

Psicoanálisis: ni palabra inefable ni herramienta paramédica
He de confesar que muchas veces me cuesta trabajo dar con el tema de esta columna, cuando llega la hora de escribirla. No es tan fácil como parece ser consecuente. Varias veces he escrito de muchas otras cosas que no son psicoanálisis: salud pública, literatura, y en ocasiones hasta política. No es que sea algo malo, pero hay una dificultad en escribir sobre psicoanálisis que es prudente admitir.
Hoy, por ejemplo, escribo a pocas horas de distancia de haber salido de mi propio análisis, y lo hago con una idea en mente: sé lo que quiero decir, pero no sé cómo decirlo. Llevo varias sesiones hablando sobre mi ir y venir de un lado a otro: de la salud pública al psicoanálisis, por ejemplo. Como si fueran mutuamente excluyentes, o como si tuviera que elegir entre uno y otro, a pesar de que nadie me obliga a ello.
En este vaivén, hay inquietudes, deseos, y goce. Pero, aunque dejaré las cuestiones personales para el diván, hay un subibaja muy claro, que me tiene dando vueltas la cabeza, y es, precisamente, el salto que doy del psicoanálisis a la salud pública (más abocada a la psicología cientificista que a la experiencia analítica), y de vuelta.
Pero da la casualidad —quizá debido justamente a lo que he hablado hoy en diván— que decidí comenzar a leer “El día que Lacan me adoptó”, de Gérard Haddad. Y penas en el primer capítulo escribe:
El psicoanálisis ya no dialoga mucho con otras disciplinas, llamadas equivocadamente “ciencias humanas”, tampoco con la literatura o la filosofía. Ya no aparece claramente qué intenta decir en su discurso, el cual vacila entre la palabra inefable y la herramienta paramédica. He tratado de restaurar este vínculo, en cada una de mis obras, de acuerdo con mis posibilidades, y sigo con esta ambición.

Desde luego que ese fragmento en nada resuelve el goce del no-lugar que me tiene dando saltos, pero al menos sí arroja luz sobre un punto en el que he insistido mucho en este espacio: he estado intentando que el psicoanálisis retome su lugar, y que la salud pública le abra ya no las puertas, sino al menos el oído atento. Pero Haddad me ha hecho pensar en una cosa: quizá no se trate de convencer a la psicología, a la medicina, a la salud pública, y a otras disciplinas cientificistas de darle una oportunidad, una apertura; sino, como dice Haddad en el primer capítulo: hacer que el psicoanálisis dialogue con otras disciplinas.
Esta es la dificultad de la que hablaba: sé lo que quiero decir, pero no sé cómo decirlo. No se trata de convencer a otras disciplinas. Se trata de, muy a la usanza de Freud: atreverse a hablar. Pero hablar claramente, para no vacilar “entre la palabra inefable y la herramienta paramédica”.
Es muy temprano para aventurarme a decir que, al igual que Haddad, mi cometido ahora sea tratar de restaurar el vínculo entre el psicoanálisis y otras disciplinas, que, por lo demás, he venido intentando. Más bien, pienso que mi cometido ya no es empeñarme en ese diálogo probable, sino en algo más modesto y más difícil: en hacer aparecer claramente lo que intenta decir el psicoanálisis en su discurso.
Porque quizá ahí radique la dificultad del diálogo: ya no en hablar idiomas distintos, sino en que no se sabe con claridad qué se quiere decir. He ahí mi nuevo empeño.
*Licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), y maestrante en Salud Pública, por la Escuela de Salud Pública de México (ESPM/INSP). Contacto: freudconcafe@gmail.com

