

- Estudio pionero, realizado en Morelos, previene conflictos cuando fauna silvestre se alimenta en parcelas de maíz.
- Investigación colaborativa entre universitarios y pobladores aporta datos sobre el impacto de venados y tejones en los cultivos.
- Para lograr la protección de la diversidad biológica hay que considerar el sentir de las comunidades rurales: CIByC-UAEM.
Imágenes: David Valenzuela, Xavier López Medellín, Lorena Sánchez y Magdalena Malacara.
El trabajo de tres décadas dedicado a conocer y rescatar el área natural más grande del estado de Morelos ha logrado la recuperación de diferentes poblaciones de animales silvestres en la Sierra de Huautla, como los venados, tejones, mapaches, jabalíes y otros vertebrados.
Sin embargo, al mismo tiempo que aumenta la fauna se incrementan las visitas de esos animales libres a las parcelas de campesinos que siembran maíz para alimentar a sus familias. Esto ha generado una problemática ecológica y social que ya estudian científicos de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), en busca de armonizar la convivencia entre dos herencias valiosas y vulnerables: diversidad biológica y cultura ancestral.
De esta manera, en territorio de Morelos, profesores y alumnos del Centro de Investigación en Biodiversidad y Conservación (CIByC) de la UAEM, junto con pobladores de los ejidos Ajuchitlán, El Limón y Huautla, desarrollaron un estudio pionero, sobre la depredación de cultivos por fauna silvestre en tres comunidades en la Reserva de la Biósfera Sierra de Huautla y la percepción de los agricultores. Este estudio aportó datos para prevenir y tratar de evitar conflictos que pudieran detener esfuerzos de conservación, a raíz de afectaciones al trabajo de los campesinos.
“En las comunidades agrícolas de la Sierra de Huautla, el maíz es el cultivo más extendido. Sembrarlo tiene una conexión directa con la subsistencia, con la alimentación del día a día de la gente, y tiene un valor emocional muy elevado. Esta investigación documentó las percepciones de los habitantes de las comunidades y cómo interpretan la afectación que les provoca que los animales silvestres se coman parte de su trabajo. Ellos sienten una querencia especial hacia el cultivo del maíz porque representa el esfuerzo repetido durante años, y porque el trabajo del campo es durísimo”, explica, para las lectoras y los lectores de Plaza de La Jornada Morelos, David Valenzuela Galván, doctor en Ecología, profesor-investigador del CIByC-UAEM y uno de los coordinadores del estudio.
El proyecto debe ser descrito como un esfuerzo colaborativo entre universitarios y comunidades porque más de 90 personas laboraron hasta conseguir un diagnóstico de cómo eran las interacciones de la fauna silvestre con las parcelas agrícolas y cómo se podría alcanzar un punto de equilibrio entre las labores de conservación y las de agricultura de autoconsumo. Así lo detalló, también en entrevista, Xavier López Medellín, doctor en Ciencias Biológicas, colíder del estudio y especialista en manejo de recursos naturales y percepciones ambientales de las comunidades rurales.

“Buscamos responder rápidamente a esta percepción de que las actividades de conservación en la Sierra de Huautla, de alguna manera, estaban interviniendo en los bolsillos de los campesinos y en su bienestar. Supimos que teníamos que estudiar esa percepción que nos manifestaban diciendo: ‘Es que los animales se están comiendo nuestro maíz’, porque no habría posibilidad de seguir planteando estrategias de conservación si los pobladores no las van a tomar bien o si las van a sentir como algo que les causa conflicto. Si ellos mantienen esa percepción pues no van a apoyar como lo han venido haciendo en los últimos años”, dice el profesor López Medellín.
