

Una necesaria anécdota aclaratoria y personal
Mi infancia estuvo casi marcada por la música de otros (otras porque en la familia las playlists eran asunto matriarcal). El yo niño estaba condenado a escuchar en los pasillos de las casas que habitaba o visitaba cosas como los primeros José José, Juan Gabriel, Camilo Sesto; o veteranos como Mocedades y María Dolores Pradera. En efecto, mi gusto musical estaba prácticamente condenado hasta que en alguna parte de mis andanzas callejeras escuche un sonido diferente con el (estoy seguro) cambió mi destino.
La sensación de excitación en el centro del cerebro y las sienes era como un sugar rush sin los caramelos. Inmediatamente llegué a casa y como se acercaba mi cumpleaños pedí un disco doble, KISS Alive II. Recuerdo que se lo tuve que escribir a mis amados padres y apenas ahora imagino la vergüenza que debió darles entrar a la tienda de discos donde compraban cosas como Leo Dan y Antonio Zamora; la misma, seguramente donde adquirieron el Canto a la Luz de Alberto Lozano, para sus tres pequeños hijos (yo tenía entonces nueve años); y pedirles el acetato doble de los neoyorquinos Paul Stanley, Gene Simmons, Peter Criss y Ace Frehley, con los rostros pintados y ropas estrafalarias y Simmons con la cara manchada de pintura roja simulando sangre desde el labio inferior hasta la barbilla y una que otra salpicadura y línea en el resto de la cara.

La contraportada de Kiss Alive II. (Mercury, Casablanca.1977). Imagen: Cortesía
Muchos pueden decir que es uno de los discos más potentes de Kiss, no soy un experto en crítica musical, pero el grito “You wanted the best well you got the best: the hottest band in the world, Kiss”, y las guitarras iniciales de Detroit Rock City, transformaron mi vida más que las primeras enseñanzas de la abuela, el catecismo, o para el caso, la primaria. A los nueve años Kiss, y luego cinco, diez, treinta, cien bandas más, me hicieron sentir poderoso porque el rock más que fuerza es potencia y eso más que estimular, alimenta el espíritu individual y la conciencia colectiva.
El Día Mundial del Rock

Aclarada la incitación de los santos demonios rockeros para tocar el asunto, el 13 de julio se conmemora el Día Mundial del Rock, una efeméride que recuerda el día de 1985 que casi 60 bandas de música en Filadelfia, Estados Unidos y Wembley, Inglaterra, se unieron en conciertos simultáneos y transmitidos a casi todo el mundo por Mtv (cuando todavía se trataba de la música), en una jornada finsemanera para recaudar fondos que aliviaran el hambre en Etiopía.
El éxito de esa iniciativa llamada Live Aid fue muy debatible si bien los fondos no fueron nunca suficientes, la presentación ayudó a visibilizar el problema de la hambruna en el África, lo puso en la agenda internacional y, por si fuera poco permitió al rock disipar muchas sospechas en una década complicadísima para todos y en que la censura y las acusaciones de generador de violencia, drogadicción y hasta satanismo moderaban hasta al mismísimo Ozzy Osbourne y llevaron a mucha de la música más popular del planeta (la audiencia del concierto llegó a mil 900 millones de personas en 40 países del mundo) de vuelta a sus escondites en los sótanos de los que había salido apenas unos años antes.

Mark Knopfler de Dire Sraits el 13 de julio de 1985 en Live Aid. Foto: Classic Rock in Pictures. @crockpics.
La censura no mata, nomás tizna
A alguien se le ocurrió que el rock era una forma de contracultura para justificar o explicar los actos de censura que, desde las primeras experimentaciones que culminarían en la exquisita fusión a la que llamamos rock, se ha tratado de imponer al género. Son casi míticas los intentos de prohibir a Elvis Presley, Little Richard, Jerry Lee Lewis; igual de famosas y prototípicas son los que sufrieron Rolling Stones, The Doors, Led Zeppelin, Black Sabbath, Kiss, y otras tantas bandas en los setenta.
En la misma década en México el incipiente movimiento de rock nacional también fue perseguido; primero tras la masacre de Tlaltelolco en 1968, hubo una prohibición a los conciertos. Apenas unos años después el régimen de Luis Echeverría llamó “traidores a la patria” a la juventud que asistió al Festival de Avándaro y refrendó la prohibición de conciertos en recintos amplios y emprendió una eliminación selectiva del rock en la radio. Claro que, como en México las cosas a veces no son en blanco y negro, así que la eliminación no fue de tajo porque permitió la difusión de rock fresísima en las voces de, por ejemplo, Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vázquez, Angélica María y otros que hasta fundaron sus carreras fílmicas al ritmo acompasado, pero sin compromiso alguno (el compás de cuatro cuartos sin potencia).

