El fin de la creatividad en el arte y en la ciencia

 

La Inteligencia Artificial (IA) es una herramienta informática muy poderosa aprovechada en diversas actividades humanas. La amplitud de sus aplicaciones la hacen ver como una solución a múltiples problemas del área médica, biotecnológica, económica y educativa. Pero también se le ha visto como una amenaza para los trabajadores que se encargan de actividades rutinarias. Colegas, colaboradores de este gran periódico han reflexionado sobre el uso de la inteligencia artificial en diferentes escenarios. Cuenta Don José Iturriaga de la Fuente en su columna Confieso que he comido una anécdota familiar donde le piden a la IA hacer un soneto al estilo de Sor Juana Inés de la Cruz. ¡Vaya sorpresa! La máquina les devolvió en unos cuantos segundos un poema que sin duda podría ser atribuido a la Séptima Musa. Hoy que escribo esta columna, le pedí a la IA un poema con la forma de nocturno de Xavier Villaurrutia:

Nocturno del eco sin cuerpo

He salido a buscarme entre los muros
del cuarto donde nunca he estado.
Las sombras me recuerdan sin decirme
si fui, si soy, o si he sido olvidado.

Este es el primero de siete versos melancólicos, endecasílabos, rimados, que dan una imagen de soledad, introspección y muerte. Desconozco si esta pieza poética es perfecta, es un plagio de un Villaurrutia desconocido o una mala copia de una plantilla que la IA usó. Pero la forma y el fondo sugieren imágenes líricas difíciles de crear sin la vena de un poeta ¿Es este un asomo de la IA a la creatividad? Alma Karla Sandoval, poeta, escribió en su columna en La Jornada Morelos: “si algún día la inteligencia artificial consigue emociones, la espinosa incertidumbre del amor será también su síntoma”.

Aunque la ciencia nunca será como el amor, también genera emociones. Un descubrimiento científico por pequeño y particular que sea, es una embriaguez de felicidad. Esto está a punto de cambiar. Las grandes compañías informáticas como Google van detrás de la generación del conocimiento tal como lo hacen los humanos. Recientemente han desarrollado asistentes de investigación que casi piensan por el investigador, y discuten con él, las hipótesis plausibles dado un problema y un conjunto de observaciones experimentales. En alguna parte de este proceso inteligente quizá se pierda la emoción de la incertidumbre y el gozo de haber acertado en las hipótesis.

Gran parte del trabajo de los científicos consiste en unir evidencias aparentemente desconectadas para crear conceptos originales. Esto es lo que hicieron Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier cuando concibieron la idea de la edición genética mediante las proteínas CRISPR, una investigación que les valió el Premio Nobel. Estas operaciones mentales a menudo llevan tiempo y una cadena de equivocaciones y aciertos que la creatividad del investigador puede acortar, pero no eludir. José Penadés, un renombrado científico del Imperial College en Londres dijo en una entrevista: “a la IA le tomo dos días obtener una hipótesis plausible similar a la que obtuvimos nosotros después de siete años de investigación”. José y sus colaboradores participaron en la validación de Co-Scientist de Gemini (Google), un asistente de AI que a partir de una serie de preguntas y observaciones genera hipótesis bastante similares a las que un humano podría considerar.

Sí seguimos así, se cumplirá la metáfora de Gregory Petsko columnista de la revista Genome Biology. Llegará un día en que el científico se servirá una taza de café, y con una breve instrucción de voz obtendrá los resultados del último experimento de su laboratorio analizados por IA, listos para ser publicados. Si la IA nos quita el gozo del experimento también nos librará de la frustración del error. Un mundo menos emocional pero práctico y quizá “sin la incertidumbre del amor” (AKS), a menos que las máquinas comiencen a sentir.

*vgonzal@live.com

Víctor Manuel González