Gigantesco patrimonio natural
La Reserva de la Biósfera Sierra de Huautla es la mayor área natural del estado de Morelos. Se localiza en el sur de la entidad, en la cuenca del Río Balsas, y abarca 59 mil hectáreas de los municipios de Amacuzac, Puente de Ixtla, Jojutla, Tlaquiltenango y Tepalcingo. La mayor parte de su cubierta vegetal pertenece al ecosistema Selva Baja Caducifolia, que quiere decir que los árboles que la habitan tienen menos de 12 metros de altura y que tiran su follaje en la época de sequía, lo que les permite vivir sin agua durante largas temporadas sin lluvias.
Esa sierra es tan importante por su presente biológico como por su pasado histórico, ya que en ella se encuentran evidencias de presencia humana de 10 mil años de antigüedad.
Desde 1993 el estado de Morelos reconoció su valor biológico y designó 30 mil hectáreas de la Sierra como Área de Conservación Ecológica Estatal. Después el gobierno de México también aquilató su importancia ecológica y en 1999 la declaró Reserva de la Biósfera, duplicando su extensión protegida. Finalmente, en 2006, fue reconocida como Reserva Internacional de la Biósfera por la UNESCO (Organización de Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura).
En todos esos años, la presencia humana no ha cesado ni se ha prohibido al interior de la Sierra, pues cientos de comunidades pequeñas, están asentadas, conviven o tienen larga historia de interacción con la reserva. Principalmente son poblados que se dedican a la agricultura de maíz para subsistencia
El proyecto del CIByC-UAEM se puso en marcha en 2018, y ha generado una decena de tesis de licenciatura, posgrado y artículos científicos. Todo lo documentado en entrevistas, trabajo de campo y análisis de datos mostró la estrecha interdependencia entre la conservación y la viabilidad social.
Dar valor a las percepciones
La UAEM es una entidad coadministradora de la Reserva de Huautla y, después de identificar el aumento de casos en los que venados, tejones, mapaches, e incluso jabalís, visitaban milpas para comer maíz, el doctor Xavier López Medellín buscó recursos económicos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y de la UAEM, para poner en marcha un estudio amplio y serio.
Para realizar este proyecto colaboraron 15 profesores, estudiantes y personal administrativo universitario, además de 75 campesinos voluntarios y autoridades ejidales. A partir de un plan, previamente acordado, se realizaron cientos de actividades, como la aplicación de entrevistas a pobladores, análisis de mapas, diseño de modelos estadísticos que devolvieran datos confiables. Además, se seleccionaron parcelas de estudio que fueran representativas del problema, se instalaron estaciones para registrar las huellas de los animales que pudieran estar alrededor de las parcelas y también se pusieron algunas cámaras-trampa.
“Lo principal era determinar dónde poder hacerlo, y tener la información tanto de lo que los campesinos perciben, de manera sistemática, como datos de la interacción de la fauna silvestre con los campos de cultivo, de manera cuantitativa. Con datos científicos, de ambos campos de investigación, pudimos generar un entendimiento integral de la situación y, a partir de ello, poder hablar con la gente”, detalla el doctor Valenzuela Galván.
Para la planeación se llevaron mapas a las asambleas de los ejidos, donde ellos señalaban cuales eran las parcelas mayormente dañadas y las menos afectadas. En algunas de esas reuniones también se hicieron entrevistas. Después del trabajo de campo se realizaban otras reuniones informativas para presentar los resultados de lo obtenido en entrevistas y en los conteos en las parcelas.
“Esta investigación colaborativa benefició a los investigadores y a los campesinos: los profesores y estudiantes aprendimos mucho a identificar el daño de la fauna silvestre en las parcelas, y los campesinos aprendieron algunas técnicas como poner cámaras trampas o poner estaciones para registrar las huellas de los animales”, comparte el doctor López Medellín.
“Al final, los resultados eran un contraste, porque a veces ellos decían que, si se descuidaban, los animales arrasaban con la parcela. Pero lo que nosotros encontramos es que el daño es considerablemente poco; mucho menor a lo que ellos nos refirieron. Esto no lo presentamos como lo que dice un grupo externo, sino como resultados que encontramos juntos, en campo, ellos y nosotros”, agrega el profesor del CIByC.
