
El Laboratorio de Monitoreo y Conservación de Fauna de la Facultad de Ciencias Biológicas realiza, un monitoreo sistemático de mamíferos en Morelos mediante cámaras trampa y análisis espaciales. Este trabajo, explica el investigador Juan Uriostegui académico de la facultad, ha permitido fortalecer estrategias de conservación.
“Desde el laboratorio se coordinan distintos proyectos de seguimiento de fauna en el Corredor Biológico Chichinautzin y otras regiones del estado. Nuestras cámaras trampa han documentado cerca de 89 registros independientes de felinos entre 2022 y 2026, principalmente lince (Lynx rufus), además de tigrillo, ocelote y yaguarundi en menor proporción”, señala.
El monitoreo no se limita a obtener imágenes. Implica análisis de abundancia, patrones de actividad, distribución altitudinal y composición de comunidades. En total, el equipo da seguimiento a 17 especies de mamíferos medianos, entre ellas venado cola blanca (Odocoileus virginianus), coyote (Canis latrans), zorra gris, cacomixtle, mapache, coatí y zorrillo moteado (Spilogale). Estos registros muestran que las comunidades del centro y norte del estado presentan composiciones similares, aunque con variaciones en abundancia según la altitud.
“El trabajo con cámaras trampa representa uno de los principales retos de la conservación: mantener un monitoreo sistemático en el tiempo. Esta continuidad permite detectar cambios poblacionales, identificar riesgos y evaluar la salud del ecosistema”. Sin embargo, advierte, “no es tan simple como colocar la cámara y revisarlas cada cierto tiempo, hay obstáculos como incendios forestales, robo o destrucción de equipo, inseguridad y asentamientos humanos en algunas Áreas Naturales Protegidas”.
La ruta funcional del Zacatuche
Antes de ampliar el monitoreo a otras comunidades de mamíferos, Urióstegui empezó su investigación con el zacatuche (Romerolagus diazi). También conocido como teporingo, un conejo pequeño de menos de 600 gramos que depende casi exclusivamente de los zacatonales del género Muhlenbergia, esta especie, endémica del centro del país y catalogada como amenazada, se distribuye en la región norte de Morelos, particularmente en municipios como Huitzilac, Tepoztlán y Tlalnepantla.

Para establecer una ruta de conservación, en sus inicios el investigador analizó la relación del zacatuche con sus depredadores naturales, como el lince y el coyote. Los estudios demostraron que, aunque ambos lo consumen, suelen preferir presas de mayor tamaño, lo que responde a un balance energético más favorable. “Estos resultados ayudan a comprender que los depredadores cumplen funciones regulatorias y no representan una amenaza directa, sino parte de la dinámica ecológica”.
El investigador también incorporó sistemas de información geográfica para modelar la conectividad entre parches de zacatonal, especialmente ante proyectos de infraestructura como la autopista Lerma–Tres Marías. A través de modelos de “rutas de menor costo”, identificó posibles trayectorias de dispersión del zacatuche. “La conectividad es clave para evitar aislamiento genético, reducir riesgos de endogamia y así prolifere la especie. Sin embargo, los incendios forestales, la expansión urbana y la fragmentación del hábitat disminuyen estas posibilidades”.
Un hallazgo relevante fue que la existencia de zacatonal es condición necesaria para el zacatuche, pero no garantiza su presencia: “Esto me llevó a profundizar en las variables ambientales que influyen en su distribución. Los zacatonales son ecosistemas originales de alta montaña y la introducción de pinos o encinos durante campañas de reforestación, puede impedir el crecimiento del pastizal y afectar directamente al zacatuche. No porque no haya árboles hay que reforestar”, advierte al señalar la necesidad de evaluar con cuidado las intervenciones ambientales, especialmente en la zona norte.
Responsabilidad compartida
Después de analizar las interacciones ecológicas y documentar cómo la huella urbana ha invadido progresivamente el hábitat de diversas especies, el investigador subraya que el uso de cámaras trampa implica una responsabilidad mayor. “Hoy muchas personas adquieren estos equipos, los colocan sin acompañamiento técnico y difunden imágenes en redes sociales sin considerar las consecuencias”. Esa exposición, puede fomentar la caza furtiva cuando la información circula sin contexto ni sustento científico.
“Los registros de campo han evidenciado casos de persecución de fauna motivados por miedo o desinformación. Algunos ejemplares, como el lince, han sido abatidos bajo la creencia de que representan un riesgo para las personas o el ganado”, señala, al explicar cómo la percepción influye en estas decisiones.
Trabajo de territorio
Frente a este escenario, el laboratorio ha reforzado el trabajo directo con las comunidades, que participan en el monitoreo y en la restauración, promoviendo información basada en evidencia y diálogo permanente. “Debemos sumar a la gente”, enfatiza, al sostener que la conservación solo puede sostenerse cuando quienes habitan el territorio comprenden el valor ecológico de las especies y forman parte activa de su cuidado.
Finalmente, el investigador puntualiza que el trabajo del laboratorio es muy amplio, y que involucra tanto a otros colegas e instituciones como la CONAP, la Secretaría de Desarrollo Sustentable, la Dirección de Áreas Naturales Protegidas del Estado, los tesistas de licenciatura y posgrado; y en especial con brigadas comunitarias como la de Coajomulco. “Ellos conocen mejor que nadie el monte, la fauna y el paisaje”, explica. Desde su perspectiva, los biólogos y académicos no sustituyen ese saber, sino que lo complementan.
“La investigación científica debe dialogar con la experiencia comunitaria y no imponerse sobre ella. Las cámaras trampa, los modelos geográficos o los análisis de datos cobran sentido cuando regresan a la comunidad en forma de información útil para la toma de decisiones locales”, finaliza.








