Preguntas al aire desde el aire. Una feria. Una serie de encuentros donde los espejos enterrados y escondidos nos agobian. Abrazar para olvidar el horror donde se vive. Conversar porque el lenguaje sigue siendo una piel. Erizarse. Vivir entre libros para no seguir sobreviviendo entre las balas, la tortura. Convocar, buscar, asistir contra todo y frente a nada, a esos pocos, extraños paraísos entre montes, ecos de historias transformados en poemas.

Ergo, viajo a esa orilla con otro precipicio en los ojos. No tengo más que la memoria. Un hombre dice que hay que defenderla. Se están llevando los registros de nuestros recuerdos. Los pagan bien. Hasta eso extraen, lo que fuimos.

Alguien pregunta cómo puedo vivir en Cuernavaca. Otra persona que viene del Cono Sur agradece que con todo y Milei, a su gente le queden lejos, pero muy lejos, los Estados Unidos. Hablan de nuestra pesadilla sin final. La consumen con los libros que escriben y, otra vez, les pagan bien. Hablan del personaje que soy en esa obra de teatro macabra. No sé qué responder, sigo en escena e intento otra fuga. Respondo con las siguientes notas esbozadas por encargo.

  1. ¿Qué hace que nuestra poesía sea latinoamericana?

¿Qué había en el librero de mi casa? ¿Qué recitaba mi padre? Ecos modernistas, barrocos o prefiguraciones que pocos lograban entender en la cena de Navidad, en medio de brindis que a finales del siglo pasado resistían a blanquearse, a ser poscolonizados, pero siempre polinizados por extraños insectos que imaginaba como las arañas de Lousise Bourgois. En este caso, abejas enormes y rojas, guachichilas sobre las flores lingüísticas de Manuel Acuña, López Velarde, Manuel Gutiérrez Nájera, Sor Juana y Gabriela Mistral. Eso había y no sospechaba en nombre de ningún azar que estudiaría literatura, que, en una feria del Sur Global, algún día, pudiera responder esta pregunta y provocar, tomando a Milán Kundera de ejemplo para ajustarlo y decir que tal vez podría hablar de Las cuatro llamadas de la poesía latinoamericana en el siglo XXI, aunque esa forma de teorizar implique una máscara de chinelo con mirada de carnaval bajtiniano para que lo glocal aniquile su prefijo. No importa, presento una clasificación con algunos ejemplos a vuelo de pájaro:

1. La llamada del texto sobre el texto palimpsesto, intertextualidad: Tríptico del desierto de Javier Sicilia.

2. La llamada del mal sueño: desapariciones, feminicidios, migración, Boccanera, Juan Gelman, Juan Manuel Roca, Raúl Zurita.

3. La llamada de la contemplación: Eugenio Montejo, Watanabe, Rafael Cárdenas.

4. La llamada del experimento, rarezas: Marosa di Giorgio y, más allá del Modernismo, Neruda, las vanguardias.

Más preguntas: ¿cuántos hemos caído luego de Altazor?, ¿los temas modernistas aún son subversivos? En realidad, seamos serios, ¿qué es posible y qué no, contracanónicamente hablando?

  1. ¿Cómo se presenta el territorio en nuestra escritura y en la de otras propuestas poéticas?

Si primero vinieron por la tierra y lo que crecía sobre ella, luego por lo que muy adentro brillaban en sus vientres, luego por los vientres mismos, pues somos tierra que anda, ese signo identitario que avanza aun en círculos traza variaciones infinitas, cartografías de que está más allá de lo que fue el siglo XIX y la fundación de las naciones que se refundan invisibles en lo que la escritura nómade lleva en el recuerdo.

Desde el desierto en el canto de Zurita pasando por el gran despecho de un país muy pequeño hasta la marabunta y el éxodo de Balam Rodrigo o el eco wayú o el campo de Gómez Jatitn o la ciudad en la generación sin nombre colombiana con la canción de las moscas de María Mercedes Carranza. Desde la Estación de fiebre de Ana Istarú, las ceibas de Claribel Alegría, el cuerpo como territorio de Gioconda Belli, el polvo de lo privado intramuros y cautiverios que observa con su lupa poética Yolanda Pantin. Desde la conversación en el bar de un hotel en Quito con Yuliana Ortiz Ruano y su Fiebre de carnaval donde el lenguaje, la familia y el lugar se transforman en matriz, otra de tantas, donde posiblemente se presente el territorio íntimo, hacia dentro, deseante, gestante, palpitante de esas propuestas.

  1. ¿Para dónde va la poesía latinoamericana considerando los frenéticos cambios que están sufriendo los diversos territorios del continente, tanto urbanos como rurales?

Rumbo a la voz de la mujer en alto.

Por ende, debemos Insistir en el cuerpo, en sus denuncias, sus marcas, sus cruces sin tesoros, filones de heridas cantábiles, por ejemplo, el más recientes premio Aguascalientes de poesía fue otorgado a Anaclara Muro Chávez por su obra Electrocauterización. Algo como una llaga. Este libro explora la estigmatización y las implicaciones sociales que enfrentan las mujeres que contraen el virus del papiloma humano. 

De eso está hablando la poesía por dentro.

Por fuera, Maricarmen Velasco, otra premiada con el mismo galardón, es capaz, como Ana Ajmátova, de hacer cantar al dolor de la desaparición de su hermano, bajo el signo de la estrella mortal titilando en braille la belleza ínfimamente posible en los paisajes forenses de México.

Antígona González de Sara Uribe también somete el lenguaje a distintos niveles de enunciación. Ese collage dramatúrgico, esa voz sobre la voz que grita marca un derrotero en la lírica posmoderna.

Y, por otro lado, las fronteras, Poema de Amor poscolonial de Natalie Díaz, es un libro para deconstruir la poesía porque en un juego de baloncesto la luna entra en los aros. Poemario cuya voz es la de un ventrílocuo que musita palabras en lenape, (una de las 564 naciones indígenas norteamericanas actuales que vivían originalmente en lo que hoy son los Estados Unidos). Un libro de agua vuelta cuerpo, de coyotes, culebras, de navajas abriendo el amor filial y caderas para del salir de laberinto de la existencia. Natalie Díaz (1978), la autora de Poema de amor poscolonial, es mojave y miembro inscrito de la comunidad india del río Gila al cual, no está de más decirlo, le escribe poemas donde la sororidad imprime una astuta huella ecofeminista sin caer en la tentación del panfleto:

Este río es mi hermana —yo soy su hija.

Está en mis manos cuando bebo de él,

en mis propios ojos cuando lloro,

y en mi deseo cuando me duelo como una campánula de agave

por la noche. El río dice, Abre la boca para mí,

y yo te haré más.

Porque incluso un río puede sentirse solo,

       incluso un río puede morir de sed.

Los ríos sueñan, cierto, como las poetas que van de un lado a otro para arrancarse la mordaza del presente, para ser sueño y no tzompantli.

* Escritora

Alma Karla Sandoval