Los universitarios no minimizaron el problema de la pérdida de maíz; por el contrario, enfocaron más atención a estudiar las percepciones de los campesinos porque, más allá de las cifras objetivas de la cantidad de plantas de maíz perdidas en cada parcela, se tenía que entender el impacto en la subsistencia de las familias campesinas, para poder gestionar eficazmente los conflictos potenciales.
En muchas investigaciones, especialmente aquellas con un componente social o ambiental, la diferencia entre la percepción y los datos objetivos es crucial para entender la complejidad de la situación y diseñar soluciones efectivas.
Profunda conexión emocional
El estudio en los ejidos de Ajuchitlán, El Limón y Huautla reveló una profunda conexión cultural y emocional de los campesinos con el maíz, lo que puede magnificar su percepción de cualquier daño, incluso mínimo, causado por venados, tejones, mapaches, jabalís u otros animales. Sin embargo, el mismo estudio demostró que los pobladores tienen una notable tolerancia y aprecio por la existencia de la fauna silvestre en la reserva.
“A pesar de que nos decían que es un problema que los animales silvestres entren a sus parcelas y que hay daño, la gran mayoría estaban en una disposición a decir: “Bueno, pues es que los animales también tienen que comer”; “es que la fauna también está aquí”, o “me gusta que esté el venado”. No es que estén rechazando que haya fauna. Están contentos con que el monte se conserve, con que haya más vida silvestre. Esto significa que hay una buena disposición hacia los trabajos de conservación, pero las autoridades o los tomadores de decisiones no deben pasar por alto la afectación que los campesinos sienten cuando pierden maíz, porque ellos invierten mucho emocionalmente en el cultivo”, subraya David Valenzuela.
Entender la relevancia de las percepciones es un punto clave en la investigación socioambiental: la ciencia «dura» es vital, pero la comprensión de las dinámicas humanas y culturales, incluyendo las percepciones, emociones y valores, es lo que realmente permite que las estrategias de conservación sean efectivas y sostenibles en el tiempo. Ignorar estas variables es, de hecho, poco científico en un enfoque integral.
Apoyar a quienes conviven con la fauna silvestre
Los científicos del CIByC enfatizan un llamado urgente a los tomadores de decisiones para que la conservación de la naturaleza considere las perspectivas y percepciones de las comunidades locales que viven en contacto con la fauna silvestre, y que esto se traduzca en apoyo tangible y real para sus esfuerzos de conservación.
“Muchas veces se decide la manera de conservar una región, sin conocer el lugar. Es muy importante tomar en cuenta el pulso de la gente que vive en esas zonas y entender cómo van a experimentar el día a día de las políticas sobre el manejo de la localidad, sus plantas, animales y la vida de la propia gente de una zona”, dice el doctor López Medellín.
Subraya la necesidad de pasar del discurso a la acción, retribuyendo la buena disposición de los pobladores para mantener la fauna y los ecosistemas, incluso cuando esto implica conflictos directos con su subsistencia. Esta misma idea es subrayada por el doctor Valenzuela Galván.
“La disposición que tiene la gente al mantener sus bosques, sus selvas, la fauna silvestre, debe tener algún tipo de consideración y de apoyo concreto para que la gente no caiga en la situación de decir: ‘Oye, estoy conservando aquí, pero de todas maneras no vienen los apoyos para el campo, no vienen ayudas, entonces ¿qué voy a hacer?’. Sería bueno para estas comunidades que hubiera muchas más alternativas de apoyo, tanto a nivel estatal, municipal, federal, para que no desaparezca esa buena disposición, esa actitud favorable hacia la conservación, a pesar de que a veces haya este tipo de interacciones con la fauna silvestre que les causan pérdidas en sus cultivos de autoconsumo”, concluyó.

