

La teoría de género y decolonial nos ha permitido mirar todo lo que dimos por hecho, de una nueva forma. Dimos por hecho reglas no escritas, mandatos, hábitos sociales. Así, por siglos hemos construido sociedades con normativas establecidas y con consensos sociales impuestos desde pequeños círculos de poder, masculinos y blancos.
El patriarcado como sistema normativo se ha logrado legitimar desde muchas esferas. Reproduce su ideología sin mucho esfuerzo, a través de múltiples herramientas de las industrias culturales como los medios de comunicación o los juguetes. A través de estas herramientas, moldean nuestra subjetividad para hacernos cumplir sin muchos cuestionamientos el rol social de mujeres ideado y asignado para comodidad y placer de los hombres.
Este es parte del análisis que Araceli Barbosa propone en su libro Barbie, un estereotipo tóxico, una exploración a la influencia de la muñeca Barbie en los hábitos de consumo y constructos culturales, este juguete global con múltiples connotaciones que también se ha consagrado en el mundo del arte.
La reproducción que este ícono de la cultura pop hace del estereotipo de mujer blanca y delgada, ha tenido una fuerte influencia durante décadas en la subjetividad de las mujeres jóvenes en casi todo el mundo.
Barbosa habla de Barbie como un dispositivo de feminización glamurizada. Ese dispositivo que en términos foucaultianos adiestra sutilmente con un potente discurso estético de sumisión y feminidad. Este constructo simbólico legitima la jerarquización social de los sexos en el patriarcado, donde las mujeres son inferiores a los hombres en términos sociales y públicos.
Estos mecanismos culturales de ordenamiento como los nombra Barbosa producen subjetividades, comportamientos y códigos simbólicos. Estos discursos alienantes a los estereotipos de género de la cultura visual androcéntrica son en términos de Bourdieu, violencia simbólica, pero el poder de esa violencia puede ser traducida simultáneamente en violencia material y física según Teresa de Lauretis.

Es por esto que la representación importa. Para algunos sectores, la inclusión de diversidad de cuerpos y etnias en la industria cultural, ya sean películas, series o juegos es “forzada”, pero esa resistencia es precisamente un ejemplo de lo que hemos aprendido como norma, lo que es “normal”, eso que se hemos asumido por décadas como “lo que sí nos representa”. En redes sociales pudimos ver cientos de reacciones de niñas afrodescendientes al ver a la Sirenita negra. ¡Es como yo! exclamaban, y si no me creen, vayan a buscar los videos a tik tok o Instagram. Sin embargo, el rechazo social a esta representación se manifestó en las letras de críticos de cine y medios de comunicación.
En su libro, Barbosa relata que en los años sesenta, en el contexto del movimiento por los derechos civiles, Mattel introdujo versiones afroamericanas de Barbie, pero ni las personas afro ni las personas blancas mostraron interés en estas versiones. Según Kristin Riddick, podría ser que las personas blancas no estaban listas para integrar en el cuarto de juegos de sus hijos a una muñeca negra y que las personas afro no asociaban las características de Francie (la Barbie Afro) con las suyas. La Barbie fue retirada del mercado. Es increíble que siga sucediendo en el contexto actual.
Es verdad que la representación no debería de ser sólo simbólica, sino en el diseño de políticas públicas que garanticen que en la cotidianidad la inclusión sea una realidad, sin embargo, la construcción de imaginarios influye en nuestras conductas y los discursos racistas, excluyentes y discriminatorios en razón de género necesitan ser erradicados de los discursos hegemónicos que día a día encontramos en plataformas digitales, la radio o la televisión.

Imagen: libros.uaem.mx

