A Raúl

Andrés Uribe Carvajal

Aprendió a hablar con las máquinas cuando aún eran misterio. Programaba en IBM siendo apenas un muchacho, como quien descubre un idioma que nadie más entiende. Más tarde como si el mar lo llamara por su nombre decidió estudiar biología y se mudó a Mazatlán, buscando vivir cerca del mar.

Hizo un posgrado en Barcelona y encontró ahí algo parecido a un hogar- o la promesa de uno. Se enamoró de ese lugar, de sus amigos, y de las tardes de sol ámbar reflejadas sobre el mármol de esa ciudad que besa el mar.

Era gay, pero en aquellos años serlo era vivir con disimulo y entre las sombras, incluso para los que más te amaban. Ni si quiera su hermana (mi madre) sabía de ello.

Una noche conoció a alguien en un bar. Volvieron juntos, tuvieron un altercado. Y al amanecer, lo encontraron tendido.

Desde entonces su ausencia es una piedra en el zapato que aún no podemos sacar. Nos lastima a todos, en especial a mi madre.

Mi tio era un tipo nómada y de risa estruendosa de esas que se propagan en el viento y contagian. Lo que más le gustaba era viajar e invertía todos sus ahorros en ello. Yo lo veía poco —Navidades, cumpleaños, fechas que brillaban un poco más con su presencia—. Una vez llegó con el pelo teñido de verde y una arracada en la oreja. En un adulto, eso era, para mí, casi una revolución.

Era libre, o al menos así lo percibía. Había algo en él que parecía indomable, luminoso. Me gustaba su forma de estar en el mundo. En las reuniones siempre había un momento en el que él tomaba la palabra y empezaba a narrar: El techo de la Capilla Sixtina, el olor de las casas de Neruda, el día que lo asaltaron en España o algún contratiempo en un país lejano.

Sabía contar historias sobre el mantel y yo sabía escucharlas.

De cada país que visitaba traía a mi abuela (su madre) un plato de porcelana. No eran regalos. Eran promesas. Mi abuela los colgaba en las paredes del comedor como trofeos. Tenía más de ochenta. Desde Japón, Egipto, Argentina, Canadá, Marruecos etc… Ver esa colección era como asomarse a un museo. Pensar que alguien había caminado por esos países, había buscado con esmero una tienda, elegido un plato, esperado mientras lo envolvían, y al preguntarle si era un regalo, él respondía: “Sí, es para mi mamá”. Luego volvía, la abrazaba y se lo entregaba. Era un gesto simple pero poderoso como quien dice:

“Aquí estoy

sigo volviendo,

no los he olvidado” …

Hace unos años, conocí Barcelona.

Sus calles tenían algo suyo. Su risa aún vivía entre las baldosas. En mi mente —porque no tenía sus cenizas— lo esparcí por el Barrio Gótico, por las espirales imposibles de Gaudí, por el puerto, donde el mar se abre y lo une todo.

Entonces entendí por qué él la amaba. Barcelona es una ciudad donde se puede ser sin permiso.

De niño, deseaba ser como él: libre, viajero, brillante.

Hoy me doy cuenta de que su huella está en mi forma de mirar, de narrar, de irme y volver.
Uno no sabe cuánto se parece a alguien hasta que un gesto, un sabor, una ciudad revela su legado.

Me pregunto cuántos países me faltan.
Cuántos platos quedan por regalarle a mi madre.
Cuántas historias esperan nacer en la voz que le contaré algún día a mi sobrina, Nadia, en una cena de Navidad.

Tal vez un día regrese con una arracada, el pelo azul y un plato en las manos.
Se lo dé a mi madre y luego le diga a Nadia:

—¿A que no sabes qué me pasó en mi último viaje?

La Jornada Morelos