

Pavel R Ocampo
Era un nuevo siglo. El año dos mil. Poco después del aniversario luctuoso de Ricardo Garibay, escritor, docente y periodista mexicano que hiciera de Cuernavaca su hogar. El ahora extinto Instituto de Cultura de Morelos junto con la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) decidieron establecer un convenio para fundar una escuela de escritores que llevara el nombre del autor de La casa que arde de noche. Era el 15 de mayo.
Desde entonces la Escuela de Escritores Ricardo Garibay se ha consolidado como un espacio de aprendizaje para personas que quieren especializarse en la escritura a través de sus diferentes géneros: poesía, cuento, ensayo, novela, dramaturgia. Su programa de diplomado escolarizado promueve la creación literaria y el contacto de sus alumnos con escritores de distinguida trayectoria. Además, la escuela ofrece talleres de verano y eventos de difusión literaria.
Pero su subsistencia no ha sido fácil. A lo largo de las administraciones gubernamentales que la han atravesado, la Escuela de Escritores ha tenido que adaptarse a las circunstancias: la falta de espacios físicos, el desplazamiento a la virtualidad, incertidumbre presupuestal, reconocimiento y difusión. La Escuela ha cambiado; ahora, por ejemplo, el acceso a su programa educativo es gratuito —sólo basta postular una muestra de escritura para evaluación.
Así pues, el camino de la Escuela ha sido el de todos: resistir. Pero quizás con la convicción de que su combustible, la escritura, es uno de los más loables. La idea de acercar el arte a las personas, de difundirla, de profesionalizar escritores, no debería ser ajena a cualquier plan de desarrollo social. El arte nutre. Y en esta línea, la literatura no es sino otra forma de viajar, de ampliar la mente con nuevas ideas, de incentivar la creatividad —una cualidad necesaria para el desarrollo colectivo y personal.
Aún recuerdo aquel 2017 en que acudí a pedir informes. Me postulé y fui aceptado, pero la vida tenía otros planes para mí. El horario de la escuela se interponía con el nuevo horario de mi trabajo, por lo que me vi forzado a elegir, una vez más, entre la literatura y la ingeniería. Decidí, pues, postergar mi ingreso a la Garibay, sin saber que pasarían tres años hasta que pudiera intentarlo de nuevo. En 2020, a causa de la pandemia y de la migración forzada que sufrimos todos hacia la virtualidad, el Diplomado en Escritura Creativa se me reveló como factible. No sólo me alentó que la Escuela se hubiera vuelto gratuita, sino también el bálsamo literario que representó en medio del encierro mundial.

Los recuerdos de aquellos dos años de curso son variados: muchas lecturas, interminables debates, abundante producción literaria; recuerdos que persisten en forma de proyecto. En esta Escuela nació Letras Insomnes, una revista digital, un colectivo de autores y un taller gratuito. Junto a compañeros de la Escuela, dimos vida a esta revista con la única intención de promover las letras y dar seguimiento al fuego que la Escuela inició dentro de cada uno de sus autores.
Para dar a conocer a sus alumnos y el trabajo realizado en sus aulas, la Escuela constantemente coordina eventos de lectura donde los autores exponen su obra. Esta vez, y 25 años después de su fundación, la Escuela celebra las letras de aquellos que han pasado por sus aulas —alumnos, alumnas, maestros y maestras por igual—, invitando a un diálogo en torno a la escritura, y una lectura a cargo de integrantes de su comunidad. Este evento se realizará el 15 de mayo a las 17:00 en la sala Manuel M. Ponce del Jardín Borda, en el centro de Cuernavaca. Participan: Alma Karla Sandoval, Citlali Ferrer, Karla Arroyo, Leopoldo Rodríguez, Miguel Sánchez, Ricardo Arce, Roberto Abad y Rocío Mejía Ornelas.
Así pues, ¡larga vida a la Garibay!