El tratamiento que dio la prensa al Festival de Avándaro fue otro medio de censura. Foto: Secretaría de Cultura, Gobierno de México.
La década del diablo
Aunque parezca de película cómica, en la década de los ochenta realmente hubo en los Estados Unidos un movimiento de padres de familia que buscaron reforzar el control de los padres sobre lo que veían y escuchaban sus hijos. Espantados por la sonoridad del Heavy Metal y horrorizados por las imágenes del Glam, el Hair Metal, la primera revitalización de Black Sabbath, la enorme popularidad de Judas Priest, Iron Maiden, Mötley Crüe (antes de volverse suavecitos), y otras maravillas del catálogo de Mtv el principio de los ochenta, los paterfamilias le dieron materia a esposas de políticos norteamericanos la base social que requería otra iniciativa de censura llamada Parents Music Resource Center, que fue la primera en colocar etiquetas de advertencia sobre contenido en los discos. Un detalle, la canción que inició la censura que Darling Nikki del afroamericano Prince; pero no se podría hablar de racismo porque en su lista de las quince “canciones asquerosas” de ese comité estaban desde Black Sabbath hasta Sheena Easton, pasando por Def Leppard, Venom, Merciful Fate y hasta Cindy Lauper.

Def Leppard. Foto: Cortesía
El comité aquél estaba preocupado principalmente por las “incitaciones” a la violencia y el consumo de drogas, pero también aprovechó el puritanismo norteamericano y la connotación medio demoníaca de las letras rebeldes y las imágenes comerciales de las bandas, para asociar a todo el género con Satanás, Belcebú (el chamuco, pues). A partir de esa idea se han escrito toneladas de páginas sobre la relación entre el rock, el ocultismo y lo demoníaco; pero también se han vendido millones de copias de discos y sencillos con portadas que hacen alusión a esos temas.
Por cierto, para ilustrar el miedo ochentero y su aprovechamiento por ambos bandos, podemos recomendar la serie Hysteria (Satanic Panic) de Peacock, disponible en Max.

Promocional de Hysteria. Peacock 2024. Imagen IMDB
Los intentos de censura fueron un éxito… para el rock. Un género cuyo público mayor lo integran juventudes rebeldes y contestatarias encuentra en la oposición a cualquier canónica restricción. La moda adolescente y su cultura en los ochenta crecieron mucho más cerca del rock que en las décadas anteriores y el propio género absorbió a las alternativas que eran aparentemente populares en la música occidental. Figuras como Dee Snider de Twisted Sister, se hicieron acompañar de una parafernalia que superaba sus talentos o que se convirtió en el mayor de ellos.

Dee Snyder de Twisted Sister, banda icónica del Glam en los ochenta. Foto: Cortesía
El rock mexicano arrumbado en sótanos y bodegas
El rock mexicano, siguió viviendo después de Avándaro, aunque se tuvo que refugiar en lugares muy extraños. Antes de que el Trece y el Once difundieran a las bandas nacionales, y Televisa les hiciera competencia con proyectos propios y grupos españoles y latinoamericanos que formaron el movimiento mercadológico Rock en tu Idioma, el rock mexicano se refugió en hoyos fonky, bodegas (mis amigos y yo fuimos a nuestro primer concierto de rock en Cuernavaca en el sótano de una enorme carpintería ubicada en Ávila Camacho, el grupo era Tush y hacía covers, por supuesto, de ZZ Top).
En México el rollo gringo ese del satanismo no funcionó realmente, salvo por la “satanización” suave de algunas bandas anglosajonas entre los adultos de entonces y una artificial dominación del pop con artistas como Rick Astley y Madonna generada por la programación ad nauseam de sus éxitos en la radio local, el rock inglés y norteamericano campeaban en sus diversos géneros desde fines de los setenta, y durante los ochenta ampliaron sus alternativas en el pop, hard rock, heavy metal, progresivo, glam, hair metal, y variaciones del ritmo cuyos matices eran mínimos pero definitivos, como la instrumentación, las temáticas y hasta la vestimenta.
Tampoco es que hubiera mucha de esa mística ocultista en el ambiente hispanoamericano, pero la notoriedad que adquirió en la segunda parte de los ochenta el rock en el mundo ayudó el movimiento del rock en español a consolidarse y ubicarse en televisoras primero en los canales once y trece, entonces ambos del Estado mexicano, ése que menos de dos décadas antes pretendió borrar al rock en español. Los que entonces éramos chavitos nos enteramos de la existencia del Tri en la tele donde Alex Lora gritaba “¡Mamá, prende la grabadora que va a salir El Tri en la tele!”.

