Tres sorpresas sacadas de un canasto de mimbre

 

Hace tiempo, estando en busca de un documento que requería para un trabajo que estaba por entregar, hurgué en un archivero de cartón en mi casa de Portales. Ese acto me hizo encontrar algunos papeles revueltos y desordenados tan sorpresivos que me llevaron a escribir en esos momentos un texto. En ese viejo y ya húmedo archivero aparecieron, entre otros “ecos del tiempo” —como escribió Rafael Pérez Gay en una de sus novelas—, dos autógrafos, uno de Roberto Cobo “Calambres”, el actor que interpretó el papel de “el Jaibo” en Los Olvidados de Buñuel, y el otro era la firma de Chava Flores en una servilleta.

En ese archivero de cartón también estuvo guardada una fotografía en blanco y negro que compré durante una tarde neoyorquina en las calles de Manhattan y que, según la fecha de registro, fue tomada en 1960. En ella se ve en primer plano la belleza inconfundible de Marilyn Monroe y atrás, custodiándola, la esbelta figura del que entonces era su marido, Arthur Miller. Ahí, de igual manera, había algunos ejemplares arrugados de revistas ya extintas como aquella, muy divertida y original, llamada El Hijo de la Iguana editada por Joaquín Blanco y Jaime López. Esta historia viene a cuento porque hace unos meses también procuraba encontrar, esta vez, unos documentos personales —los cuales no ubicaba por ninguna parte— que me exigían en la oficina de las Afores del ISSSTE para mis pagos, lo cual me hizo, como última opción, abrir el canasto rectangular de mimbre que está en mi estudio de Cuernavaca. En dicha caja de origen vegetal aventaba —esa es la palabra exacta— papeles, documentos y otras muchas cosas que por cinco años se fueron acumulando en su interior. Al vaciarla por completo aparecieron como en un acto de magia estos tres descubrimientos que les comparto. Se los cuento al ritmo del viejo danzón cubano, y así van tarareadas estas tres, tres, lindas apariciones.

La primera joya se remonta al verano en agosto de 1990. Queridos seguidores de estas Vagancias, preparen sus mejores pasos de baile, pues se trata de un programa editado como cuadernillo de forma italiana que anunciaba el Segundo Gran Festival de Bailes Populares. El evento se llevó a cabo en tres lugares emblemáticos de la música tropical del entonces Distrito Federal: el Salón Los Ángeles, el California Dancing Club y el Salón Colonia. Quiero imaginar que esa noche yo llegué acompañando a Paul Leduc al California Dancing Club en la colonia Portales donde sobre la mesa estaba dispuesto para cada invitado uno de esos cuadernillos que, más que un programa, era un documento de colección ilustrado con cuatro reproducciones de pinturas y cuatro fotografías, teniendo como referencia el baile y todas realizadas por artistas reconocidos cuyo breve currículum aparece en las dos primeras páginas del afiche. Sin embargo, lo que me produjo la mayor emoción fue que al revisar detenidamente sus páginas encontré los autógrafos de tres leyendas cinematográficas. El primero dice “besos” y está firmado de puño y letra por Rosa Carmina, la última rumbera de la Época de Oro y quien fue esposa de Juan Orol. La otra firma es de la gran actriz Delia Magaña, aquella que nos hizo reír y sufrir en Nosotros los pobres en su papel de la “Tostada” junto a Pedro Infante. La tercera firma aparece sobre las huellas del lápiz labial rojo estampado por sus labios sobre una fotografía y corresponde, ni más ni menos, que a la Reina del Trópico y sobre la misma imagen se lee, escrito por ella misma, lo siguiente: “Sí, sí, sí. Ninón Sevilla”.

La segunda maravilla que apareció traspapelada en el baúl de mimbre fue un reencuentro con la amistad: una invitación impresa en una cartulina de 18 por 13 centímetros que llegó en manos de un mensajero a mi casa de Portales. Les comparto el texto escrito en el reverso:

INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN DE RAFAEL LÓPEZ CASTRO – Los organizadores de la Segunda Bienal Internacional del Cartel en México 1992 tienen el honor de invitarlo a la inauguración de la exposición “Rafael López Castro”. MUSEO CARRILO GIL. Miércoles 14 de octubre de 1992. 19:30 horas

Esta invitación tiene en el frente un diseño genial realizado por el homenajeado, sobre un fondo blanco aparece plasmado el perfil de Rafael dibujado magistralmente en color negro y sobre su cabeza camina un chapulín color guinda, que en lugar de sus patas de ortóptero tiene dos torneadas piernas de mujer en un tono ligeramente más claro de guinda. Pero, sin duda, lo que más me emocionó al ver ese recuadro fue que mi amigo Rafael dibujó algo así como si fuera un pensamiento saliendo de su cabeza —como suele ponerse en las caricaturas—donde se lee, escrito de su puño y letra con plumón negro: “BIÓLOGO HERNÁNDEZ”. Para mencionar sólo algo del enorme talento de Rafael López Castro, les recuerdo que él diseñó los cientos de portadas de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica.

La tercera aparición en ese baúl rectangular no fue de música o diseño gráfico, sino en torno a otra de mis pasiones, fue de poesía pura. Imaginen la emoción que sentí al volver a ver una fotografía en blanco y negro que, imperdonablemente, no recordaba que tenía. De izquierda a derecha aparece Jaime Sabines y enseguida se ve, portando su barba de siempre, la figura de Roberto Fernández Retamar y, cerrando el cuadro, está Efraín Huerta a quien al parecer están escuchando. A estos grandes poetas se les ve sentados en el estudio de Efraín, según se puede deducir por la decoración del lugar, donde resalta un cartel con un poema del anfitrión, escrito sobre una figura de cocodrilo, sin duda, en referencia al apodo de “El Gran Cocodrilo” como siempre fue conocido Efraín Huerta.

Esa imagen —me atrevo a decir— histórica, se la debo a mi entrañable amiga y maravillosa mujer Andrea Huerta quien con su perfecta letra escribió al reverso, como complemento de mi regalo, estas divertidas y punzantes palabras: “Foto falsa, de toda falsedad. Tres poetas y ningún trago en la foto”.

Para despedirme, queridos lectores, sólo quiero recomendar que vayan en busca de sus recuerdos, hurguen en sus archivos de cartón o en sus canastos de mimbre. De verdad, estoy seguro de que valdrá la pena ir en búsqueda de alguna parte de su pasado.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso de la cotidianidad.

Imagen cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández