¿Cómo eligen sus víctimas los asesinos en serie?

Elsa Sanlara

En donde vivo anda suelto un asesino serial. Sí, en este rincón boscoso de la costa este americana han empezado a aparecer mujeres muertas. Para ser más concretos, trece cuerpos en menos de tres meses.

Cada caso parece sacado de una serie de Netflix, de esos con títulos siniestros tipo El carnicero del río o El asesino de la baraja. No se sabe quién es, pero sí hay un patrón establecido. Ataca en zonas rurales, en caminos solitarios o junto a ríos. Las víctimas son siempre mujeres. Mujeres que caminan solas por el bosque. Como yo.

Pero vamos por partes, como dijo Jack el Destripador.

Desde que me mudé a este pueblo diminuto, mis mayores miedos eran los osos, o que un venado se atravesara corriendo frente al coche mientras conduzco. Aquí, en teoría, nunca pasa nada. Pero hasta el pueblo más encantador tiene su sombra. Y el mío, por lo visto, no es la excepción.

Hace unos días salí a caminar después de cenar. Tenía que completar mi meta diaria de 12,000 pasos y no me daba la gana romper la racha solo porque mi cabeza andaba “ligeramente paranoica” tras leer las noticias del asesino suelto. Me até los tenis, me puse los audífonos y, en un acto de brillantez cuestionable, elegí escuchar un podcast sobre asesinos seriales. Error garrafal.

Después de unos veinte minutos decidí volver. El sol ya se estaba escondiendo, y entonces me lo topé de frente.

No al asesino.

Sino a un pavo macho. Enorme. Plantado justo en medio del camino pavimentado que conecta la calle con mi casa. Inmóvil. Flanqueado por un grupo de hembras muy tranquilas. Él, en cambio, parecía una criatura diabólica. Como si fuera el dueño de la casa. Como si el muy cabrón pagara la hipoteca.

Me detuve cuando el pavo comenzó a girar la cabeza lentamente, con esa rigidez mecánica que tienen los villanos de las películas. Al puro estilo Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes.

Cuando intenté avanzar, arrastró las alas contra el pavimento. El sonido fue seco. Cortante. Un chirrido grave, como el de un cuchillo deslizándose sobre piedra.

El eco rebotó en los árboles. Y el bosque, de pronto, dejó de ser bosque.
Se estaba transformando en el preámbulo de mi propia película de terror.

Me paralicé. Y en ese instante, la memoria trajo de vuelta un recuerdo de cuando tenía siete años. Un gallo callejero me persiguió brincando, lanzándome picotazos como si yo le debiera algo. Corrí aterrada hasta que un señor salió de su casa y me rescató. Desde entonces, tengo issues no resueltos con animales alados.

Así que me di la vuelta y decidí caminar otros diez minutos, rezando para que “el Cártel del Plumaje” se hubiera retirado al regresar.

Volví a poner el podcast justo cuando el entrevistado contaba un estudio hecho en prisión. A un grupo de criminales violentos les mostraron videos de personas caminando por la calle y les preguntaron a quién atacarían.

Sorprendentemente, la mayoría eligió a las mismas. No eran las más débiles. Eran las distraídas. Las que iban con la mirada baja. Las que no parecían conectadas con su cuerpo ni con el entorno. Vulnerabilidad disfrazada de distracción.

Y ahí me hizo clic algo adentro. Me quité los audífonos. Y sentí el bosque.

Mi calle, que de día parece salida de una película de Disney, se había transformado en el escenario perfecto para la secuela no autorizada de “La matanza de Texas”.

El viento sonaba como aullido. Las ramas, como pasos detrás de mí. Y el podcast aún zumbaba en mi cabeza.

Mi mayor miedo ya no era un oso. Era la idea de estar sola, visible, vulnerable. Porque de pronto tomé conciencia de lo expuestos que podemos estar cuando bajamos la guardia por costumbre, por rutina, por comodidad.

Y esto no va solo de asesinos, ni de pavos con complejo de macho alfa.
Va de cómo “caminamos por la vida.

Con los audífonos puestos —algunos reales, otros emocionales—, sin mirar el entorno, sin leer las señales, sin escuchar al cuerpo, al instinto, a esa vocecita que murmura: “algo no cuadra”.

Y de repente, te das cuenta de que el estrés del trabajo te está robando las ganas de vivir, que llevas años en una relación que no funciona. Que, de pronto, te enfermas de algo que tu cuerpo venía gritando hace rato.

El problema real no es lo que pasa, sino no darte cuenta de que estaba por pasar.

Vivir alerta no significa vivir con miedo, significa estar presente. Ver al “pavo” y entender que no es un peligro real, pero sí una advertencia. Escuchar las ramas y preguntarte si es el viento… o algo, o alguien, más. Dejar de fingir que todo está bien cuando algo en ti grita que no.

Al volver a casa, el pavo seguía ahí. Pero esta vez salió corriendo después de que le solté un “¡O te quitas o te quito!”, con ese grito de mamá que lleva toda la mañana limpiando y tú te atreves a pisar con los tenis sucios.

Entré en casa y cerré con llave todas las puertas. No reanudé el podcast. Me quedé en silencio, mirando por la ventana.

El pavo seguía ahí. Tal vez el oso. Tal vez el asesino.

Y entonces pensé que vivir presentes, atentos, no es paranoia. Es supervivencia, es instinto, es un superpoder.

Imagen cortesía de la autora

La Jornada Morelos