La portada de El Tri Simplemente (1984) que incluye Triste Canción y Metro Balderas, dos de las mejores canciones del rock urbano en México.
El Tri no era el único, pero sí el más famoso de los grupos de rock mexicano en los ochenta, pero Jaime López, los supermuñecos del Tex Tex, Kenny y los Eléctricos, Ritmo Peligroso, Rockdrigo, Botellita de Jerez; y ya en la segunda parte de la década, Caifanes, Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, Luzbel, y Víctimas del Doctor Cerebro Show, se colocaban en el nivel de las bandas de Hispanoamérica más relevantes, como Soda Stereo, Fito Páez, Barón Rojo, Ángeles del Infierno y mostraban con ello que el movimiento de rock nacional salía sin mayores problemas de los arrabales a los que se le había confinado.
Reforzaron la idea muy poco más tarde Café Tacvba, Molotov, La Lupita, Santa Sabina, La Cuca, Tijuana No, Inspector, y muchos otros que experimentaron durante los noventa con combinaciones de géneros que acabaron de mexicanizar el género.

La Maldita cumple 50 años de rock mexicano. Foto: Cortesía
El rock es cultura, también en Morelos
Parte del discurso adulto contra el rock señala a los rockeros como personajes desclasados a quienes se les negará el futuro por inadaptados. Baste señalar para negarlo que la primera banda de rock en Cuernavaca, los Hound Boys, tenía un pianista que después sería connotado político y hasta senador de la República. Rodolfo Becerril Straffon integró junto con cuatro amigos la primera banda de rock de la ciudad allá por 1958. De ahí vinieron otras agrupaciones que igual se presentaban en eventos más bien privados que en bares y restaurantes. Algunos les dieron vida o complementaron la oferta gastronómica como los Silver Beats y sus invitados en la pizzería Giuseppe’s de la colonia El Vergel. Ya en los ochenta, el gran hit fue Gente Simple que hasta grabó un disco y se presentó eventualmente en la televisión, aunque sin tanto éxito como el que tenía en las discos locales.
En los noventa y la primera década de este siglo la escena nacional, y la morelense se abrieron mucho más. Ayudó mucho la abundancia de estilos para el género y por supuesto las redes sociales que permitieron una mayor facilidad de distribución de contenidos. Zoé la banda de rock alternativo que ha sido el mayor aporte que Morelos ha hecho a la escena del rock mexicano ganó el Grammy al mejor álbum de rock urbano o alternativo latino.
Pero la agrupación que fundaron Leo Larregui y Sergio Acosta a finales de los noventa no es la única propuesta de rock de calidad en Morelos. La Bolonchona es una banda de Ska y cumbia rock que merece escucharse. Meteora con todo el estilo del rock mexicano independiente. También están Sangre María y Guante Blanco, ambas agrupaciones morelenses que se abren camino en la escena nacional.
Davo Valdés de la Campa, colaborador de La Jornada Morelos enlistó cinco bandas de rock morelense para la revista Tierra Adentro, Never After Before, Los Pápalos, Monodram, Capital Sur y Electrafic. La variedad de propuestas y ritmos muestran que, en Morelos, dentro el enorme abanico de excelsos músicos locales, el rock sigue teniendo un lugar de privilegio.

El ska de La Bolonchona, en la Fiesta del Libro y de la Rosa 2025, del Campus Morelos de la UNAM. Foto: Cortesía La Bolonchona.
El fin de la censura, los rockeros crecieron pero antes cambiaron al mundo
La persecución y la censura al rock parecen haber terminado en la medida en que quienes escucharon aquellos grupos que fueron acusados y arrumbados a sótanos y bodegas, son quienes hoy podrían ejercer ese poder censor; y probablemente porque, comparado con lo obsceno y apologético de los peores vicios humanos en los contenidos de otras propuestas musicales hoy de moda, cualquier propuesta del rock parece inofensiva, inocente y hasta bastante fresona.
En poco más de setenta años desde sus primeros acordes en los arrabales, pasando por los sótanos, cocheras, bodegas y los grandes escenarios, ese ritmo de 4/4 que muy pronto se convirtió en infinitas variaciones de la misma rebeldía, de una idéntica potencia, ha servido para vehicular protestas, acompañar a los movimientos sociales, formar una identidad que trasciende cualquier frontera política, social o sexual, revolucionar la cultura fusionando a las juventudes en causas comunes y luego devolverles sus matices regionales; transformar la industria de la moda y el entretenimiento, pero también las artes; y consolidar un patrimonio cultural propio.
Hoy celebramos la potencia sin adjetivos que el rock como música y estilo de vida ha traído al mundo con la sentencia de AC/DC que se convirtió en uno de los mayores himnos del movimiento Let There Be Rock. Y el rock se hizo.

