Las decadentes instituciones de la modernidad

 

El secular ritual del funeral de un Papa, y de la elección de su reemplazo como cabeza de la grey católica, y al mismo tiempo del Estado soberano del Vaticano, nos da pie para reflexionar sobre el sentido, significado y alcance de las instituciones humanas. El caso señalado es más que relevante, ya que estamos hablando de la institución más antigua de Occidente, y quizá de todo el mundo, con excepción de la institución social que conocemos como la familia. En dimensión milenaria, la presencia de la Iglesia Católica fue tan importante que sin ella no se puede entender la historia de Occidente, y al parecer van de la mano en su decadencia.

Hemos de recordar que el concepto de institución como tal fue puesto en circulación por Émile Durkheim (1858-1917) pensador y pedagogo francés, al cual, junto con los alemanes Karl Marx (1818-1883) y Max Weber (1864-1920), se le conoce como el padre de la sociología, y en cuyo libro Las reglas del método sociológico (1895), afirmó que esta nueva disciplina académica es la “ciencia de las instituciones, de su génesis y funcionamiento” , y que en un sentido más restringido “se puede llamar institución a todas las creencias y todos los modos de conducta instituidos por la comunidad”.

El tema de las instituciones, como fenómeno de organización social, se desarrolló a la par de la llamada modernización. Ésta se caracterizó por la secularización de la sociedad iniciada en los siglos 16 y 17, debido al crecimiento del pensamiento científico y tecnológico, a la industrialización de los procesos productivos, al crecimiento de la urbanización, a la configuración del Estado moderno, y en general, a la reivindicación de la libertad personal, frente al secular poder del pensamiento religioso y monárquico.

En una relación causal recíproca, la modernidad y la creación de instituciones han aportado mucho al desarrollo civilizatorio, a través de la optimización de los activos políticos, económicos, sociales y culturales de los grupos humanos. En efecto, ambos fenómenos han conformado la manera en que en la actualidad los seres humanos se relacionan entre sí y con la naturaleza, y le han dado continuidad a los impulsos milenarios de creación de la familia, de la reproducción social, y de la religión.

Las instituciones han permitido además el desarrollo económico, por vías de hacer más eficiente la actividad comercial y financiera; así como el desarrollo de la política, impulsando instrumentos y modalidades democráticas, de legislación, resolución de conflictos y de procuración de la paz social.

Sin negar todos los logros anteriores, hay, sin embargo, suficientes indicios de que esas mismas instituciones de la modernidad, creadas mayormente en los últimos trecientos años, a partir de la construcción del ente jurídico conocido como Estado/nación, actualmente están mostrando un declive en su funcionalidad, eficiencia e importancia en la conciencia de la sociedad. Trátese de instituciones familiares, políticas, educativas, religiosas, económicas, sanitarias, o de cualquier otra índole, permea cada vez más la idea de que ya no son instrumentos adecuados para generar el bienestar, la seguridad y la paz que todo ser humano necesita.

Este cuestionamiento, al menos en Occidente, del papel social de las instituciones nos lleva a pensar que se requiere una “nueva modernidad institucional”, justificada además por los importantes cambios que se están gestando en la geopolítica y la geoeconomía mundial. En efecto, si lo “moderno” se ha entendido como un proceso de cambio en la manera de pensar y de hacer algo socialmente hablando, entonces estamos ya en el umbral de nuevas formas de ser y de estar en el mundo.

El asunto, sin embargo, es determinar quiénes y cómo se conduce el cambio hacia esa “nueva modernidad institucional”. No es fácil discernirlo, porque las relaciones entre las comunidades humanas a nivel internacional, a partir del reciente proceso llamado “globalización”, se han complejizado en un entramado de mutuas dependencias, y de relaciones asimétricas, determinadas por un poder hegemónico mundial que somete, abusa y chantajea a múltiples países. En este entorno, las instituciones nacionales e internacionales hasta ahora conocidas no están siendo capaces de atender las necesidades humanas.

Las instituciones internacionales que se crearon como medios para el bienestar de la sociedad (gestados en los acuerdos de Bretton Woods, New Hampshire, U.S.A, en 1944), se han convertido en un fin en sí mismas, al tenor del discurso y narrativa de los actuales poderes fácticos mundiales. Lo mismo sucede con las instituciones nacionales de corte liberal que norman el quehacer político de la mayoría de los países reconocidos por la Organización de Naciones Unidas. Los portadores del pensamiento conservador son, sobre todo, quienes defienden la importancia de preservar las instituciones actuales, aunque ello implique que el bienestar de las personas, a quienes deben servir, pase a segundo término. Esta dinámica enfermiza se ha originado por el hecho de que quienes gestionan las instituciones son los que fijan, interpretan y manipulan las reglas de juego de su operación.

Específicamente las instituciones públicas que fueron creadas para hacer valer los derechos y obligaciones ciudadanas se han convertido, en diversa medida, en ámbitos de ejercicio del poder, a través de la imposición burocrática, y/o de la manipulación corrupta, de las políticas, normas, sistemas y procedimientos que las norman.

Así como la elección del nuevo Papa, líder del país más pequeño del mundo, se somete a normas y procedimientos casi inamovibles, que ni él mismo con todo su poder puede cambiar, así también las instituciones de la caduca modernidad encarcelan la mente, la imaginación y la libertad de las personas. Algo hay que hacer, porque “otro mundo es posible”.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Vicente Arredondo Ramírez