bajo control… hasta el ensayo general.

Mientras me colocaban el micrófono y el auditorio aplaudía al ponente anterior, mi mente se apagó. Se quedó en blanco.

Como si alguien hubiera jalado el cable. Me sentí aturdida. Como si hubiera chocado contra una pared.

Recordé en ese momento que los maratonistas tienen algo que llaman la pared. Es esa sensación que aparece alrededor del kilómetro 30, cuando el cuerpo dice “basta” porque las reservas de energía se agotan y la mente empieza a susurrarte que no vas a llegar, que ya no tiene sentido seguir, que pares por el amor de Dios. Y no es que el cerebro se esté poniendo en plan víctima, simplemente es que nuestros cerebros están diseñados para sobrevivir, no para ganar medallas. Y mucho menos para tolerar estrés prolongado.

Pero quienes han entrenado más allá del cuerpo saben que si no cedes al pánico, si respiras… el cuerpo recupera ritmo. El paso vuelve, y no porque desaparezca el dolor, sino porque aparece otra fuerza… más innata, más tuya.

A eso le llaman el segundo aire. A mí no me gusta ese nombre porque me suena a escena de bajo presupuesto de La Rosa de Guadalupe.

Yo le llamo la mitad oculta.

Porque no tienes idea de que está ahí hasta que un día la vida te lleva al límite y no tienes más remedio que seguir adelante, usando ese poder silencioso que llevas dentro.

No es motivación. No es adrenalina. Es corazón. Es alma.

Es esa parte de ti que no se ve, que solo tú conoces, pero que aparece cuando todo lo demás se desmorona. No sale en tus fotos, pero es la que se activó cuando te rompieron el corazón —y creías que te morías— y aun así fuiste a trabajar. La que te hizo levantarte cada noche cuando tu bebé no paraba de llorar, y sobreviviste meses enteros sin dormir. La que te sostuvo cuando perdiste a alguien querido y, aun así, saliste de la cama a seguir funcionando. La que te empujó a levantarte, una vez más, aunque la vida se pusiera jodida.

La mitad oculta no se entrena con libros; se entrena con la vida misma, y se fortalece con pérdidas, con silencios incómodos, con derrotas que no posteas.

Ese día, justo cuando me sentía a punto de salir corriendo por la puerta trasera, recordé algo que me dijo un maratonista cuando vivía en el Comité Olímpico:

La pared no te tumba… si eres capaz de recordar para qué empezaste.

Y como si mi mente hubiera estado esperando esa frase como contraseña secreta, todo volvió. Las palabras, el mensaje, la conferencia entera.

Hace unas semanas me invitaron a dar otra charla. Esta vez en una escuela de mucho prestigio aquí en Estados Unidos, donde han estudiado expresidentes de este país. Cuando leí el correo electrónico, pensé: ¿qué tengo yo que decir ahí? Me sentí fuera de lugar, como quien está a punto de colarse a una boda sin invitación.

Y, sin embargo… dije que sí. No porque el miedo se haya ido, sino porque decidí que no me marque el paso.

Porque, aunque te tiemblen las piernas, aunque no veas la meta, aunque tu voz interna grite que no puedes… sigues. Porque puedes.

Porque tu mitad oculta solo aparece cuando te niegas a rendirte.

Y cuando aparece… no hay quien te detenga.

Imagen cortesía de la autora

La Jornada Morelos