

A / Un baúl
Ni la tía Ruth, ni la abuela Marta, ni siquiera su prima Elisa, la más vieja de todos, sabe quién es la muchacha que me mira en el pasillo; la que está en la fila de atrás, apenas apartada del grupo, en la quinta de los bisabuelos, del lado de la cascada, cerca de Naolinco, dicen; la de los ojos grandes. Nadie sabe, tampoco, que hay otra foto donde está ella sola. La encontré en un baúl, en el desván, en una cajita de cartón, con tres atados de tarjetas que tienen las orillas gastadas. «Muñeca adorada.» comienzan diciendo las de la cinta verde; las firma Nicanor. «Tu rostro idolatrado, de palidez ideal, me persigue en sueños», dice una de las que están sujetas con un cordón dorado; las firma Ernesto. Las otras están a lápiz, no pueden casi leerse «… cuando quise ceñirte la cintura…» dice una. Subo cuando están en la siesta y la casa huele a café. «He conocido el amor en tu mirada. empiezo a escribir. Los labios me queman cuando la beso.
B/ No abras la puerta
En alguno de los tres pisos de la Facultad se halla el salón. Nada lo distingue. Abres una puerta y allí estás. Ni siquiera sé si es en el mismo lugar.
Lo mejor es que no entres, que te marches enseguida, que no abras la puerta. Hay gente distraída que lo hace así; que pasa de largo sin saber que acaba de salvar no la vida sino el alma. Hay gente que se asoma un instante y no alcanza a escuchar nada y da media vuelta y se va. Espero que seas de esos bienaventurados. Que no llegues a sentarte allí. Que no escuches la voz.
En el fondo del salón, de pie en la tarima, un hombrecito lee sin hacer pausas. Inmutable, con el libro en lo alto, terriblemente cerca de los ojos, de modo que su rostro queda oculto y la voz se le desfigura. Por encima de su cabeza calva una lámpara de neón lo cubre de sombras. Unos cuantos pupitres están ocupados. Hay parejas de viejos que se besan en la boca con los ojos cerrados. Gente que escucha radios portátiles; come o se hace dar grasa. Aviones de papel que describen amplios giros sin ruido. Jóvenes que pasan en limpio apuntes de otras clases. Muchachas que ven cómo se alza de puntas la noche para asomarse al salón.

El hombrecito lee sin descanso y sin énfasis; no separa los brazos de los costados enjutos; no afloja la tensión con que sostiene el libro. Si acaso quedaras cautivo, al menos no mires el libro. Es un volumen encuadernado en piel, del mismo color que las manos. Uno se figura que es su cara. Pero es una ilusión, pues la cara está detrás, olvidada. Nadie conozco que la haya visto jamás.
No abras la puerta, te digo. Sobre todo, si llegaras a hacerlo; por descuido, sin darte cuenta, porque buscas a alguien, porque no sabes bien dónde tienes clase, no te detengas, sal de allí. No lo mires, no lo escuches, porque entonces no podrás abandonar nunca el salón. Y, quienquiera que seas, quienquiera que estés leyendo esto, reza por mí, compañero. No te olvides de mi alma, carnal.
Una voz sin peso y sin origen me distrae. Dejo a un lado la hoja de cuaderno que tomé del piso y veo, al fondo del aula, a un hombrecito de traje flojo.
No puedo mirarle la cara porque está leyendo un libro empastado en piel que sostiene casi contra los ojos; o allí en ese lugar donde supongo que deben estar los ojos. La lámpara, por encima de su cabeza, le abrillanta la calva. Lo miro absorto. Tardo en escuchar la voz:
Vivie en esta vida en grand tribulación
murió por sus pecados por fiera ocasión.
nin priso Corpus domini, nin fizo confesión,
levaron los diablos la alma en presón.
*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

